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El teatro del absurdo de Eike Batista

El juez que ha despojado de su fortuna al hombre más rico de Brasil es descubierto al volante uno de los Porsche expropiados

Eike Batista en el tribunal en noviembre.
Eike Batista en el tribunal en noviembre. Bloomberg

La caída al vacío de Eike Batista (Minas Gerais, 1956), hasta hace poco el hombre más rico de Brasil, parecía una novela perfecta sobre la ambición enfermiza y los excesos del capitalismo financiero global, pero últimamente se aproxima al ‘teatro del absurdo’. Despojado de sus bienes en el transcurso de un juicio que le puede condenar a 13 años de cárcel, uno de sus abogados contó a un reportero de Globo un hecho absolutamente insólito: el magistrado que le juzga, Flávio Roberto de Souza, titular del Tribunal Criminal Federal nº3, circulaba por Río de Janeiro con un Porsche Cayenne que le había incautado al empresario semanas antes.

“Es normal”, afirmó el juez tras ser descubierto: “Varios jueces lo hacen, estuvo bien guardado y con cámaras”. Souza, según un abogado defensor, también se ha hecho instalar en su casa un piano que fue propiedad de su cliente, supuestamente “en muy mal estado” (dicen fuentes judiciales). Los conflictos entre el juez y el acusado, que ha pedido su recusación, son constantes: “Voy a escudriñar hasta su alma, pedazo por pedazo”, afirmó el juez hace un tiempo: [Batista y su familia] “hacen una ostentación totalmente incompatible con alguien que tiene deudas millonarias”.

El juicio, de cualquier manera, iba a durar varios años. Batista fue durante años el emprendedor más admirado del país. En abril de 2012 acumulaba una fortuna de 34.000 millones de dólares: era el séptimo hombre más rico del planeta, según la revista Forbes, gracias en su mayor parte a la compañía de petróleo y gas OGX (hoy Ogpar), cuyos primeros pozos empezaban entonces a producir. Menos de tres años después, el ya exmagnate debe al menos 1.000 millones y afronta desde noviembre un juicio que le amenaza seriamente con convertirle en el primer condenado por uso de información privilegiada en Brasil. La fiscalía está segura de que manipuló el mercado al vender millones de acciones de OGX justo antes de que la compañía anunciase la interrupción de su producción de petróleo porque sus pozos offshore (considerados una mina de oro) estaban bastante secos.

Cuando se descubrió la trampa, nadie acudió al rescate de Batista y su grupo empresarial: ni Petrobras, ni su socia malaya Petronas, ni el BNDES. Los accionistas convirtieron su vida en un infierno, y el holding cayó en bancarrota un año y pocos meses de estar en la cima del mundo. La quiebra fue declarada en octubre de 2013, con deudas de más 5.000 millones de dólares. Batista se defendió como pudo de las acusaciones, sostuvo ante viento y marea que vendió las acciones para afrontar deudas y acusó a directivos de mentir sobre la riqueza de sus pozos petrolíferos. Pero nadie le cree, y hoy responde de presuntos delitos por falsedad, lavado de dinero y crímenes contra el mercado financiero.

El hombre más rico de Brasil no empezó millonario. A los 18 años vendía pólizas de seguro de casa en casa para sobrevivir en Aquisgrán, Alemania (el país de su madre), donde empezó estudios universitarios de Ingeniería Metalúrgica. Su familia se había trasladado a Europa durante su infancia. Cuando cumplió la mayoría de edad, sus padres regresaron a Brasil con sus seis hermanos; pero él se quedó. Buscaba un camino propio, contó siempre, alejado del ala protectora de un padre exministro de Energía y expresidente de la gran empresa minera estatal, Vale. Cuando volvió a Brasil, a comienzos de la década de 1980, hablaba cinco idiomas que le fueron muy útiles para intermediar entre los productores de oro del Amazonas y compradores brasileños o europeos. Tenía 21 años cuando fundó su primera empresa en el sector de los metales preciosos. La bautizó Atram Aurem: su logo corporativo era el sol inca, emblema también de sus posteriores firmas multimillonarias. Antes de dos años poseía ya un capital de seis millones de dólares. Batista asegura que en esa época un empleado que le debía dinero quiso matarlo de un balazo en un negocio completamente dominado por la mafia.

El yate de Batista incautado. ampliar foto
El yate de Batista incautado.

Entre 1980 y 2000 el magnate apiló una fortuna estimada en 20.000 millones de dólares a través de ocho empresas de extracción de metales preciosos ubicadas en Brasil, Canadá y Chile. Todas ellas tenían la letra X al final; una suerte de amuleto de la multiplicación que podía conducirle a su meta definitiva: superar al empresario mexicano Carlos Slim como el hombre más rico del mundo. En 2010, sonriente, tuvo la ocurrencia de confesarle su deseo en público a Slim durante un programa de la televisión británica. Se creía imbatible. Había invertido en casi todos los sectores predilectos del Gobierno brasileño: energía, logística, recursos naturales… Tan grande era su hedonismo (coches deportivos, yates, etcétera) como su ambición: la quiebra de su emporio sería la mayor, hasta ahora, de la historia brasileña (y la segunda en toda Sudamérica).

Desde entonces, Batista ha caído en desgracia y ha sido despojado de embarcaciones, motos náuticas, automóviles ostentosos, esculturas, dinero y joyas, atributos de un campeón de motonáutica y afamado galán que se casó con una célebre modelo de Playboy y no aceptaba límites a su expansión. A comienzos de este mes de febrero, la Justicia ha dado un paso más y bloqueado sus activos y bienes, los de sus dos hijos y los de su ya exmujer. Entre todos ellos superan los 1.000 millones de dólares (una cantidad que servirá para recompensar a sus acreedores). El juicio se celebra en Río de Janeiro, y aunque el ‘caso Petrobras’ le roba muchas portadas, despierta gran interés ante la renovada determinación de la Justicia brasileña por perseguir los ‘crímenes de cuello blanco’ y el morbo de ver a un modelo de éxito y presunto filántropo (“No quiero ser solo el hombre más rico de Brasil, quiero ser también el más generoso”) desintegrado en tiempo récord.

Los abogados defensores de Batista afirman que el juez que tomó ‘prestado’ el coche de lujo actúa de una forma “ilegal” e “indecente”.El ingenio popular brasileño, sin embargo, ha encontrado una mina de oro con la historia del coche, envuelto como está el país en procesos judiciales por corrupción de enorme trascendencia. “El juez tiene razón, le compete manejar los autos del proceso”, escribía por ejemplo en Twitter Márvio Dos Anjos. El paulista Pedro Marques completaba la caricatura cuando preguntó ingenuamente en Facebook: “Es verdad que no soy juez, pero ¿podría pillar a la exmujer de Eike para dar una vueltecita?”

Sin salir del ámbito judicial, el hombre que en una ocasión dijo querer amasar 100.000 millones de dólares experimentó la semana pasada el gran alivio de la absolución (tras un recurso) de su hijo Thor por la muerte, en 2012, del ciclista Wanderson dos Santos, a quien atropelló en la carretera BR-040, entre Río y Petrópolis. La sentencia, muy criticada en redes sociales, considera “contaminadas de dudas” las pruebas del expediente en virtud del cual se había condenado a Batista Jr., en junio de 2013, a una indemnización de 100.000 dólares para la familia del fallecido (que el hijo del millonario, también aficionado a los coches deportivos, nunca llegó a pagar). Habitual de la noche carioca y miembro del Consejo de Administración del holding familiar, EBX, Thor Batista presumió una vez de haber leído sólo un libro en la vida: la autobiografía de su padre.