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Ya no queda sitio en la tierra de nadie

Decenas de miles de civiles huidos de la guerra saturan la ciudad fronteriza de Arsal

Al menos 200 familias esperan ayuda junto en una región inhóspita

Niños sirios juegan en marzo pasado fuera de unas tiendas en un campo de refugiados en Arsal. Ampliar foto
Niños sirios juegan en marzo pasado fuera de unas tiendas en un campo de refugiados en Arsal. AFP

Un día empezaron a llover bombas alrededor de Yabrud, la principal ciudad del macizo sirio de Qalamoun, en la frontera con Líbano. La tormenta de proyectiles, a finales de febrero pasado, duró dos largas horas que hicieron rendirse a Raed. El hombre de 28 años cogió a su mujer y a sus tres hijos y dijo adiós a Siria después de dos años de peregrinación por el país que le llevaron desde Bab Amro, el distrito más castigado de Homs, a un lugar peor, como si la mala suerte le persiguiese. Al menos la guerra que le ha quitado un dedo del pie y le ha cosido el costado de metralla le ha dado dos niños. “Son hijos de la revolución”, dice orgulloso en la tienda de campaña que le sirve de casa en la localidad libanesa de Arsal, “nos fuimos porque temía por ellos, no por mí”.

Como Raed, más de 100.000 personas viven desperdigadas por la ciudad y por la frontera con siria, según el ayuntamiento local. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) cifra el número de desplazados por debajo de los 50.000. La diferencia ha puesto al consistorio contra las cuerdas. “No hay más sitio”, repite como un mantra el alcalde, Ali Huyeiri, “Arsal no puede aceptar más refugiados”.

El éxodo hacia Arsal, único enclave de mayoría suní al norte del valle oriental de la Bekaa —controlado por el partido-milicia chií Hezbolá— han convertido la ciudad, engastada en un valle rodeado de colinas calizas donde apenas crecen rastrojos, en un auténtico campo de refugiados. Basta un paseo para descubrir que cada trozo de terreno desperdigado entre edificios está sembrado de tiendas de campaña mientras las escuelas y mezquitas se han convertido en “refugios colectivos”. Según el alcalde, el número de sirios casi triplica ya a la población local. Son tantos, se queja Huyeiri, que algunos han tenido que quedarse fuera.

“Hay entre 200 y 400 familias esperando a entrar [a la ciudad]”, confirma Nadia Falco, responsable del dispositivo de ayuda de Acción contra el Hambre en todo el valle de la Bekaa, “Algunos han estado durmiendo en coches o camiones”, añade. Falco se refiere a los asentamientos establecidos en Wadi Hmayed, más allá del último puesto de control del Ejército libanés que marca el fin del área urbana de Arsal, donde la ONG española ha estado trabajando hasta que a finales de febrero se cortó el acceso al otro lado tras la última ofensiva del régimen sirio y la milicia chií Hezbolá contra los rebeldes en la frontera. “Estamos negociando con el Ayuntamiento y el Ministerio de Asuntos Sociales para facilitar asistencia en la zona”, explica Falco. “Hemos dejado de ir por razones de seguridad”, puntualiza.

Pese a que la zona de Wadi Hmayed, una sucesión de cañadas semidesérticas que van a dar a Siria, se encuentra dentro de los límites administrativos de Arsal, se ha ganado el sobrenombre de “tierra de nadie”. A partir de ahí, el territorio se considera suelo inhóspito: no existe control por parte de las fuerzas armadas libanesas y la única presencia militar es la de los milicianos armados sirios y la aviación del régimen que dos o tres veces por semana siembra la zona de columnas de humo.

“En el camino desde Siria hasta aquí, el Ejército [sirio] nos bombardeó con barriles explosivos”, explica Fitah, un hombre mayor. “Tuvimos que detenernos con los niños en la carretera hasta que pararon”, añade. Recorrió los 50 kilómetros que separan Arsal de Sahel, un pueblucho a siete kilómetros de Arsal, en poco menos de tres días, a ratos en coche y andando por la noche. “No nos dieron ni tiempo para irnos”, dice, “de repente empezaron a bombardear y a dispararse unos a otros, bombardearon las mezquitas, las escuelas, han destrozado todas las casas”.

El viejo habla en mitad de un corrillo de mujeres que critican la falta de asistencia para las 80 familias que han plantado sus tiendas en mitad del polvo. Hasta 14 campamentos se encuentran repartidos por la zona por la que pululan entre 1.000 y 2.000 hombres armados, según los cálculos de las fuerzas de seguridad libanesas, tras la caída de Yabrud, hasta entonces principal bastión rebelde en el macizo fronterizo de Qalamoun.

“Todos los rebeldes se han retirado a las montañas”, asegura Ahmad Fliti, vicealcalde de Arsal. El recrudecimiento de la tensión sectaria provocó que el propio Ejército libanés sitiase la ciudad durante dos días para evitar la entrada de milicianos asociados con el Jabhat al Nusra y el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS por sus siglas en inglés). “No hay frontera allí”, sentencia Huyeiri, “lo más importante es que esa gente [los milicianos] no entre a Arsal. Mientras, no se aceptan más refugiados”.

140.000 muertos en tres años

Tres años de guerra civil en Siria han costado la vida de al menos 140.000 personas. De ellas, 10.000 eran niños.

El conflicto ha causado el éxodo de nueve millones de personas han dejado sus hogares. Más de una cuarta parte de los desplazados se han instalado en otros países, sobre todo en los vecinos Líbano, Turquía y Jordania.

La ONU calcula que hacen falta 3.000 millones de euros para atender las necesidades de los refugiados sirios, pero la comunidad internacional solo ha donado 428, el 14%.

La negociación entre los contendientes, auspiciada por Naciones Unidas, no ha dado frutos. El régimen de Bachar el Asad, que ha recobrado buena parte del terreno perdido, ha convocado elecciones presidenciales de las que quedarán excluidos los líderes de la opositora Coalición Nacional Siria.

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