Las saudíes celebran su derecho al voto en medio de la apatía electoral

Las mujeres confían en que este "primer paso" abra el camino hacia su equiparación con los hombres del conservador reino

Las saudíes celebran su derecho al voto en medio de la apatía electoral. / ÁNGELES ESPINOSA

Con más entusiasmo que participantes, las mujeres han votado este sábado por primera vez en la historia de Arabia Saudí. El simbolismo del momento, en el país más restrictivo del mundo para los derechos femeninos, ha eclipsado cualquier reflexión sobre el escaso poder de los consejos municipales que se eligen. “Es un primer paso”, repetían las entrevistadas tras haber depositado la papeleta en la urna, eso sí, respetando la estricta segregación de sexos que es la norma en el Reino del Desierto.

“Me he despertado soñando con este momento”, confiaba una emocionada y elegante Bothyna Z. Murshid en el colegio electoral instalado en el Centro Social Rey Salmán, al norte de Riad. Murshid, una médico especialista en patología clínica y que también da clases en la universidad, consideraba que ya era hora que se diera este paso. “El cambio se está produciendo nos guste o no. Tenemos muchas mujeres y hombres educados que pueden ayudar en el camino”, subrayaba esperanzada.

Completamente ocultas bajo el niqab (la mayoría), con la cara descubierta o incluso con un piercing como la joven Najd, todas repetían que se trataba de un avance para las mujeres y para la conservadora Arabia Saudí. La última nación del mundo en concederles el derecho de voto, las mantiene aún sometidas a la tutela legal del varón, sea padre, marido o hermano, sin cuyo permiso no pueden estudiar, trabajar, viajar e incluso someterse a cirugía.

“He votado porque me preocupa mi país”, explica Najd. Esta recién licenciada en leyes, de 26 años, cuenta que ha votado a unas de las 25 candidatas que se presentaban en su circunscripción porque “su programa enfatiza el medioambiente y la comunidad más que los derechos de la mujer”. En su opinión, la gente, sobre todo fuera de Arabia Saudí, se concentra demasiado en la prohibición de conducir. “Es el menos importante de nuestros problemas”, asegura.

Un país segregado

Á. ESPINOSA

Para el extranjero resulta especialmente llamativo el empeño saudí en mantener segregados a hombres y mujeres. Bancos, oficinas y centros oficiales, además de por supuesto los hospitales, tienen departamentos separados (e incluso a menudo entradas distintas) para unos y otras. En los restaurantes y cafeterías, las mujeres sólo pueden acceder a la “zona de familias”, donde por supuesto no pueden estar con un varón que no sea pariente directo; con frecuencia esas áreas están a su vez divididas en reservados para cada grupo familiar de forma que se evite cualquier mezcla.

Muchas de las mujeres que se presentaban a las elecciones de este sábado en su vida han interactuado con hombres que no sean su padre, hermano o marido. Así que la prohibición de reunirse con ellos durante la campaña no les causó ninguna contrariedad. En la universidad (y el número de licenciadas supera al de licenciados) reciben las clases de los profesores varones a través de un circuito cerrado de televisión. Ahora ellas han recurrido a sus familiares para que promovieran sus candidaturas ante los potenciales votantes.

“En contra de la percepción que tienen ustedes fuera, la mayoría de los saudíes prefieren trabajar de forma segregada”, asegura Lama al Sulaiman, una candidata de Yeddah. Esta empresaria, que es vicepresidenta de la Cámara de Comercio de esa ciudad costera, me contó que habían realizado una encuesta sobre la segregación en el trabajo entre 3.000 mujeres y hombres y el 52% de los participantes se habían mostrado a favor de trabajar separados; un 42% dijo que no le importaba mezclarse siempre que cada sexo contara con espacios distintos en la oficina.

Para Al Sulaiman, una mujer activa, que ha vencido un cáncer y en su día se doctoró en Bioquímica en una universidad británica, el cambio no puede imponerse. “A medida que haya más mujeres en las fuerza laboral, se reducirá el temor de los ultraconservadores a lo desconocido”, asegura. Como ella, muchas de las consultadas durante la pasada semana se han mostrado partidarias del cambio gradual y sin alharacas. “No lo anunciemos, hagámoslo”, parece ser su lema.

Tal vez. Pero ella, como muchas otras mujeres, ha podido ir a votar porque dispone de un chófer. Es un lujo que no está al alcance de todas y que las deja merced a la disponibilidad de los hombres de la familia para sus traslados cotidianos, en un país que carece de transporte público. De hecho, esa limitación de movimientos se ha mencionado como una de las causas por las que apenas 130.637 mujeres se han registrado para votar (frente a 1,35 millones de hombres).

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“Aún hay falta de conocimiento sobre la importancia de participar y para qué sirven los consejos”, admite Salma al Rashid, responsable de un programa de capacitación para mujeres votantes lanzado por la fundación Al Nahda. Ella ha acudido a las urnas acompañada por sus tres hijos “para que vayan asimilando el valor de las elecciones”.

El escaso número de registradas limita mucho las posibilidades de que salga elegida alguna de las 979 candidatas que han concurrido para cubrir los dos tercios de los 3.159 concejales que se eligen en 284 localidades. Dado el conservadurismo de la sociedad saudí y que las candidatas no han podido hacer campaña ante los votantes hombres, resulta improbable que estos las voten. Said, un ingeniero informático de 34 años, es la excepción que confirma la regla.

“He votado por una candidata que trabaja en una consultoría internacional por su trayectoria y para contribuir a romper la barrera”, declara antes de explicar que creció en el Reino Unido y que seguramente habrá pocos hombres que actúen como él.

Solo hay que desplazarse a Daraiya, la primera capital saudí a 25 kilómetros al oeste de la actual. En esa breve distancia permite entrever otro mundo mucho menos cosmopolita, donde las túnicas cortas distintivas de los ultra piadosos, se ven con mayor frecuencia. Estos sectores, extremadamente conservadores, comparten en buena medida el temor expresado por el jeque Abdelrahman al Barrack quien ha advertido en su cuenta de Twitter del peligro que el voto femenino occidentalice el país y, anatema, lleve a que hombres y mujeres se mezclen.

“No, no me parece bien que voten porque no está en nuestras costumbres”, responde Abdullah al Saud, de 80 años, a quien sorprende incluso que se le plantee la pregunta. Los nietos que le acompañan se ríen sin querer contradecirle. Otros dos hombres con aspecto adusto evitan contestar, tal vez no queriendo contradecir la línea oficial.

“Confiamos en que alguna de las candidatas salga elegida. No hay discriminación entre los hombres y las mujeres que se presentan. Estamos muy orgullosos de nuestras mujeres, son ministras, decanas, cirujanos, las cosas se están moviendo con rapidez”, ha declarado el portavoz de la Comisión Electoral, Judaie al Qahtani.

Aunque en la última década se les han abierto las puertas al mundo laboral y las saudíes han hecho enormes avances en numerosas profesiones, nunca ha habido una ministra (la viceministra de Educación de niñas fue relevada con la llegada del nuevo rey el pasado enero). Tampoco hay ninguna mujer en esa Comisión. En el Ministerio de Asuntos Municipales, donde se celebraba la conferencia de prensa, ni siquiera hay aseos de mujeres. Ante la presencia de las periodistas extranjeras, han tenido que improvisar unos carteles para reservarles uno.

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Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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