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ANÁLISIS

Una presidencia a la deriva

La corrección de la reforma sanitaria es la última prueba de la incompetencia y la improvisación

El presidente Obama durante un discurso en Ohio.
El presidente Obama durante un discurso en Ohio. AFP

La corrección anunciada por Barack Obama a la reforma sanitaria, más importante por su significado que por sus consecuencias inmediatas, es la puntilla a una gestión que navega a la deriva desde hace meses y que ha convertido al presidente más deseado de la historia en la mayor decepción.

La decisión de Obama de retrasar un año los actuales seguros médicos es una medida de carácter administrativo que responde a los problemas detectados también en el orden administrativo. Normalmente, no daría lugar a un juicio tan severo. Sin embargo, sus repercusiones son políticas y se han convertido en la última prueba de la incompetencia, la improvisación y la confusión de esta Administración. Los periodistas repiten la comparación con el Katrina, y los conservadores recuerdan que ya advirtieron que sería su Waterloo.

La autoridad de Obama se resquebraja. Si no es capaz de sacar adelante convincentemente el programa estrella de su presidencia, ¿de qué es capaz? Sus compañeros demócratas, más preocupados de su propia suerte en las próximas elecciones legislativas, empiezan a abandonarle. Su popularidad está en los niveles más bajos que se recuerdan, similares a los de George W. Bush por estas fechas. Su abatimiento y desmoralización son visibles. Su falta de liderazgo, ya sea en los asuntos domésticos, en la crisis de Siria o en la negociación con Irán, es motivo de preocupación en todas las cancillerías.

Su prestigio personal, convertido en cenizas en el mundo por Edward Snowden, se desploma también en casa por su impotencia para gobernar. Cada comparencia en televisión, que antes servía para demostrar sus cualidades oratorias, es ahora una oportunidad de confirmar sus carencias como administrador de la nación más importante sobre la Tierra. Dubitativo, errático y ausente, Obama es una sombra de lo que fue.

El pánico que la elección de Obama desató en algunos ámbitos se transformó inmediatamente en una poderosísima fuerza de resistencia

¿Qué ha pasado? Para una respuesta adecuada, seguramente habrá que esperar algún tiempo. En primer lugar, porque, con tres años por delante en el cargo, Obama tiene aún, sobre el papel, tiempo suficiente para la resurrección. Pero, además, porque en el fracaso de Obama confluyen múltiples elementos personales, políticos y circunstanciales que hacen difícil una explicación.

La reforma sanitaria ha sido objeto de numerosas acciones de sabotaje de parte de gobernadores republicanos y blanco de la más feroz campaña de ataques contra cualquier ley en varias décadas: en el Congreso, en los medios de comunicación, de parte de las empresas, de las aseguradoras, de la profesión médica, desde el ángulo ideológico, desde el económico.

La reforma sanitaria –y Guantánamo, en otro sentido- fue desde el primer día la demostración de que Obama no iba a encontrar el campo libre para cumplir sus promesas. El pánico que la elección de Obama desató en algunos ámbitos se transformó inmediatamente en una poderosísima fuerza de resistencia.

Pero eso no es excusa para la débil respuesta desde la Casa Blanca. Con la furia de la oposición, de alguna forma, se contaba. Con lo que no se contaba es con la incapacidad para combatirla. Durante todo el primer mandato, esa incapacidad estuvo disfrazada de prudencia. A un presidente que buscaba la conciliación, el acuerdo, el punto intermedio, no se le podía reprochar que hiciera concesiones para conseguirlo. Pero en estos meses de su segundo mandato, se ha descubierto que la prudencia escondía carencia de dotes, de recursos, quizá de convicciones. La rectificación de la reforma sanitaria, que afecta a una de las promesas más repetidas por Obama –“si usted está satisfecho con su seguro actual, podrá conservarlo”- atañe al último bastión de su presidencia: su credibilidad.