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Una segunda oportunidad para yihadistas arrepentidos

Arabia Saudí defiende la rehabilitación de los condenados por terrorismo islamista

Militantes de Al Qaeda salidos de Guantánamo, en el centro en 2009.
Militantes de Al Qaeda salidos de Guantánamo, en el centro en 2009.

¿Es posible desradicalizar a un yihadista y que se integre de nuevo en la sociedad? Arabia Saudí asegura que sí y muestra con orgullo el resultado de una década de trabajo en su Centro Mohamed Bin Nayef de Asesoramiento y Atención. “Me han dado una segunda oportunidad”, declara visiblemente satisfecho Khalid al Johari, quien antes de su paso por esa institución se codeó con Osama Bin Laden, Ayman el Zawahiri o Abu Musab al Zarqaui. Este retornado de Guantánamo fue uno de los primeros beneficiarios del programa de reinserción.

En un momento en el que el radicalismo del Estado Islámico (ISIS) vuelve actuar como imán para miles de musulmanes en todo el mundo, las autoridades saudíes consideran que su experiencia puede ayudar a disuadirles. Al igual que hoy muchos jóvenes se conmueven ante los conflictos en Irak y Siria, a Al Johari le tocó el corazón la guerra de Bosnia. Tenía 20 años y “quería ayudar a los hermanos musulmanes allí”. Los acuerdos de Dayton (1995) le cerraron el camino y terminó en Afganistán.

“Sentía que tenía que hacer algo; así que me uní a la yihad”, recuerda frente a una taza de té en el recibidor del Centro. Dada su formación como electricista, Al Johari se ocupó de preparar a los nuevos reclutas en la fabricación de detonadores explosivos por control remoto. “No me siento orgulloso de lo que hice”, señala antes de precisar que le han borrado todo aquello de su cabeza. Pero no es de eso de lo que quiere hablar, sino de cómo a los dos años de unirse a Al Qaeda empezó a sentirse atrapado.

“Quería volver a Arabia Saudí, pero la perspectiva de que me encarcelaran y torturaran me echaba para atrás”, afirma. Fue un alivio cuando las fuerzas estadounidenses le detuvieron en Tora Bora en 2002. “Me permitió reflexionar, después de años de solo pensar en huir y me di cuenta de que la alternativa era la vida”. Y perfeccionar su inglés. Esa actitud contribuyó sin duda a que fuera repatriado en 2005. Pasó un año entre la cárcel y el programa de reinserción. “No me esperaba la ayuda que encontré, y eso que entonces este lugar no era lo que es ahora”, subraya.

¿Desviación intelectual o radicalismo religioso?

Á. ESPINOSA

“Nuestro programa busca la rehabilitación intelectual del individuo porque nos enfrentamos a un problema ideológico, que está tras el delito de terrorismo”, expone Abu Mugaid. El Centro parte de la premisa de que en la mente de los terroristas se ha producido una “desviación” de las “ideas aceptadas por [su] cultura, religión y valores”. El responsable insiste tanto en el carácter único de la experiencia, como en su continua evaluación con criterios científicos. Para ello cuentan con criminólogos, psicólogos, ulemas e incluso un profesor de arte.

Abu Mugaib, como el resto de los especialistas que le acompañan, rechaza que la interpretación rigorista del islam que prevalece en Arabia Saudí tenga nada que ver que con el terrorismo. “Todos los delincuentes tienen alguna excusa”, responde cuando le menciono que los propios yihadistas se reclaman musulmanes. “El terrorismo no es cosa de un país o una religión”, subraya en consonancia con la línea oficial, “pero es cierto que esa gente tergiversa el islam para reclutar en Europa y Asia, por eso hemos elaborado una enciclopedia en la que desmontamos esas distorsiones”.

“Estamos convencidos de que nadie se implica [en el terrorismo] sino tiene un problema psicológico. La religión es el paraguas con el que lo cubren”, concurre el psiquiatra Mishal al Akeel. No obstante, una parte esencial de los talleres que se llevan a cabo en el Centro esté a cargo de especialistas religiosos que “debaten de forma individualizada para aclarar los conceptos erróneos”. 

Poco antes, el responsable de investigación del Centro, Yahya Abu Mugaid, ha mostrado las instalaciones, con más aspecto de pequeño campus universitario que de prisión, que se inauguraron en 2007. Hay aulas para las clases de islam, historia o pintura, biblioteca, salas de televisión, canchas de deporte, piscina… “No es una cárcel, es un paso intermedio entre esta y la calle”, señala, pero los residentes no pueden salir sin permiso y para acceder al recinto hay un control de seguridad. Además, todos los condenados por delitos de terrorismo deben pasar un mínimo de tres meses allí antes de reincorporarse a la sociedad.

Al concluir su estancia, y previa evaluación, reciben 10.000 riales (2.500 euros) iniciales y una ayuda mensual de 3.000 riales durante los primeros seis meses. También les dan apoyo psicológico a ellos y sus familias. El objetivo es evitar que vuelvan a coger las armas. Al Johari, un hombre sonriente al que cuesta imaginárselo de como terrorista, cuenta que ha logrado rehacer su vida, se casó y tiene cuatro hijos y “un buen trabajo”.

Aunque el Centro depende del Ministerio del Interior y su director es un general, no se ven policías dentro. Tampoco “beneficiarios”, como denominan a los ingresados. “A esta hora [las nueve de la noche] están todos en sus habitaciones, además no les gusta que les expongamos a los medios”, justifica Abu Mugaid. Solo 30 de sus 200 plazas están ocupadas en la actualidad. En la sucursal de Yeddah hay otros 40 internos. Además, están proyectadas otras cuatro extensiones.

A Badr al Enezi, cuya túnica corta y pañuelo sin cordón revelan como un musulmán rigorista, su internamiento le ha servido para convertirse en imam y profesor de islam. “Vienen muchos jóvenes a pedirme consejo; uso mi experiencia para explicarles que si van [a hacer la yihad] solo servirán a intereses extranjeros y darán una mala imagen de nuestra religión y nuestro país”, defiende.

¿Resulta más atractivo ese discurso que los vídeos gore y las agresivas campañas del ISIS en las redes sociales? En la década que lleva en funcionamiento, han pasado por el Centro 3.123 hombres (aunque también ha dado apoyo a una treintena de mujeres fuera del recinto), incluidos 121 retornados de Guantánamo como Al Johari, a los que Abu Mugaid considera “delincuentes de alto riesgo”. De acuerdo con sus estadísticas, el 85 % de ellos se han reinsertado con éxito. Analistas extranjeros apuntan que la mayoría de los “graduados” no pertenecieron al núcleo duro del yihadismo, ni fueron condenados por delitos de sangre.

“La cuestión es qué hubiéramos hecho si no existiera este Centro”, plantea Al Johari antes de despedirse. Él está convencido de que hubiera terminado en Irak, donde su amigo Al Zarqawi ya dirigía la rama de Al Qaeda en Irak de la que más tarde surgiría el ISIS.