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TRIBUNA

“Chávez nuestro, que estás en el cielo...”

No hay argumentos válidos contra deidades. Y Chávez, como Evita, como Juan Perón, ya entró en el terreno divino

En el pasado quedó, afortunadamente, el encanto global de Hugo Chávez. No me refiero a su muerte, sin duda a destiempo, sino a aquella visión romántica que tenían muchos en Europa por el verbo incendiario del caudillo venezolano. Recuerdo cuando comencé a escribir sobre asuntos políticos de Venezuela, en octubre de 2002, como la inmensa mayoría de las personas con las que hablaba sobre mi país me decían, palabras más o menos: “pero Chávez está ayudando a los pobres. Por primera vez en la historia un gobernante se ha ocupado de que los enseñen a leer y a escribir, ha hecho universal el acceso a la salud y además ha reclamado la soberanía de Venezuela...” Curiosamente, en un continente donde el estamento político está profundamente desacreditado, como lo es el europeo, muchos de sus habitantes tomaban la palabra de aquel político venezolano como misa. Pero reitero, felizmente, ello cambió.

Después del mayor despilfarro de recursos que se haya visto en el continente americano en las últimas décadas, nadie puede obviar la realidad venezolana. Huelga entrar en discursos estadísticos. La pobreza, el crimen, el desempleo, la escasez, los apagones, los miles y miles de muertos, la corrupción, el déficit democrático, las violaciones a derechos humanos, civiles y políticos, la total ausencia de justicia e independencia de poderes, el abuso del mismo, es decir, la obra que el chavismo ha erigido en 15 años está a la vista. Para cada especie propagandística promulgada por los medios de comunicación del estado, hay cientos, miles de casos de la vida real que contradicen al aparato hegemónico gramsciano.

Es por ello que cada vez se escuchan menos, allende las fronteras venezolanas, aquellas voces dispuestas a repetir al pie de la letra, sin cuestionamientos, lo que decía Chávez. Se les ha hecho imposible defender sus argumentos. Y, ¿dónde encontramos paralelismos de gente que ha decidido creer en algo que no existe en la vida real?

“Chávez nuestro, que estás en el cielo...” Han leído bien, estimados lectores. “Chávez nuestro, que estás en el cielo...” No es un error, sino el último ejemplo de que al chavismo -al menos en Venezuela- no se lo puede juzgar como a otros movimientos políticos convencionales. No pertenece al territorio del PP, o del PSOE. Chávez no es Pujol. Chávez es el Messi en la liga de Evita y Juan Perón. Intocable. Ahora etéreo, incorpóreo, “en los cielos”. No se juzga a un santo, se cree en un santo. Y es allí donde empieza y termina la religión chavista, porque es una religión, no nos equivoquemos. Quien en Venezuela, a estas alturas, siga creyendo en que el chavismo es la solución, no es una persona a la que pueda convencerse de lo contrario con argumentos estadísticos, políticos, y económicos.

No hay argumentos válidos contra deidades. Y Chávez, como Evita, como Juan Perón, ya entró en el terreno divino. De allí no sacan a nadie. En ese terreno no hay argumentación correcta, sino fe. Los herederos de Chávez, Maduro y cia, han copiado la fórmula que su mismo líder espiritual aplicó, sin éxito, con Simón Bolívar: Chávez pintó al icono más reconocido de rojo, pretendiendo en una suerte de simbiosis histórica ponerse al mismo nivel, equipararse con Bolívar, el padre de la patria. Pero Maduro y su gente han ido aún más allá, puesto que Bolívar no abandonó nunca el terreno político, el mundo de los mortales, mientras que Chávez es Dios:

Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros, los y las delegadas

Santificado sea tu nombre

Venga a nosotros tu legado para llevarlo a los pueblos de aquí y de allá

Danos hoy tu luz para que nos guíe cada día

No nos dejes caer en la tentación del capitalismo

Mas líbranos de la maldad y de la oligarquía

Porque de nosotros y nosotras es la patria, la paz y la vida

Por los siglos de los siglos, Amén

¡Viva Chávez!

Sin saberlo, es de Dios que hablamos y hemos hablado los venezolanos en los último años. Con razón no hemos encontrado, ni encontraremos nunca, puntos comunes y soluciones.