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El feudo de Evo levanta el vuelo

El Alto, la población del altiplano vecina a La Paz, empieza a dejar atrás su aislamiento con un enorme teleférico y progresa al calor de la bonanza económica

El teleférico que une El Alto y La Paz. Ampliar foto
El teleférico que une El Alto y La Paz. EFE

A duras penas, con pasitos cortos y la ayuda de su nieta, Doris consigue subirse a una de las cabinas del teleférico en la estación de Ajayuni. Se acomoda en un lateral y coloca las manos sobre su falda negra. Ladea la cabeza y observa durante varios minutos cómo va dejando abajo la inmensidad de la ciudad de La Paz, laderas repletas de pequeñas casas que son absorbidas mientras asciende a El Alto, donde vive. En un momento, gira la cabeza, mira a su nieta y lanza una mueca semejante a una sonrisa. Habla a través del brillo de sus ojos. Su nieta confirma la apariencia: "Cada vez que montamos, se queda perpleja".

El teleférico que une El Alto con La Paz, inaugurado en mayo, no solo es el interurbano más alto del mundo, sino el primer sistema de transporte público de Bolivia. La obra, desarrollada por la austriaca Doppelmayr y dirigida por el español Javier Tellería, cuenta con tres líneas —dos ya operativas, y una tercera que se pondrá en marcha en los próximos días—. Se prolonga a lo largo de 10.377 metros. En total, 9.000 personas podrían subir y bajar a la vez en una hora. La bonanza económica que vive el país ha permitido ahora al Ejecutivo de Evo Morales desembolsar 235 millones de dólares en la monumental obra, la eterna promesa desde los setenta de Gobiernos locales y nacionales.

El teleférico no solo es el interurbano más alto del mundo, sino el primer sistema de transporte público de Bolivia

No es baladí que El Evo, como se conoce popularmente al presidente en Bolivia, se haya volcado en mejorar las condiciones de los habitantes de El Alto, a 4.000 metros de altitud. Ahí surgió hace ahora 11 años, en 2003, la conocida como Guerra del Gas, las revueltas que acabaron con el Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, causaron más de 60 muertos y terminarían por ser la punta de lanza del actual mandatario, que alcanzaría el poder tres años después. Desde entonces, en El Alto, que en número de votos es superior a los departamentos de Pando, Beni y Tarija —juntos suman 604.727 por los 848.500 de El Alto—, el presidente ha cosechado victorias con el 75% de las papeletas. Es su bastión. Las anchas avenidas de la ciudad del altiplano, muchas de ellas aún sin asfaltar, están teñidas estos días del azul del oficialista Movimiento al Socialismo (MAS). Apenas hay vestigios de propaganda electoral de otros candidatos, si acaso algún cartel de Samuel Doria Medina (Unidad Democrática), el principal opositor en las encuestas a más de 40 puntos de Morales.

Richard Chima, secretario general de la Federación de Juntas Vecinales (Fejuve), la organización comunitaria más importante, celebra la monumental obra. "Había que mejorar el transporte, era un caos para El Alto y para La Paz. La movilidad es uno de los asuntos que más nos preocupan, es una forma de cambiar el sistema". Gran parte de los ciudadanos de El Alto trabajan en La Paz. Hasta ahora, el método más económico de desplazamiento entre ambas ciudades eran los microbuses, vetustas camionetas con capacidad para una decena de personas y que, según el trayecto, apenas cuesta un boliviano (14 centavos de dólar). "Más allá de la inseguridad, estábamos cansados de las trancaderas [atascos], de los bloqueos en las pocas carreteras que llevan a La Paz, de que un vecino no pudiese llegar a su trabajo a tiempo...", recalca Chima.

El Alto, en cierta manera, es la síntesis del espejismo que vive Bolivia

Mario Roque, periodista y exdirector de El Alteño

El teleférico es el último empuje en la evolución económica y social de El Alto, una ciudad que vive mayormente del comercio y que ha acogido a miles de migrantes campesinos de provincias limítrofes. Actualmente, cuenta con más vecinos que La Paz. Según el censo de 2012, 848.500 personas residen en el altiplano, por las 766.500 que se distribuyen en la vecina del sur, la capital. La llegada de Evo Morales al poder, recuerda el periodista Mario Roque, exdirector de El Alteño, propició un aumento de los fondos públicos. "Se han hecho obras de diversa índole, desde empedrado a asfaltado completo de avenidas. Además, también ha crecido la industria. Hace 11 años había 120 fábricas, hoy hay cerca de 350", explica Roque, de 57 años. Cuando llegó a la ciudad, con 15, un camión cisterna repartía el agua en su barrio. Hace ya ocho años que tiene las necesidades básicas, además de canal de televisión por cable e internet.

Las edificaciones de ladrillo de una planta empiezan a ser anecdóticas y comienzan a dar paso a estructuras chillonas de varios pisos con un aura psicodélica que conforman lo que muchos consideran una nueva arquitectura aymara, los llamados cholets, mezcla de chalets y cholo, como se conoce a los mestizos. Samuel Mendoza, un alteño de 50 años, recuerda que no hace muchos años en barrios como Villa Adela, en plena ebullición, donde ahora un terreno puede costar entre 150.000 y 200.000 bolivianos [entre 21.700 y 29.000 dólares], antes se podía comprar por 500. Sin embargo, aún queda mucho por mejorar. Hay avenidas donde el pavimento brilla por su ausencia y los servicios básicos no alcanzan los 10 distritos. "Evo supo escuchar, pero la agenda de 2003 no está cumplida por completo", advierte Chima. Mario Roque lo ilustra de otra manera: "El Alto, en cierta manera, es la síntesis del espejismo que vive Bolivia".

Mientras la bonanza económica continúa con los altos precios de las materias primas, Morales ha anunciado que ampliará el teleférico con cinco líneas más: 19 kilómetros y 20 estaciones. En total, 450 millones de dólares más para que a gente como Doris le sigan brillando los ojos.

“Ladrón encontrado será quemado”

Muñecos colgados en las calles con amenazas.
Muñecos colgados en las calles con amenazas.

Al crecimiento de El Alto le ha acompañado, en los últimos años, un aumento de la inseguridad. Al pasear por alguna de las avenidas de la zona de Santa Rosa, en El Alto, uno puede observar cómo de los desvencijados postes de electricidad cuelgan una suerte de muñecos de vudú a tamaño natural. Todos lucen un cartel, a cual más esclarecedor: "Ladrón encontrado será quemado"; "para el ladrón se aplica justicia comunitaria". Son amenazas que tienen que ver con los linchamientos que, aunque sean hechos aislados, generan preocupación en la comunidad. Los vecinos utilizan el concepto de justicia comunitaria, pero los linchamientos no tienen nada que ver con una reacción amparada por la ley. "Se asocia mucho con el factor indígena, pero es erróneo. En realidad es una ausencia total de autoridad. Para algunos autores, como Daniel Goldstein, los llaman justicia comunitaria en áreas de migración reciente como una forma creativa de interpretar el caos que les rodea. La Constitución no reconoce los linchamientos", explica Jorge Derpic, sociólogo de la Universidad de Austin que lleva dos años trabajando en el tema. Richard Chima, de Fejuve, la principal fuerza comunitaria de El Alto, dice haber transmitido a las autoridades un problema "que va a más". "La policía es insuficiente, es insuficiente lo que nos aporta el Estado", critica. En la misma línea, Derpic señala "un problema de desconfianza hacia la policía. Creen que no ayudan, y encima, cuando se produce el linchamiento, si llegan, terminan por salvar a la víctima". Hallar datos oficiales es imposible. Según las investigaciones de Derpic, elaboradas sobre todo a partir de notas de prensa, entre 2010 y 2013 se produjeron en todo el país 62 linchamientos, la mayoría en El Alto. Septiembre fue alarmante: hubo cinco y una víctima murió.