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Fin de la excepcionalidad

El 20 de julio inaugura una nueva fase política en la que los cubanos estamos obligados a mirarnos de frente

La historia, en términos hegelianos, es astuta; en términos humanos es prosaica. Rara vez absuelve a alguien y casi siempre disuelve aquellos conflictos históricos que comenzaron siendo personales. Cuba fue, desde 1959, la hipóstasis de una idea individual convertida en política de Estado, llevada al extremo de un prolongado trance histórico que enfrentó a dos naciones vecinas. Con su relato y su alto costo.

¿Resultado? La excepcionalidad política construida a base del error de cálculo de múltiples actores. Con el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba, este 20 de julio pone fin a ese largo período de excepcionalidad para un país que se viene reduciendo a su mera expresión territorial y que vive de la inversión, en su doble sentido, de la utopía: detrás de la narración de la solidaridad a la entrada, el gobierno termina vendiendo los servicios de salud, en moneda constante y sonante, a la salida.

Este 20 de julio pone fin a ese largo período de excepcionalidad para un país que se viene reduciendo a su mera expresión territorial y que vive de la inversión

Con el mercado de servicios y la paz vecinal cobra un nuevo impulso ese proceso de normalización occidental que, en sus tendencias fundamentales, se hace negativamente: recuperación política del autoritarismo, regreso a las desigualdades primarias entre los que tienen y los que simplemente no tienen, resurgimiento del racismo tanto en su versión tradicional como en la foucaultiana: el de los que ostentan el poder contra todos los demás; reproducción acelerada de la marginación social tras el renacimiento de un capitalismo mercantil de renta, que ya se permite ciertos escándalos de élite en las bellas costas de Turquía, y conversión del país en un enclave económico, poco atractivo hasta hoy, en los márgenes del capitalismo global. Para que Marx frunza el ceño.

Esta normalización negativa, hay una positiva de carácter cultural poco institucionalizada y por eso mismo fascinante, pone al desnudo, con el fin de la excepción, cuatro desafíos pospuestos. Todos, puertas adentro.

Está claro que las revoluciones permanentes no se pueden dar el lujo de la visión de largo plazo

El primer desafío tiene que ver con el proyecto de país. No tenemos uno, en un país donde el concepto de liderazgo se ha basado en una combinación entre poder duro y total con visión de corto plazo. Está claro que las revoluciones permanentes no se pueden dar el lujo de la visión de largo plazo. Tienen que sobrevivir defendiendo su esencia, el poder, contra los datos de la realidad. El proceso revolucionario es una constante adaptación del poder a los hechos, pero no una visión de los hechos como proceso. Por eso este desafío no cuenta ahora mismo con el liderazgo necesario: uno que entienda el contexto global, comprenda la lógica interna de los hechos y no pierda el sentido de oportunidad. El sin prisa pero sin pausa del gobierno cubano esconde más el susto y la falta de inteligencia acerca del mundo que lo que pretende revelar: la cautela.

El segundo desafío es el del proyecto de nación. El intento de que el modelo de nación reprodujera el modelo de Estado desajustó los vínculos profundos de nuestra diversidad sociológicamente cultural y descarriló el lento proceso de dotarnos de un modelo de Estado que siguiera el trazado histórico y cultural de nuestra tradición. El Artículo 5 de la Constitución, que obscenamente define la superioridad de un grupo humano sobre otro, es la prueba arqueológica de la naturaleza contracultural del Estado y la clave de bóveda a remover para completar la nación cubana desde su diversidad, reunida en el mismo espacio cívico y político en igualdad de condiciones y con idéntica legitimidad.

La creación de bienestar transita por las start ups y la seguridad jurídica, no por el gigantismo industrial y el compadreo inversionista

El tercer desafío es el de reinvención democrática. Reinvención y no recuperación porque comenzar por donde terminamos en 1959 es recobrar un modelo débil desde la anemia actual del espacio cívico y de las libertades fundamentales. El desafío pasa por volver a estas últimas, que dan cuerpo al liberalismo político y que incluyen la libertad de acción y de propiedad en el ámbito económico. El fracaso de la reforma económica del gobierno estriba en su incapacidad para entender que dada la estructura y dimensión económicas de Cuba la creación de bienestar transita por las start ups y la seguridad jurídica, no por el gigantismo industrial y el compadreo inversionista. Esto tiene que ver con la democratización, que en economía se llama también liberalización e inclusión legalmente aseguradas.

El cuarto y último desafío es el de rehabilitación del sentido de lo político. Quizá el más importante de ellos en tanto supone conectar las opciones posibles con la diversidad de voluntades de elección que están (estuvieron) siempre presentes en la escena cubana. Lo político empieza con la admisión de la realidad política. Inevitablemente plural.

Superado por la globalización, el gobierno cubano cierra su ciclo guerrero y convierte al imperialismo yanqui en los Estados Unidos. El gobierno estadounidense archiva el anticomunismo y ensaya en Cuba una nueva doctrina de diplomacia preventiva pre Estado fallido. Solo falta cerrar el ciclo de excepcionalidad e iniciar el ciclo de lo político allí donde el gobierno estadounidense ha lanzado todas las pelotas: en la cancha interna cubana. Y el 20 de julio viene a ayudarnos a concluir la larga fase épica para inaugurar una nueva fase política en la que los cubanos estamos obligados a mirarnos de frente.

Si proseguimos en nuestros pleitos físicos y teleológicos sobre los fundamentos de la vida buena, ya no será a propósito de los Estados Unidos. Obama dixit.

Manuel Cuesta Morúa es portavoz partido Arco Progresista.

Twitter @cubaprogresista