La Unión Europea escenifica su rechazo a las propuestas de Cameron

Los socios rechazan limitar los derechos de los inmigrantes europeos en Reino Unido

El primer ministro británico, David Cameron, y la canciller alemana Angela Merkel, este jueves en Bruselas.
El primer ministro británico, David Cameron, y la canciller alemana Angela Merkel, este jueves en Bruselas.FRANCOIS LENOIR (REUTERS)

Para los estándares del Partido Conservador británico actual, David Cameron es una especie de eurófilo. Pero en Bruselas al primer ministro de Reino Unido le sucede lo contrario: los socios de la UE escenificaron ayer en la cumbre europea un rechazo sin apenas fisuras a las propuestas de Cameron, en especial a la controvertida limitación de los derechos de los inmigrantes europeos en las islas. “Seremos duros para defender dos líneas rojas: la libre circulación y el principio de no discriminación”, dijo el presidente del Consejo, Donald Tusk, al acabar la reunión.

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El primer revés para Cameron llegó bien temprano: Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa se desmarcaron con un comunicado en mitad de la cumbre en el que dejan meridianamente claro que no apoyarán ninguna medida sobre inmigración “que sea discriminatoria” o “que limite la libertad de movimientos dentro de la UE”. Pero no se trata solo del Este, muy sensible a ese tipo de propuestas. Tusk y el jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, aseguraron que los Veintiocho trabajarán duro para lograr en acuerdo “una solución de compromiso” para Reino Unido. “Hay dificultades en todas las propuestas británicas”, subrayó Juncker. La canciller alemana Angela Merkel se declaró “optimista” y declaró que Europa buscará soluciones imaginativas. Eso sí, “preservando los pilares de la UE: la no discriminación y la libertad de circulación”.

Eso es un sí pero no nada fácil de digerir para Cameron. El presidente español, Mariano Rajoy, el italiano Matteo Renzi y el francés François Hollande dibujaron poco más o menos las mismas líneas rojas que Merkel —no discriminación y libertad de circulación—, que dejan fuera de juego la propuesta británico en su formato actual (impedir que los inmigrantes se beneficien de las ayudas sociales hasta que hayan cotizado durante cuatro años).

Fenómeno incontrolable

La crisis del euro mina el atractivo de Europa. Y la inmigración se ha convertido en un asunto tóxico en Reino Unido, con una parte de la ciudadanía convencida de que es un fenómeno incontrolable de gente que llega para beneficiarse del Estado de bienestar. No importa que las estadísticas no confirmen esa idea: el mensaje ha calado, y Cameron —por motivos de política interna— se comprometió hace meses a redefinir su posición en Europa y presentó en noviembre una batería de peticiones, entre las que destaca esa restricción de las ayudas a los inmigrantes de la UE.

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Pero los socios están en otras cosas, en plena crisis combinada de refugiados y de seguridad. No quieren oír a hablar de restricciones a uno de los valores fundamentales de la construcción europea. Y rechazan cualquier medida que suponga cambiar los tratados. Los tiempos en los que Londres provocaba tembleques a este lado del Canal han pasado a la historia: el apetito por ofrecer concesiones es reducido. Cameron llegó decidido a lograr “progresos reales” en los cuatro asuntos que plantea: reforzar la competitividad, los derechos de los países que no forman parte del euro, el rol de los Parlamentos nacionales y la negación de ayudas durante cuatro años a los inmigrantes.

Londres cree que puede encontrar aliados para los tres primeros, pero es consciente de que nadie —nadie— apoya hoy su plan migratorio. Y sabe que se mete en un lío si no obtiene concesiones para defender en el referéndum la permanencia: la City no ve con buenos ojos una salida de la UE que podría reabrir el melón del nacionalismo escocés. “Europa es un lobo que viene a devorar al Partido Conservador”, decía John Major en los noventa. Cameron corre el peligro de devolverle brillo a ese vaticinio si el tiro del referéndum le sale por la culata.

Sobre la firma

Claudi Pérez

Director adjunto de EL PAíS. Excorresponsal político y económico, exredactor jefe de política nacional, excorresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y anteriormente especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.

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