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Rousseff apela a la movilización para revertir su salida del poder

El Senado vota a favor del 'impeachment' de la presidenta y la obliga a abandonar sus funciones

En un discurso especialmente combativo minutos después de ser apartada del poder, Dilma Rousseff, aún desde el palacio presidencial, llamó a los brasileños que “están contra el golpe cometido para que se mantengan movilizados, unidos y en paz”. Rousseff no se resigna y está dispuesta a pelear por volver a ser presidenta. Horas antes, el Senado, en una sesión de 21 horas ininterrumpidas, había votado (por 55 a 22) a favor del impeachment, obligándola a abandonar sus funciones presidenciales. Mientras, el nuevo presidente interino, Michel Temer, anunciaba un Gobierno centrado en la economía.

Dilma Rousseff se dirige a sus partidarios nada más ser destituida desde el palacio del Planalto, este jueves en Brasilia. Antonio Lacerda EFE Atlas

Rousseff tardó en hablar porque el secretario del Senado que llevaba en mano la notificación oficial que la apartaba del poder se retrasó por culpa de un atasco. Pero al final llegó y le entregó en mano el papel: “Señora presidenta: se le hace saber por medio de esta notificación que está instaurado el proceso de impeachment. (...) Y queda suspensa del cargo de presidenta (...) con derecho a residencia oficial, seguridad, servicio médico y transporte aéreo y terrestre”.

Ya oficialmente sin el cargo de presidenta, Rousseff acudió a la tribuna: “Vamos a demostrar al mundo que hay millones de defensores de la democracia en Brasil”. Afuera, enfrente del palacio del Planalto, cerca de 3.000 personas se congregaban para acompañar a la presidenta en su último día.

Lo que los senadores decidieron este jueves, de facto, es la apertura formal del impeachment, el proceso de destitución, el juicio político que discurrirá en el Senado como máximo y a partir de este viernes durante 180 días. En estos seis meses los senadores discutirán si Rousseff cometió un “crimen de responsabilidad” hacia la República al alterar las cuentas públicas para equilibrar los balances presupuestarios a base de pedir dinero a grandes bancos públicos.

Una posterior votación, que se celebrará probablemente en octubre, decidirá el destino final de Rousseff. Para entonces no servirá sólo la mayoría simple. Serán necesarios dos tercios, esto es, 54 senadores. De ahí que el resultado de este jueves sea significativo. Pero todo eso queda lejos, de cualquier manera. Lo determinante es que durante todo ese tiempo la presidenta deja de ser presidenta real. El poder, automática y plenamente, pasa a las manos del vicepresidente, Michel Temer, hasta hace un mes y medio aliado político de Rousseff y ahora su peor enemigo y, en palabras de ella misma, “el padre de los conspiradores”.

Los defensores del impeachment, la mayoría de partidos de centro y de derecha, hablaron de esas maniobras fiscales. Pero la mayoría se refirió más, para justificar su decisión, a la catastrófica marcha de la economía (que retrocede un 3% del PIB al año), a las sucesivas rebajas de las agencias de calificación, que ya han colocado los bonos brasileños al nivel de bono basura, y a la necesidad de cambiar de Gobierno para que el rumbo del país cambie.

Los partidarios de Rousseff replicaron con un argumento simple: no se puede echar a una presidenta elegida por 54 millones de votos, apelando a unas maniobras fiscales que no constituyen a su juicio un delito grave o a la situación económica, porque para eso están las urnas.

El nuevo Gobierno

La profesora y enfermera Vera María De Oliveira, de 52 años, una de las personas que esperaban que Rousseff saliera del palacio para acompañarla con sus gritos de ánimo en su despedida, lo tenía claro: “Esto es un golpe de Estado, una payasada, una falta de respeto a mi voto”, dijo.

Mientras, Temer, que también había recibido la visita del secretario del Senado con la notificación burocrática pertinente, hacía público su nuevo Gobierno. Hay un nombre ortodoxo alabado por todos, el nuevo ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, expresidente del Banco Central durante los mandatos de Lula (2003-2010) y a la vez bien visto por los mercados. Pero hay otros nombres polémicos que dan por pensar que el nuevo jefe del Estado brasileño ha hecho concesiones para facilitarse la gobernabilidad.

Terminó el encendido discurso de Rousseff. Se dispuso a dejar el palacio, a dejar de ser presidenta, a recluirse en su residencia oficial, donde le es permitido quedarse en su nueva condición de presidenta espectro. Salió por la puerta principal, a pie, dando a entender que acata pero que no aprueba la decisión del Senado. Al acercarse a las personas que la esperaban, una mujer se puso a llorar. Luego exclamó: “Traición”. No era la única que lloraba. Al lado, otra mujer se abrazaba a sí misma en un gesto de desesperación. El conciliador y discreto Temer, que jamás se ha sentido cómodo en la calle, deberá centrarse en la sombría marcha de la economía. Pero sin descuidar la presión social que el PT puede desencadenar y el apoyo popular que personajes como Dilma Rousseff o su antecesor Lula aún acaparan entre los suyos en Brasil.

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