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Un país sin Estado y dos Gobiernos

Los enfrentamientos amenazan la recuperación de la producción petrolífera

Manifestación en Trípoli en apoyo a los islamistas, el 5 de septiembre.
Manifestación en Trípoli en apoyo a los islamistas, el 5 de septiembre. AFP

Libia sigue instalada en el caos y en una situación de preguerra civil permanente. Las disputas políticas y partidistas enfangan cualquier solución imaginable. Tras las elecciones del pasado 25 de junio se constituyó en Tobruk, a 1.400 kilómetros al este de la capital, Trípoli, una Cámara de Representantes para impulsar un nuevo Gobierno, que alcanzó acuerdos con las milicias rebeldes para reabrir y relanzar la producción de petróleo y empezar a poner orden en un país sin Estado. No ha sido posible aún. La Asamblea General saliente (un Parlamento provisional que funcionó durante 18 meses) nombró por su cuenta la semana pasada otro Gobierno. Los dos Ejecutivos se disputan ahora cuál de ellos debe reaccionar a las incursiones aéreas sobre Trípoli atribuidas a Egipto y Emiratos Árabes Unidos.

El descontrol es tal que afecta a todos los cargos e instituciones del país. El embajador de Libia en Egipto, Fayez Abdul Aziz Jibril, ha rechazado la orden enviada por el presidente del Gobierno en Trípoli, Nuri Abu Sahman, de cerrar tanto la legación en El Cairo así como la de Abu Dhabi tras los ataques aéreos. El diplomático argumentó su rechazo al mandato de Nuri Abu al advertir que no le escuchaba ni le concedía autoridad: “Ya ha tenido 18 meses para gobernar”.

El Gobierno procedente de las urnas del 25 de junio —exiliado en Tobruk— ha condenado también esta semana como un “acto criminal” la iniciativa del Gobierno saliente refugiado en Trípoli de nombrar a 14 ministros. El Ejecutivo de Tobruk, reconocido internacionalmente, ha respondido asegurando que esa acción será castigada, lo que afectará a todos los partidos involucrados.

El desbarajuste afecta a todos los sectores de la economía libia, desde la producción básica de petróleo, eje de cualquier salida para el futuro del país, a la interlocución con los mediadores y enviados internacionales, que tienen que desplegarse por distintas ciudades para reunirse con los distintos responsables para buscar alguna salida al conflicto interno. El enviado especial de Reino Unido, Jonathan Powell, acaba de viajar a la zona, frecuentemente visitada también por el enviado de Naciones Unidas para Libia, el diplomático español Bernardino León.

El nuevo presidente y representante del poder político en Tobruk, Abdulá al Thinni, llegó hace dos meses a un acuerdo para reanudar las exportaciones con las milicias rebeldes que mantuvieron bloqueados un año los puertos petrolíferos. El país, que llegó a generar en la mejor época del dictador Muamar Gadafi 1,5 millones de barriles diarios, había reducido su capacidad a apenas 130.000, y gracias al nuevo pacto recuperó un nivel de 730.000 barriles al día. Sobre esa solución también hay disputas.

En esas condiciones sigue sin aclararse, también en el interior de Libia, la responsabilidad de los ataques aéreos sufridos en agosto por las milicias islamistas de Misrata que operan alrededor de Trípoli.

La acusación más extendida se dirige contra Egipto y Emiratos Árabes Unidos (EAU), países a los que se sitúa detrás del general renegado Jalifa Hafter, que lleva asentado desde la pasada primavera cerca de Bengasi, desde donde lanza ataques frecuentes con apoyo aéreo contra las milicias islamistas que dominan la segunda ciudad del país. Este sábado estallaron nuevos enfrentamientos entre los partidarios de Hafter y milicianos islamistas.

Egipto y EAU niegan su intervención en Libia, pero el general, Hafter que vivió exiliado casi 20 años en Estados Unidos, cuenta con un portavoz estadounidense, David Anthony LeVeque, que sí ha confirmado que cuenta con esos apoyos para derrotar a los grupos islamistas armados en el país norteafricano.