Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Los sonidos del silencio

Siendo positivo, el legado de Obama deja bastantes puntos inquietantes

Barack Obama y José Manuel García-Margallo, este domingo, en Torrejón de Ardoz. Ampliar foto
Barack Obama y José Manuel García-Margallo, este domingo, en Torrejón de Ardoz. EFE

Cuando un país involuciona, lo siguiente es la revolución. A la vista de los últimos acontecimientos, ¿Estados Unidos evoluciona o involuciona? En su segundo mandato, los presidentes estadounidenses suelen convertirse no solo en patos cojos, sino en corderos que no quitan los pecados del mundo y así son descuartizados y despellejados por los intereses de Washington como primera potencia. Pero el último semestre de Barack Obama en la Casa Blanca le ha granjeado una de las cuotas más altas de popularidad —con el 51% de aprobación— y supone una de las etapas más productivas desde su llegada al poder.

Obama es un presidente tranquilo, que trabaja silente y que se escucha a sí mismo —cuando sus dos hijas y su esposa se van a dormir— para entender hacia dónde se dirige el mundo que le ha tocado administrar durante ocho años. Para muchos, es un gran jefe de Estado porque ha reconocido que la escalada bélica que comenzó con Eisenhower en 1961 y que encadenó una serie de guerras perdidas para el imperio del Norte —salvo la invasión de Granada, la de Panamá y la Operación Tormenta del Desierto— ha llegado a su fin. Y ahora comienza una era en la que las doctrinas militares, desde las lecciones de Vietnam del general Petraeus hasta la doctrina Powell, han sido superadas por el tiempo. Hoy resulta mucho más peligroso un lobo solitario del ISIS en medio de la plaza de la Concordia que la Sexta Flota con sus drones y sus armas de precisión.

Así que ya no basta con escuchar las conversaciones de todo el mundo o matar a cualquiera en cualquier lugar y Obama —el del silencio clamoroso— sale de su país incendiado, ante el fracaso del sistema económico y la incapacidad de los políticos y de los empresarios tecnológicos para encontrar un nuevo sistema que funcione. Todos los cambios estructurales se ejecutan por la fuerza de los hechos, no por las promesas de los políticos. Por eso, resultó más fácil fusionar dos de las compañías militares más importantes del planeta —Lockheed Corporation y Martin Marietta— para crear Lockheed Martin que construir una seguridad social que acabase con la desigualdad entre ricos y pobres en EE UU.

Siendo positivo, el legado de Obama deja bastantes puntos inquietantes. Primero, que la gran debilidad y el peligro para Estados Unidos está en su interior y no en el exterior. Segundo, que si no aprenden a compartir el poder con el resto del mundo no podrán garantizar ni la seguridad de los demás ni la propia. Tercero, que su modelo social, económico y de representación política está en crisis. Cuarto, que es un presidente que, mientras manda los marines a Australia y sus flotas se pasean por el Mar de China, presencia cómo la caída de la Unión Europea debilita el flanco del Mediterráneo y deja ardiendo Oriente Próximo. Un panorama que supone un nuevo reto para la OTAN que necesitará socios para controlar la inestabilidad en Europa creada por el nuevo frente de Libia, un país que se ha convertido en la puerta que abre la amenaza de nuevos desplazamientos de fronteras y conflictos.

Con todo ese panorama y en medio de la campaña electoral, el papel más importante de Obama —el fallido premio Nobel de la Paz que visita fugazmente España— es transmitir el mensaje a su sucesor o sucesora.

Lo más difícil será explicar cómo articular un escenario que nadie entiende y en el que la pieza maestra del puzle —la paz interna americana— le ha obligado, entre otras cosas, a acortar su viaje a Europa tras los sucesos de Dallas.

Más información