Análisis
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Obama ante el estancamiento democrático

Occidente asume que ya no es el único modelo: el capitalismo autoritario gana seguridad mientras las democracias europea y estadounidense viven una crisis de confianza

Barack Obama en una ceremonia en Washington el 27 de febrero.
Barack Obama en una ceremonia en Washington el 27 de febrero. YURI GRIPAS / AFP

En el centro de Washington, a dos manzanas de la Casa Blanca, se distribuyen ejemplares en inglés del China Daily, diario estatal de la República Popular China.

Hace unos meses RT, la cadena pública rusa en inglés, colocó anuncios en las calles de la capital de Estados Unidos en los que se veía una imagen del presidente George W. Bush proclamando ‘misión cumplida’ en la guerra de Irak y se leía: “Esto es lo que ocurre cuando no obtienes una segunda opinión”. El mensaje era que RT podía ofrecer al público estadounidense las verdades que la prensa estadounidense le ocultaba.

A veces se comparan las tensiones actuales entre Estados Unidos y Rusia por Ucrania, o entre los aliados asiáticos de EE UU y China, con la Guerra Fría. Pero en la Guerra Fría habría sido difícil ver la propaganda soviética —o china— desplegada con semejante aplomo en un lugar como este. Los tiempos cambian.

La Guerra Fría terminó hace 25 años. Las democracias occidentales —la estadounidense y las europeas— viven una crisis de confianza. Y Barack Obama, el presidente que en 2009 llegó al poder con la promesa de cambiar EE UU y cambiar el mundo, lo abandonará en 2017 con un mundo en el que el impulso democrático de 1989 se ha frenado y, según algunos politólogos, incluso ha retrocedido.

“Todos hemos perdido la concentración”, dice Larry Diamond, codirector de Journal of Democracy, la revista de referencia en este terreno. Diamond se refiere a la concentración menguante de EE UU y los grandes Estados de la Unión Europa a la hora de promover la democracia y los derechos humanos.

La ola democrática que se aceleró en 1989 topa con China, Rusia y el fracaso de las Primaveras Árabes

En 1990, en el ocaso del bloque soviético, había en el mundo 65 democracias. Ahora hay 89, según datos de Freedom House. El boom empezó en la segunda mitad de los años setenta, con el fin de las dictaduras en Portugal y España, inicio de treinta años dorados para las democracias que se aceleraría tras el derrumbe del bloque comunista.

“Al terminar la Guerra Fría, los académicos en Estados Unidos hablaban del fin de la Historia. Es decir, la democracia había triunfado y esto sería el modelo y el esquema para el progreso humano”, recuerda Joseph Chinyong Liow, de Brookings Institution. Chinyong Liow ocupa en el laboratorio de ideas washingtoniano la cátedra Lee Kuan Yew, bautizada con el nombre de líder que convirtió la ciudad-Estado asiática Singapur en un modelo de autoritarismo benévolo que se postula como alternativa a las democracias occidentales. “Esto”, continúa, “sucedía hace 20, 25 años. Ya nadie habla de ello”.

El debate, reproducido en el último número de Journal of Democracy, sobre si las democracias retroceden —si existe, como sostiene Diamond, una “recesión democrática”— o si simplemente su expansión se ha estancado no es concluyente. Pero en un argumento coinciden ambos bandos: la euforia democratizadora de los años noventa se ha extinguido.

La consolidación de un modelo alternativo —en China o en Rusia— y los reveses de las democracias tradicionales —desde la Gran Recesión hasta la crisis del euro o la parálisis legislativa en Washington— han socavado el atractivo del modelo occidental. Ya casi nadie defiende que, a corto o medio plazo, la corriente de la historia desemboque irremediablemente en una democracia jeffersoniana o westminsteriana, o que el desarrollo económico sea indisociable del sufragio universal y la separación de poderes.

El problema no es tanto saber si ahora hay más o menos democracias que hace una década. Es otro: el deterioro en países que se sitúan en la zona gris entre la democracia y la dictadura, el refuerzo del autoritarismo en países no democráticos y una pérdida de calidad o confianza en las democracias consolidadas.

De las limitaciones de libertades en Venezuela al nuevo expansionismo ruso, del fracaso de las Primaveras Árabes a nuevo nacionalismo de Xi Jinping, la ola democrática topa, 25 años después de la caída del Muro, con otro muro.

“Estoy seguro de que al presidente Obama le preocupa [esta evolución] y que le gustaría ver cómo la democracia y las libertades avanzan”, dice Larry Diamond en un correo electrónico. “Pero el hecho es que, desde hace unos años, la promoción de la democracia ha declinado como prioridad en la política exterior americana y en la política y la programación de la ayuda”. Diamond no culpa solo a Obama. “Existe una percepción creciente”, dice, “de que, con la escalada de la guerra contra el terrorismo y la astuta adaptación a los regímenes autoritarios, América se está replegando en este tema”.

Cuando el demócrata Obama llegó a la Casa Blanca hace seis años, The New York Times le describió como un líder proclive, a “tratar con el mundo tal como es más que como podría ser”. Sus acciones —la cautela ante los conflictos globales, el escepticismo ante el patrioterismo estadounidense de otras épocas, la “paciencia estratégica” que promueve su nueva estrategia de seguridad nacional ante un mundo desordenado; la realpolitik que, por ejemplo, le ha llevado a constatar el fracaso de 50 años del embargo al régimen cubano— lo confirman.

En el ensayo The fourth revolution (La cuarta revolución), los periodistas John Micklethwait y Adrian Wooldridge explican cómo, por primera vez en medio milenio, Europa y EE UU han dejado de estar en la vanguardia de las ideas sobre el buen gobierno. Occidente ha perdido el monopolio.

Micklethwait y Wooldridge citan los versos de Alexander Pope: “Que los necios discutan sobre la mejor forma de gobierno / El que esté mejor administrado es el mejor”. El consenso de Pekín sustituye al consenso de Washington. Líderes autoritarios de todo el planeta miran a China en busca de inspiración (e inversiones). Y China mira a Singapur.

“Es posible que lo que encuentran interesante en el modelo de Singapur sea cómo hemos logrado equilibrar políticas económicas liberales con un gobierno fuerte y efectivo”, dice Chinyong Liow, de Brookings Institution. Este laboratorio de ideas organizó un coloquio esta semana presentar un libro titulado Las grandes ideas de Lee Kwan Yew. El acto fue una celebración acrítica, en el corazón del Washington político, del modelo de Singapur.

“En Singapur nos fijamos en los resultados”, comentó después del coloquio Chan Heng Chee, que fue embajadora de Singapur en Washington y preside el Centro Lee Kuan Yew en la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur. “No creemos en la separación de poderes”.

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