Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

‘Refugees welcome’, pero cada vez menos

El veto temporal a solicitantes de asilo en una sala de conciertos dispara la polémica en Alemania

Varios hombres en un centro para refugiados, el pasado octubre en Friburgo.
Varios hombres en un centro para refugiados, el pasado octubre en Friburgo. AP

Es medianoche del miércoles, y el White Rabbit está a rebosar. Jóvenes con sus cervezas y cigarrillos de liar escuchan encantados una versión algo discutible de “Great Balls of Fire” de Jerry Lee Lewis. Carteles omnipresentes alertan contra cualquier tipo de racismo o discriminación. “Refugees welcome” (bienvenidos, refugiados), se puede leer. Nada distingue demasiado a este club de Friburgo respecto a tantos otros locales ligeramente alternativos y mayoritariamente de izquierdas de tantos otros sitios. Pese al ambiente alegre y a los distintos tonos de piel de su clientela, el White Rabbit se ha convertido en el último ejemplo de los problemas de convivencia en Alemania con hombres jóvenes árabes o magrebíes.

El feudo verde, en peligro

Friburgo fue hace 14 años la primera gran ciudad alemana en elegir un alcalde verde. Su Estado, Baden-Württemberg, es el único con un jefe de Gobierno del mismo partido. Pero el idilio con esta formación antes contestataria y ahora instalada en el sistema puede estar a punto de terminar por culpa del ascenso del partido antiinmigración Alternativa para Alemania (AfD).

Si las encuestas no fallan, la actual coalición de verdes y socialdemócratas perderá la mayoría en las elecciones del próximo 13 de marzo. Solo la entrada en el Gobierno de los liberales haría que este Estado, uno de los más ricos de Alemania, mantuviera su liderazgo verde. De Los Verdes y de su líder en este Estado, Winfried Kretschmann, depende también que el Gobierno de Angela Merkel saque adelante una de las medidas más controvertidas de su última reforma de la ley de asilo: incluir a Marruecos, Argelia y Túnez en la lista de países seguros, lo que agilizaría la expulsión de sus ciudadanos.

La reforma requiere el de Kretschmann en el Senado o el Bundesrat. Este político, representante del ala conservadora del partido, se enfrenta a las voces internas que le piden que no traicione los ideales de esta formación. Pero las encuestas le dicen que la mayoría de alemanes apoya la reforma. Y en un mes tiene unas elecciones que marcarán su futuro.

Todo empezó con un correo interno que los responsables del local encabezaban con el título: “Los refugiados son bienvenidos; los gilipollas no”. Pero la frase problemática venía unas líneas más abajo. “Hemos decidido no dejar pasar a nadie con permiso temporal [documento que reciben los solicitantes de asilo al iniciar el trámite]. No ha sido un paso fácil, pero no vemos otra vía”, aseguraba. ¿El motivo? Varias clientas habían protestado por grupos de extranjeros que entraban en los baños y las acosaban. También se denunciaron robos, agresiones y un intento de violación. El texto, que no estaba pensado para ser publicado, acabó en un diario local. Y de ahí saltó a los medios nacionales. Daba igual que la norma solo estuviera en vigor unos días, el barullo ya estaba armado.

“Nosotros solo queríamos buscar una solución para que todo el mundo pudiera disfrutar aquí tranquilamente, pero las cosas se han ido de las manos. Hay mucha histeria en torno a este tema”, asegura uno de los responsables del local, que prefiere no dar su nombre.

Es posible que Alemania haya cambiado desde la pasada Nochevieja y que ahora, tras los ataques masivos sufridos por centenares de mujeres en Colonia, noticias que antes no habrían pasado de la página de sucesos de la prensa local adquieran relevancia en todo el país. A esta mayor sensibilidad con los delitos cometidos por inmigrantes —sobre todo si las víctimas son mujeres— se une un creciente malestar. Friburgo no es un caso aislado.

Los ejemplos se acumulan. La piscina municipal de una pequeña localidad prohibió durante unos días la entrada a refugiados varones porque algunos habían molestado a las usuarias. El Partido Socialdemócrata de Essen planeó manifestarse contra nuevos centros de asilo con el lema: “Ya es suficiente”. La dirección del partido impidió que esta iniciativa, demasiado parecida a la de los populistas de derechas, saliera adelante.

Friburgo, a pocos kilómetros de la doble frontera franco-suiza, tiene fama de abierta y tolerante. Esta ciudad de 220.000 habitantes acoge cerca de 4.000 solicitantes de asilo. “Estamos haciendo muchos esfuerzos. Sobre todo para encontrar viviendas dispersas y evitar así la formación de guetos. Pero salimos adelante. Lo estamos logrando”, dice optimista el teniente de alcalde, Ulrich von Kirchbach. Cuando se destapó el veto del White Rabbit, este político de Los Verdes dijo que una medida así atentaría contra las leyes antidiscriminación. A los pocos días tenía en su buzón medio centenar de cartas insultantes; y alguna llamada telefónica en la que le preguntaban si querría ver a sus hijas violadas.

Tras el escándalo, el Ayuntamiento convocó una mesa redonda para analizar la situación. “Se ha extendido una sensación de inseguridad. Pero los delitos sexuales no han aumentado con la llegada de refugiados. Y, según la policía del Estado, sí ha subido la criminalidad, pero en una proporción menor al incremento de la población”, explica en su despacho.

Son datos que se repiten en el resto del país. Según un estudio de la Oficina Federal de Investigación Criminal, los refugiados varones jóvenes no delinquen más que los alemanes de su sexo y edad. El ministro del Interior, Thomas de Maizière, sí ha hablado esta semana de una mayor proporción de delitos en algunos grupos —norteafricanos o balcánicos, por ejemplo— que entre los sirios, inferior a la media. Y, como resaca a los sucesos de Colonia, el Gobierno prepara un amplio estudio para analizar la relación entre criminalidad e inmigración.

Mientras Alemania discutía sobre ellos, los responsables del White Rabbit buscaron otra solución. Decidieron crear un documento obligatorio para todos los que quieran entrar. Y se le retirara al que cause problemas. Los dueños se quejan de un protagonismo que nunca buscaron. Ellos, dicen, tan solo querían “iniciar un diálogo con los refugiados e integrarlos en la vida nocturna de la ciudad”.

Más información