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Berlín se aleja de Moscú por el enquistamiento de la crisis en Ucrania

La suspensión de un foro ruso-alemán evidencia el creciente distanciamiento

Angela Merkel y su vicecanciller Sigmar Gabriel Ampliar foto
Angela Merkel y su vicecanciller Sigmar Gabriel AFP

Ningún líder del mundo ha hablado con Vladímir Putin tantas veces en los últimos meses como Angela Merkel. Los vínculos históricos, económicos e incluso sentimentales entre Alemania y Rusia explican que durante la larga crisis ucrania Berlín haya estado entre las capitales europeas más comprensivas con el Kremlin. Y, sin embargo, la decepción por los incumplimientos de Putin y la evidencia de que el conflicto se ha enquistado empuja a Alemania a endurecer su discurso. “Las acciones de Rusia han puesto en peligro el orden pacífico de Europa y suponen una violación del derecho internacional”, bramó Merkel la semana pasada en el Bundestag. Dos semanas antes, en la cumbre del G-20 en Australia, la canciller dejó claro que su paciencia se había agotado. Desde entonces, oficialmente no ha vuelto a hablar con Putin.

“No sabemos si los lazos se recompondrán, pero es evidente que ha habido un cambio en las relaciones de los dos países. Merkel se ha sentido engañada por Putin en varias ocasiones”, asegura Liana Fix, experta en Centroeuropa del laboratorio de ideas de política exterior DGAP. Una de las primeras decepciones de la canciller llegó a principios de marzo. Entonces asistió atónita a la anexión de Crimea después de semanas de conversaciones en las que el jefe del Kremlin negaba tajante su intención de enviar tropas a la península. “Alemania da mucha importancia al respeto de la legalidad internacional por su historia del siglo XX. Nadie esperaba una modificación de las fronteras europeas a través de la violencia”, continúa Fix.

La desconfianza hacia Putin no es nueva, pero en las últimas semanas se ha agudizado. Fuentes gubernamentales confiesan que no saben a qué atenerse con el presidente ruso: desconocen si tiene una estrategia a largo plazo o va actuando por impulsos. “El problema de fondo es que el régimen no acepta la total soberanía de sus vecinos. No solo en Ucrania. No hablan de ‘países bálticos’, sino de ‘territorios bálticos’. Moscú ha intentado en los últimos meses dividir a los 28 Estados de la UE pero no lo ha logrado”, asegura el diputado democristiano Andreas Schockenhoff.

La mayor beligerancia hacia el Kremlin es evidente en detalles como la reciente cancelación de un foro ruso-alemán fundado en 2001 por Putin y el excanciller Gerhard Schröder. El llamado Diálogo de San Petersburgo se presentaba como una plataforma de contacto entre las sociedades civiles de los dos países, pero en la práctica, como recuerdan sus enemigos, se había convertido en un altavoz para el presidente ruso y sus cercanos. “No era aceptable. Tenemos que reinventarlo de arriba abajo”, añade Schockenhoff. La gota que colmó el vaso llegó con las declaraciones de uno de sus miembros, el antiguo dirigente socialdemócrata Matthias Platzeck. “La anexión de Crimea debería ser regulada por el derecho internacional, para que fuera aceptable para todos”, dijo el antiguo primer ministro del Estado de Brandeburgo, que en 2005 y 2006 llegó a ser el líder máximo del Partido Socialdemócrata. Platzeck, ante la catarata de críticas, dijo que se le había malinterpretado.

En cada reunión en la que los Veintiocho han evaluado cómo castigar a Rusia, Alemania ha liderado el grupo de los apaciguadores. Es fácil entender la resistencia a las sanciones económicas de la clase empresarial y la opinión pública en un país que tiene en Rusia más de 6.000 empresas, que el año pasado invirtieron 20.000 millones de euros. Pero las encuestas muestran un creciente apoyo a la mano dura hacia el Kremlin. El barómetro elaborado la semana pasada por la segunda cadena de la televisión pública mostraba que un 58% de los consultados defendían los castigos económicos —seis puntos más que en octubre—, incluso aunque tengan consecuencias negativas para Alemania. Además, un 76% aplaude el endurecimiento del discurso de Merkel.

Los alemanes no olvidan, por ejemplo, el apoyo de la Unión Soviética a la reunificación del país hace un cuarto de siglo. ¿Puede Putin volver a ser un socio en el que confiar? “La camaradería entre Alemania y Rusia es una piedra angular de nuestra política exterior y tiene que seguir siendo así”, responde el diputado socialdemócrata Klaus Barthel. Son palabras que repiten también en el Ministerio de Exteriores, pese a que ahora mismo parezcan muy alejadas de la realidad.

Reparto de papeles

A la hora de abordar el conflicto ruso-ucranio, el Gobierno alemán de gran coalición ha optado por un reparto de papeles. Mientras la canciller Angela Merkel, de la Unión Democristiana, enseña las garras —“Es culpa de Rusia de que la situación actual diste mucho del alto el fuego”, dijo la semana pasada— su ministro de Asuntos Exteriores, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier, centra su discurso en la necesidad de mantener cauces de diálogo con el Kremlin.

Algún miembro de los partidos del Gobierno han reprochado a Steinmeier ir por libre, pero fuentes gubernamentales niegan la mínima disensión. “No veo diferencias importantes entre los dos. Creo que están jugando el papel de poli bueno y poli malo. Es cierto que en el SPD hay sectores más proclives a ser comprensivos con Putin. Pero están en las bases del partido, no al frente de los ministerios”, asegura la analista Liana Fix.

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