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Irán choca con las líneas rojas de la libertad de prensa

La justicia bloquea la publicación de diarios reformistas pese a las promesas del nuevo presidente

Un grupo de iraníes leen las noticias sobre el acuerdo nuclear, el pasado noviembre en un kiosco de Teherán.
Un grupo de iraníes leen las noticias sobre el acuerdo nuclear, el pasado noviembre en un kiosco de Teherán. EFE

 “La llegada de Rohaní ha significado una esperanza para nosotros, pero no ha ocurrido nada tangible”, resume Mashallah Shamsolvaezin, el presidente de la Asociación de Periodistas iraníes. Aunque los márgenes de lo tolerado se han ampliado desde que el nuevo Gobierno tomó posesión el pasado verano, es más resultado de la osadía de los informadores que cada día fuerzan los límites que de cambios reales. Continúan las detenciones de periodistas y el poder judicial ha cerrado el diario reformista Bahar y frenado el lanzamiento de varios más.

“En este país publicar un periódico es un privilegio, no un derecho”, se queja Shamsolvaezin, que a sus 58 años iba a dirigir el malogrado Neshat, uno de los periódicos prohibidos cuya cabecera fundó hace 15 años. “Teníamos el equipo, el local y mensajes contradictorios sobre el permiso, pero finalmente nos lo denegaron”, explica.

En su opinión, una prensa libre podría ayudar al Gobierno a reconciliarse con la gente y también mejorar su imagen internacional. Dado que la radio y la televisión siguen siendo monopolio estatal, la prensa es el único ámbito donde es posible la crítica. Sin embargo, siguen produciéndose detenciones de periodistas, según denuncia Reporteros Sin Fronteras.

La censura mata a la prensa

La explosión de periódicos que se produjo durante el primer Gobierno de Jatamí (1997-2001) marcó un momento dorado para la prensa en Irán. Algunos observadores llegaron a decir que los medios escritos hacía las veces del partido político que el presidente reformista no tenía. Desde entonces, “la gente ha perdido confianza en la prensa debido a la censura”, afirma la periodista Marzie Rasouli.

“Los datos de tirada son catastróficos”, apunta Mashallah Shamsolvaezin, el presidente de la Asociación de Periodistas. Según sus datos, entre todos los periódicos no llegan al medio millón de ejemplares en un país de 80 millones de habitantes. “Hamshari, el de mayor difusión, tira entre 140.000 y 150.000”, apunta, en claro contraste con los 483.000 que llegó a vender Yameé, el diario que abrió el camino hacia un periodismo independiente de los poderes fácticos y defendió el proyecto democratizador que llevó a Jatamí a la presidencia.

“Entonces con 60 millones de habitantes se tiraban 5,8 millones de ejemplares”, recuerda Shamsolvaezin, que se niega a aceptar que el descenso esté provocado por el uso de las redes sociales. “¿Dónde es mejor el acceso a Internet en Japón o en Irán? Allí solo Yomiuri tira 12 o 13 millones de ejemplares”, argumenta.

“Somos como un jinete sin caballo al que se le pide que cabalgue por un campo de minas, del que sólo las autoridades tienen el mapa y cada vez que ponemos el pie en el suelo pisamos una línea roja”, describe Shamsolvaezin.

A pesar de que no hay censura previa, los periodistas iraníes trabajan en la cuerda floja ya que nunca saben cuáles van a ser las consecuencias de lo que escriban o digan. Es lo que Shamsolvaezin llama “libertad de expresión a priori, pero no a posteriori”. Él mismo sufrió las consecuencias en 2009 cuando en una entrevista con Al Arabiya describió al entonces presidente Mahmud Ahmadineyad como un excéntrico.

“A las dos de la mañana del día siguiente, seis policías de paisano se presentaron en mi casa y, con una orden de detención en blanco, me llevaron a Evin. Estuve 70 días encerrado en una celda del tamaño de ese baño”, dice señalando un pequeño aseo.

No era su primera experiencia en prisión. Cuando en junio de 1998 cerraron Yameé, el exitoso diario que fundó tras la elección del reformista Mohammed Jatamí, pasó 35 días encarcelado sin cargos ni juicio. En abril de 2000, le condenaron a 30 meses por un artículo contrario a la pena de muerte en el después prohibido Neshat. Como él, decenas de informadores iraníes han pasado por la cárcel. “Aún quedan 47”, asegura.

“Hay muchísimas limitaciones en temas políticos y tampoco podemos hablar con libertad de los sociales. No están claras las líneas rojas, lo que nos deja perplejos”, declara por su parte la periodista Marzie Rasouli, de 34 años. Entre los asuntos que no se pueden criticar enumera la obligatoriedad del hiyab (vestimenta islámica), la situación de los presos, las leyes que aprueba el Parlamento, el trato a las minorías étnicas, como los kurdos, o las declaraciones del líder, “a pesar de que él mismo ha dicho que hay que criticarlo”.

A falta de espacio en el que escribir con independencia, numerosos periodistas recurren a las redes sociales. Rasouli, que era una de las 70 personas seleccionadas para la redacción de Neshat, ha terminado colgando varias de las historias que preparaban en el diario en su Facebook, donde tiene casi 6.000 seguidores.

“No es ilegal tener una cuenta en Facebook o Twitter, aunque estén bloqueados. Los políticos también las tienen. Lo que es ilegal es subir temas en contra de las leyes”, explica. “En las redes sociales hay más libertad que en los medios, pero siempre existe el peligro de que te detengan”, señala antes de recordar que la policía también vigila Internet.

“Cuando me encarcelaron hace dos años, me preguntaron por mi actividad en Facebook a pesar de que me acusaban de colaborar con la BBC en persa”, recuerda.

Aún así, Rasouli asegura que la situación ha mejorado con Rohaní. “Han quitado la mano que oprimía el cuello de la prensa. El clima es parecido al que había antes de Ahmadineyad", asegura. Tanto ella como Shamsolvaezin consideran que la prohibición de Neshat y otros diarios es fruto del temor que tiene el régimen a que se repitan los incidentes del verano de 2009, cuando varios millones de iraníes se manifestaron en las calles a favor de los reformistas.

“Entiendo la preocupación del Estado. Queremos volver a intentarlo. Buscamos un cambio, no hay duda, pero pacífico, no violento. Si nos pierden, ¿qué va a pasar con la próxima generación?”, plantea Shamsolvaezin, quien tras ocho años de inhabilitación, ve la posibilidad de entrevistarse con una periodista extranjera como una buena señal. “La sociedad iraní ha aprendido a caminar poco a poco y va a continuar haciéndolo”, asegura optimista.