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Aniquilado y Aplastado

Bajo el populismo, la política se convierte en algo casi-religioso

O luchamos y vencemos para consolidar las conquistas alcanzadas o la oligarquía las va a destrozar al final. Hemos ofrecido la paz, no la han querido. Ahora hemos de ofrecerle la lucha. Y ellos saben que cuando nosotros nos decidimos a luchar, luchamos hasta el final. Esta lucha que iniciamos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado. Juan Domingo Perón, 1955

En cuanto quedó clara una segunda vuelta en Brasil entre la presidenta Dilma Rousseff (PT) y Aécio Neves (PSDB) —el segundo candidato más votado—, comenzaron los ataques entre los electores. En las redes sociales se rompieron amistades, hubo insultos, se crearon memes —uno de ellos, la cabeza de la presidenta a punto de ser decapitada por un miembro del ISIS— y se difundieron rumores.

Hay un debate vivo sobre qué significa el populismo latinoamericano

La división regional de los votos se transformó en argumento de ataque contra unos y otros. Por un lado, los ciudadanos de São Paulo, “culpados” de seguir una ola elitista al votar a Aécio Neves; por el otro, “aquellos” nordestinos [habitantes del nordeste de Brasil] que no saben votar porque prefieren a Rousseff y reciben la Bolsa Familia —ayuda económica concedida por el Gobierno—. Para algunos, lo mejor sería incluso separar el país en dos partes.

A raíz de esas manifestaciones yace una visión dualista y fatalista de la democracia: solo vale cuando gana el candidato al que se respalda. Elecciones democráticas son las de las que no se conoce el resultado; democracia, como definió Adam Przewoski, es la incertidumbre institucionalizada.

Es verdad que algunas campañas políticas brasileñas apostaron, en los últimos años, por esa división de mundo entre “nosotros” contra “ellos”, según la cual la victoria o la derrota en las urnas significaría el cielo o el infierno. La misma Rousseff arrancó la segunda vuelta diciendo: “El pueblo brasileño no quiere otra vez lo que nosotros podemos llamar fantasmas del pasado”. En 2014, sin embargo, el histrionismo entre los electores y la agresividad parece haber crecido. En São Paulo, la pugna electoral se tradujo en enfrentamiento físico, documentado por la prensa, con empujones e insultos entre un economista y un empresario.

Elecciones democráticas son las de las que no se conoce el resultado

Ese tipo de visión que divide el mundo en dos está presente en la tradición de Latinoamérica: existe un debate vivo y prolífico sobre qué significa el populismo latinoamericano. Sin embargo, casi todas las definiciones sobre esa manifestación política pasan por la división de mundo entre “el pueblo” y “las oligarquías”.

Bajo el populismo, la política se convierte en algo casi-religioso. Los comicios pasan a ser una guerra entre el bien y el mal, entre la redención y la caída. Los rivales son caracterizados como enemigos del líder y, por extensión, del pueblo y de la nación. Las palabras del principio de este texto fueron pronunciadas por uno de los más importantes populistas del siglo XX, el argentino Juan Domingo Perón.

Las próximas semanas, los dos candidatos que disputarán la segunda vuelta en Brasil tendrán el tiempo necesario para convencer a los electores sobre la razón por la cual merecen ser elegidos. Todavía no está claro si el clima se calentará aún más.

Para los militantes reales y virtuales, propensos a eliminar de Facebook o Twitter aquellos que están en desacuerdo con sus argumentos, tal vez sea válida una última hipótesis. Cada elector tiene una posición preferencial o un punto ideal en relación a los temas discutidos durante las campañas electorales; cada elector calcula cuáles propuestas serán mejores para sus vidas. Si pensáramos en una línea continua de ideología, de la izquierda hacia la derecha, sería posible distribuir las preferencias colectivas del electorado.

La tercera vía brasileña, representada por Marina Silva, no logró avanzar

La tercera vía brasileña, representada por Marina Silva, no logró avanzar hasta la segunda vuelta justamente por fallar en el convencimiento de una parte suficiente del electorado según esta línea de preferencias.

En una segunda vuelta, como se sabe, saldrá vencedor aquel que obtenga más de la mitad de los votos válidos. Eso significa que, por definición, será elegido aquel que garantice el voto del elector medio. Bien entendido, no hay aquí ningún adjetivo peyorativo. Significa solo que ese elector ficticio es aquel que está exactamente en el 50%, considerando el espectro ideológico de izquierda y derecha. Él, por lo tanto, divide el electorado: su izquierda representa menos de la mitad del total, y la derecha menos de la otra mitad.

Las posiciones extremadas de aquellos que desean eliminar los “paulistas elitistas” o los “nordestinos iletrados” no parecen ser muy eficaces. Al final, las elecciones en segunda vuelta son definidas por posiciones centristas. Ese es un ejercicio hipotético, ya que ningún elector será totalmente atendido en sus diferentes puntos ideales. Pero el tiempo en las redes sociales será mejor aprovechado con posicionamientos ante las diversas agendas y propuestas de políticas públicas. Al fin y al cabo, aquel que sea electo gobernará para todos, para los “nosotros” y para los “ellos”.

Fernando Mello es periodista, máster en la Universidad Georgetown, en Washington. En 2013, ganó el Premio de Reportaje en Profundidad de la Sociedad Interamericana de Prensa

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