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CHARLIE BECK | Jefe de la policía de Los Ángeles

“La policía de Los Ángeles no participaría en deportaciones masivas”

El máximo responsable del cuerpo en la ciudad californiana explica en esta entrevista cómo ha cambiado el departamento desde los disturbios por Rodney King

Charlie Beck, durante la entrevista en la sede del LAPD.
Charlie Beck, durante la entrevista en la sede del LAPD.

Los poderes fácticos de la ciudad de Los Ángeles se concentran alrededor de la manzana entre las calles Primera, Main y Broadway. Ocupan las cuatro esquinas como si se vigilaran unos a otros: el Ayuntamiento, la Fiscalía, la oficina del Sheriff, los juzgados, Los Angeles Times y el Departamento de Policía, el cinematográfico LAPD. Esta es la vista desde la terraza del despacho de Charlie Beck, el jefe del tercer cuerpo de policía más grande de Estados Unidos, con 10.000 agentes y un presupuesto de 1.000 millones de dólares para vigilar una ciudad de 1.225 kilómetros cuadrados.

 

Ciudades como Los Ángeles o San Francisco se han visto en medio de la polémica electoral porque el probable candidato republicano, Donald Trump, empezó la campaña poniendo el grito en el cielo contra las llamadas ciudades santuario, que son aquellas cuyas policías no colaboran con los agentes de inmigración. En una entrevista con EL PAÍS en su despacho, Beck lo explica así: “Creo que es un término que se usa mal. No es acertado. Si eres un criminal o tienes una orden de búsqueda te aseguro que no hay santuario que valga, te vamos a detener. El término se usa para definir una ciudad que tiene una política liberal en inmigración. Nosotros la tenemos. Yo me lo creo. Porque somos Los Ángeles. Éramos parte de México como somos parte de Estados Unidos. La policía de Los Ángeles no utiliza la inmigración como razón para parar a alguien. Ni yo, ni ningún jefe en los años que llevo en el cuerpo. No te paramos para ver si eres inmigrante”. Literalmente, no te preguntan por tu estatus migratorio. Para Beck, la inmigración “es el tejido mismo de Los Ángeles”. “Cuando oigo a la gente hablar de deportaciones masivas no me lo puedo ni imaginar. Nosotros no participaríamos. Yo no formaría parte de eso”.

Ciudad santuario se usa para definir una ciudad que tiene una política liberal en inmigración. Nosotros la tenemos. Yo me lo creo. Porque somos Los Ángeles

La respuesta le lleva a una reflexión más amplia sobre la campaña electoral, sin nombres. “Creo que hay gente agitando miedos muy básicos que creo que son infundados. No creo que nadie en Los Ángeles con mi experiencia tenga una opinión diferente”. Rechaza categóricamente que haya una relación entre inmigración irregular y crimen, como lleva un año proclamando Donald Trump. “Los números van en proporción a la población. No es más ni menos probable que cometas delitos por tu estatus migratorio. Hay factores, pero la inmigración no es uno de ellos”.

Beck (Long Beach, 1953) es hijo de policía, marido de policía y padre de dos policías, todos del LAPD. Lleva casi cuatro décadas en el cuerpo y lo ha visto cambiar junto con la ciudad, una de las más blancas culturalmente de Estados Unidos hace un cuarto de siglo, y una de las más diversas hoy. Beck, que presume de que el suyo es el departamento más diverso de la ciudad, es un convencido de que las relaciones de la policía con las minorías son la mejor herramienta contra el crimen. En esa evolución hay un punto de inflexión que es el episodio criminal, con permiso de Charles Manson, más conocido de Los Ángeles. Los disturbios raciales de 1992 no solo marcaron a la ciudad, que los sigue conmemorando cada 30 de abril, sino también al cuerpo de policía y la propia carrera de Beck.

No es más ni menos probable que cometas delitos por tu estatus migratorio. Hay factores, pero la inmigración no es uno de ellos

“Recuerdo muy bien todo lo que llevó a los disturbios. Había trabajado en asuntos internos y había patrullado esos barrios. Yo participé en la investigación interna de la paliza a Rodney King. Había trabajado en South LA, sabía de dónde venía la ira”. Por eso, “no fue una gran sorpresa que empezaran unos disturbios. Lo impresionante fue la dimensión que tuvieron”. Recuerda aquellos seis días como un episodio “descorazonador”. “Yo creía en el Departamento de Policía, o al menos en la mayor parte de él. Ver la ciudad en llamas, la desobediencia, los saqueos y toda la violencia que ocurrió después, con más de 60 personas asesinadas en un par de días, fue un momento brutal”.

De su experiencia en las calles esos días se le quedaron dos ideas, afirma. “La primera es que vi al mando paralizado, sin capacidad para tomar una decisión. Claramente no sabían qué hacer. Me juré que si alguna vez estaba en una posición de mando eso no volvería a pasar”. La segunda es que no vale con saber reaccionar. “El Departamento sabe responder a una situación de desorden civil. Pero eso es solo una pequeña parte. Mi objetivo en el departamento es este: estamos preparados por si las cosas no funcionan, pero empleamos la mayor parte de nuestras energías en asegurarnos de que las circunstancias que provocan eso no vuelvan a ocurrir”.

Hoy somos 20% de mujeres, 45% de hispanos, 11% afroamericanos. Somos literalmente un departamento donde las minorías son mayoría

Las circunstancias en 1992 eran estas: “Una parte importante de la población que no confiaba en la policía. No creían que la policía fuera justa y efectiva. Justicia es una palabra importante. No significa que te vayan a dar todo lo que quieres o que no te vaya a pasar nada malo. Justo significa justo. Que no te traten diferente por ser de otro país o por el color de tu piel. También teníamos éramos muchos menos, unos 7.000, y el crimen era tres o cuatro veces lo que es hoy”. En aquel año hubo más de 1.000 homicidios, hoy día la cifra está por debajo de 300 al año. Por último, “una policía que no se parecía a la demografía de la ciudad. Teníamos alrededor del 20% hispano, 9% de afroamericanos y 10% de mujeres. Hoy somos 20% de mujeres, 45% de hispanos, 11% afroamericanos. Somos literalmente un departamento donde las minorías son mayoría”.

Una gran prueba de la evolución de la policía de Los Ángeles llegó en agosto de 2014. Fue el verano de los disturbios de Ferguson, Missouri, del surgimiento de Black Lives Matter en Nueva York. Con la tensión racial llenando telediarios, una patrulla del LAPD mató a tiros en un confuso suceso a un chico negro de 25 años con problemas mentales llamado Ezell Ford, en pleno South LA. Las cadenas de televisión locales enviaron de inmediato helicópteros a la zona esperando lo peor.

Apenas unos cientos de personas se manifestaron en las mismas calles que ardieron en 1992. En los días siguientes, Beck se presentó en persona en el barrio para hablar con la familia y los líderes locales. En unos días, las protestas se acabaron apagando. “No pasó nada parecido a Ferguson o Nueva York. Creo que mucho tiene que ver con esa filosofía”. Beck y su antecesor crearon relaciones en las comunidades pobres de color para superar la desconfianza. “Siempre va a haber incidentes. Siempre habrá policías que no hagan lo correcto, policías que hagan lo correcto y se les entienda mal, pasará, solo porque somos muy grandes y atendemos un millón de llamadas al año. No se trata de que no pasen cosas, sino de que la gente confíe en que vas a hacer lo correcto al respecto”.

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