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“La matanza dejó a la sociedad china en una sumisión total”

Shen Tong, líder estudiantil en las protestas, huyó a EEUU seis días después de la masacre

El disidente Shen Tong, fotografiado en 1997. Ampliar foto
El disidente Shen Tong, fotografiado en 1997. ASSOCIATED PRESS

Shen Tong tenía 20 años cuando estallaron las protestas de Tiananmen. Alumno de tercer curso de Biología en la prestigiosa Universidad de Pekín (Beida), rápidamente se convirtió en uno de los líderes del movimiento estudiantil, cuyo comité para el diálogo con el Gobierno copresidió. Shen logró huir de Pekín el 10 de junio, seis días después de ser testigo de la matanza, porque previamente había obtenido el pasaporte chino para ir a estudiar a Estados Unidos. Allí, fundó la organización Democracy for China Fund para apoyar la democratización de China. En 1990, publicó su primer libro, Almost a revolution (Casi una revolución), sobre las protestas de Tiananmen.

En 1992, regresó a China, atraído por la declaración del líder chino Deng Xiaoping de que los estudiantes que se habían ido al extranjero eran bienvenidos, pero fue encarcelado. A los 54 días, fue liberado tras las presiones, entre otros, de Estados Unidos como parte de la campaña a la presidencia de Bill Clinton. A finales de la década de 1990, se convirtió en empresario en el mundo de la programación y los medios de comunicación. Pero no ha abandonado su vena rebelde. Participó en el movimiento Ocupa Wall Street en Nueva York.

Hijo de un profesor de Universidad y funcionario del Gobierno y de una doctora en medicina, está casado y tiene tres hijos. Es ciudadano estadounidense desde 2001. Vive en Nueva York, desde donde ha hablado por teléfono con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Por qué se unió al movimiento prodemocrático de 1989 (cuyo desencadenante fue la conmemoración de la muerte el 15 de abril del ex secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh) Hu Yaobang)?

Respuesta. Ya en el colegio, estaba metido en movimientos estudiantes, así que en 1989, en la Universidad, yo era uno de los pocos estudiantes activistas veteranos. A finales de los 80, los estudiantes no estaban muy interesados en política, sino más bien en irse al extranjero o hacer negocios. El pequeño grupo que teníamos (en Beida) tuvo dificultades para recoger apoyos para nuestras actividades hasta la muerte de Hu Yaobang. Hu Yaobang no solo era visto probablemente como el líder comunista más reformista, sino que los estudiantes sintieron en especial su muerte por el movimiento estudiantil nacional de 1986-1987, cuya represión por la fuerza condujo a su dimisión forzada (en 1987).

P. ¿Cuál es su mejor recuerdo del movimiento?

R. El 26 de abril, cuando las protestas callejeras y las actividades en las universidades -incluidas huelgas de clases- llevaban ocho o nueve días, el Diario del Pueblo (órgano oficial del PCCh) publicó un editorial que llamó al movimiento “contrarrevolucionario” y controlado por un puñado de “educadores”. Los estudiantes universitarios de Pekín, que en ese momento representaban el cuerpo principal de las protestas, se enojaron mucho porque se trataba de una conmemoración de la muerte de Hu Yaobang y una petición de reformas moderadas. Ante este tratamiento, hubo dos reacciones. Si seguíamos con los planes de la marcha prevista para el día siguiente, 27 de abril, nos encontraríamos con brutalidad policial. Yo era el responsable del centro de información de Beida. Había sido elegido tres días antes como el primero de los cinco miembros del comité para organizar las protestas. Y aquella noche votamos manifestarnos solo en el campus para minimizar la represión. Pero el día siguiente, los estudiantes decidieron ir a la marcha, y los cinco miembros del comité acabamos liderándola. Rompimos una docena de pequeñas barreras policiales entre la Universidad de Pekín y la plaza Tiananmen, y, al parecer, eso ocurrió por toda la ciudad. Fuimos saludados por uno o dos millones de ciudadanos a lo largo del recorrido. Es el momento más memorable. No solo porque conseguimos desafiar la advertencia del Gobierno sino porque la no violencia se convirtió en un principio ese día.

P. ¿Y cuál es su peor recuerdo?

R. La noche de la matanza. La noche del 3 de junio, estaba en Xidan (unos dos kilómetros al oeste de Tiananmen). Fui testigo de bastantes muertes de manifestantes. En un momento dado, dos jóvenes sostuvieron en alto una camiseta manchada de sangre. Caminaron hacia un vehículo blindado de transporte de personal y un camión cargado de soldados, intentando decir ‘No deberíais disparar a la gente’. Había un sentimiento de que de alguna forma eran invencibles, y que razonando con las tropas podían lograr parar el avance de los soldados y quizás las muertes. Era bonito y descabellado al mismo tiempo. Corrí detrás de ellos, y cuando llegué al camión, me sentí muy excitado, con todos aquellos disparos, muertes, y empecé a hablar a los soldados. Les pregunté “¿Sabéis que estáis en Pekín?”, y negaron con la cabeza. De repente, un par de personas tiraron hacia atrás de mí. Entonces, sonó el disparo de una pistola. Aparentemente, el oficial en aquel camión me apuntó a mí. Era el único que estaba delante, aparte de un pequeño grupo que me había seguido. Pero la bala impactó en la cara de una joven que estaba detrás. Alguien me llevó tras la valla que separaba la zona de los peatones de la calzada. Cuatro personas se llevaron a la chica cogida de los brazos y las piernas. Me deshice de las dos personas que me estaban agarrando, corrí hacia la valla, miré hacia abajo y vi el agujero en su cara. Un familiar, que me encontró en ese momento, me sacó de allí en su bicicleta. También vi a gente persiguiendo a un soldado, tirándole adoquines, hasta que le alcanzaron y cayó herido, y cómo la gente, entre la que había algunos de los que le habían atacado, le puso en un triciclo y lo llevó al hospital. Durante 15 años, tuve pesadillas cada noche. Tardé unos cuantos años más en poder mirar a aquello con alguna distancia.

P. ¿Por qué fracasó el movimiento?

R. Solo lo supimos mucho después, en diferentes entregas. El movimiento se extendió a muchos niveles de la sociedad. Más de 400 ciudades en China y posiblemente de 100 a 150 millones de personas participaron en la ocupación prolongada de espacios públicos o protestas masivas. Este éxito y la represión sangrienta final fueron debidos, en buena medida, a las luchas internas en la cúpula del Partido Comunista Chino. Fue un momento verdaderamente importante y simbólico para la historia moderna de China, y en muchos aspectos para el resto del mundo. Pero todavía está demasiado reciente. El significado real, el fantasma del 4 de junio en Tiananmen todavía se están revelando.

P. ¿Cuál es el legado del movimiento después de estos 25 años?

R. Hay dos legados importantes. Pedíamos una mayor liberalización, política y económica, y equidad, aunque era más en la forma de lucha contra la corrupción. Sabemos que hay un llamado milagro económico chino, a pesar del grave retroceso en política, derechos humanos y libertades civiles, y la existencia de un desarrollo muy desequilibrado. El Gobierno puede habar matado al mensajero, pero recibió el mensaje para continuar, a ritmo rápido, abriendo la sociedad china y el desarrollo económico. El otro es mucho más preocupante y triste ¿Puede China ser rica y poderosa solo mediante el desarrollo de fuerza militar y riqueza económica? ¿Puede prosperar realmente y hacer a la gente feliz, con un futuro mejor, solo centrándose en lo material? El legado más importante, más que el desarrollo económico, es resaltar esta cuestión. Lo que hicieron durante la masacre fue no solo garantizar que el estado de excepción era aplicado y no se producían más ocupaciones de Tiananmen y otros espacios públicos en el país, sino utilizar una fuerza abrumadora no solo para conmocionar a los manifestantes sino a toda la nación y dejarla en una sumisión total. La situación ahora es básicamente similar en psicología colectiva al síndrome postraumático de una violación, de una violación infantil. La conmoción fue tan completa que la gente simplemente no habla más de ello, ni siquiera piensa en potenciales reformas políticas, impulsadas desde abajo hacia arriba.

P. Usted logró salir de Pekín en avión el 10 de junio. ¿Cómo consiguió pasar el control policial en el aeropuerto?

R. No lo sé bien. Aún hoy, desconozco la extensión de la red de mi rescate. Fue casi un milagro, porque muchos otros fueron detenidos o estuvieron días, semanas, y en algunos casos meses y años, escondidos hasta que salieron de China. Una de las razones es que teníamos mucho apoyo. Más de la mitad de los ministros y los generales estaban de nuestro lado. La gente intentó ayudar y esto incluyó gente en el Gobierno. Nosotros éramos patriotas, no intentábamos derrocar al Partido Comunista. Cuando ocurrió la masacre, hubo gente que contactó a mi familia y consiguieron esconderme. Fui en un vehículo de la policía secreta desde el último sitio en el que me oculté hasta al aeropuerto. Parte del Gobierno no tenía idea de que otra parte del Gobierno estaba intentando ayudarme a salir de China.

P. ¿Cree que algún día verá una China democrática?

R. No sé cuándo, pero tengo esperanza, y al mismo tiempo soy pesimista. Ahora, comparado con 1989, hay una verdadera oportunidad de colaboración mutua y negociación entre las fuerzas en la sociedad china y diferentes facciones del Partido Comunista Chino. En lo económico, el partido ha traído a la población urbana mejores condiciones de vida, y no hay razones para ignorar ese logro. Pero a un precio tan alto para el medioambiente, para más de la mitad de la población que trabaja en condiciones terribles, y a costa de los campesinos. (Los líderes) entienden muy bien que no pueden permitirse perder una vez. Nosotros podemos perder cien veces, porque en China hay más de una generación de activistas. La historia me dice que un sistema así no puede durar, pero lleva décadas. Esto y la continua expansión de la represión y el abuso de los derechos humanos me hacen pesimista. Pero los activistas (en China) me hacen mantener la esperanza.

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