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Checoslovaquia, terciopelo rojo

Checos y eslovacos se separaron con la suavidad con que se zafaron del comunismo

El dramaturgo Vaclav Hável, recién elegido presidente, se dirige a los checos en una plaza de Praga.
El dramaturgo Vaclav Hável, recién elegido presidente, se dirige a los checos en una plaza de Praga. Reuters

Primavera, terciopelo… Checoslovaquia siempre ha tenido fama entre sus vecinos del Este de ser tierra de gente con carácter suave, poco dada a la cólera indomable ni las efusiones sanguíneas. Si bien este argumento puede rebatirse fácilmente recurriendo a las tres famosas defenestraciones de Praga (cuatro, si se incluye la del ministro de Exteriores Jan Masaryk, único no comunista en el Ejecutivo en 1948), es cierto que en la edad contemporánea tanto el proceso de fin del régimen comunista como el divorcio de checos y eslovacos fue un ejemplo de templanza.

Tras reponerse del trauma de 1968, en 1977 comenzó a hornearse un nuevo descontento en Checoslovaquia. Los vientos aperturistas de la perestroika que despeinaron el flequillo de las dictaduras de Europa Central no llegaron al país. Hasta tal punto esto fue así que en 1987 Gorbachov concluyó una visita oficial pidiéndole en público al Gobierno checoslovaco un poco menos de ortodoxia marxista. Éste hizo caso omiso y, mientras los Gobiernos de la RDA, Polonia y Hungría intentaban controlar el huracán a base de reformas, ni una hoja se movió en Praga. En 1989 la población ya sabía que algo importante estaba ocurriendo en los países de alrededor. Informaban las radios extranjeras, pero también tímidamente los diarios nacionales. La oposición lanzó una ola de protestas, animados por la corazonada de que el Gobierno de Gorbachov no intervendría en los países del Pacto de Varsovia para cortar cabezas.

Una mujer entrega folletos en una protesta anticomunista en Praga, en noviembre de 1989. ampliar foto
Una mujer entrega folletos en una protesta anticomunista en Praga, en noviembre de 1989. CORBIS

El 16 y el 17 de noviembre de 1989 la policía sofocó a golpes protestas estudiantiles en Bratislava y Praga, provocando un maremoto de simpatías que empezó por huelgas en los teatros y cines, se transmitió a los medios de comunicación y rompió en una huelga general diez días más tarde. Capitaneando todos estos descontentos emergió el Foro Cívico, que dirigía el reputado dramaturgo Václav Havel. El Partido Comunista de Checoslovaquia comenzó a desgarrarse entre los sectores más ferozmente inmovilistas (el de Gustáv Husák) y el que sólo era inmovilista (el de Ladislav Adamec).

Los capitostes checoslovacos solicitaron ayuda a la URSS sin demasiado éxito y, tras la demostración de vigor popular que significó la huelga, se vieron obligados a pensar que a lo mejor sus gobernados no seguían teniendo a esa altura de la película tan buen carácter como esperaban. Gustáv Husák dimitió el 10 de diciembre de la presidencia de la República. Los acontecimientos se precipitaron y, antes de finalizar el año, Havel ya era jefe de Estado. En junio de 1990 se celebraron elecciones democráticas en las que se impusieron el Foro Cívico y el Foro Público Contra la Violencia, variante eslovaca del primero.

En una nueva demostración de sangre fría, poco después checos y eslovacos optaron por no seguir conviviendo. La unión de Bohemia y Moravia con Eslovaquia se había mantenido con algún mínimo disgusto desde el fin la Primera Guerra, pero no era un matrimonio feliz; tampoco conflictivo. Tras el fin del comunismo, en unos años de cierto caos hormonal en los que la euforia y la depresión se sucedían, el auge del nacionalismo eslovaco se convirtió en un fenómeno difícil de gestionar. Tanto los irredentos eslovacos como los mucho más acaudalados checos comenzaron a pensar que les podía ir mejor por separado o conviviendo de una forma más laxa. Se barajaron opciones varias, pero en un momento dado tirar por la calle del medio se impuso como la opción más cómoda. Con más tristeza que entusiasmo, en un proceso parlamentario que no implicó votaciones populares, ni manifestaciones, ni grandes muestras de alegría o descontento, los partidos decidieron firmar el desmembramiento.

Trabajadores de una fábrica de coches de Praga durante una huelga en apoyo de la revolución 1989. ampliar foto
Trabajadores de una fábrica de coches de Praga durante una huelga en apoyo de la revolución 1989. CORBIS

El 1 de enero de 1993 los dos países se separaron en lo que se llamó el Divorcio de terciopelo, aun a riesgo de estar abusando de las referencias a la afabilidad local. Václav Havel se convirtió en el primer presidente de la República Checa; y Vladimir Meciar, de Eslovaquia. En un primer momento no les fue tan bien en lo económico como habían esperado, pero las relaciones nunca se volvieron amargas. Como símbolo de que se mantenían en buena forma, en 2004 los dos países se incorporaron conjuntamente a la Unión Europea y la OTAN. Ahora ambos son miembros de la Zona euro, del espacio Schengen y figuran entre los mejores alumnos de los Veintiocho gracias a sus buenos índices de crecimiento, de calidad democrática y la apuesta que han hecho por las nuevas áreas de la economía. A pesar de que la República Checa sigue siendo ostensiblemente más rica que Eslovaquia (su PIB es el doble, su tasa de paro es la mitad), las diferencias entre ellas no son dramáticas (la distancia en su PIB per cápita es menor a mil euros, respectivamente un poco por encima y por debajo de los 20.000 euros).