La estrategia envenenada de Berlusconi

El político y magnate amenaza con hacer caer el Gobierno para librarse de la expulsión del Senado y del arresto domiciliario

Dario Stefano (centro), presidente de la comisión del Senado italiano que estudia la expulsión de Berlusconi.
Dario Stefano (centro), presidente de la comisión del Senado italiano que estudia la expulsión de Berlusconi.A. SOLARO (AFP)

Italia, por obra y gracia de Silvio Berlusconi, sigue convertida en el hotel de los líos. El político y magnate trata de evitar la expulsión del Senado y el arresto domiciliario poniendo en jaque al Gobierno de Enrico Letta. Tras su condena por fraude fiscal, su carta más poderosa, tal vez ya la única, es su poder de destrucción. Berlusconi amenaza con retirar a sus ministros y arrastrar de nuevo al país —ya lo hizo con Mario Monti— al caos de la ingobernabilidad y de las elecciones anticipadas. Jugador de ventaja, ha logrado trasladar su problema político y judicial al centroizquierda, que tendrá que decidir en el Senado si hacer caso a la ley y deshacerse de Berlusconi o plegarse a su chantaje.

El desencuentro entre el centroderecha y el centroizquierda --enemigos irreconciliables y socios de Gobierno-- es absoluto. A grandes rasgos, el Pueblo de la Libertad (PDL) quiere aplazar todo, cuanto más tiempo mejor, para que le dé tiempo al jefe Berlusconi de inventarse un subterfugio y salir del apuro (estamos ante un gran experto). Por su parte, el centroizquierda del Partido Democrático (PD) tiene, como siempre, el corazón partido. Si obrara en coherencia, tendría que aprovechar la gran oportunidad de deshacerse de Berlusconi definitivamente. Ya que no consiguió jamás ganarle en las urnas como Dios manda ni aplicarle el conflicto de intereses --un líder político que también es magnate de los medios de comunicación-- ni tampoco pactar un programa de gobierno con el Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo, al menos podría ahora aprovechar la ley contra la corrupción aprobada el pasado año --con los votos de PD y PDL-- y expulsar a Berlusconi del Senado, por cuanto desde hace un mes está condenado en firme a una pena superior a dos años.

Un sector del PD apuesta, en efecto, por deshacerse de una vez del viejo cantante de cruceros y aquí paz y después gloria. Pero otra parte del partido sabe que, si hace eso, no habrá ni una cosa ni la otra. El día que Enrico Letta --a propuesta del presidente de la República, Giorgio Napolitano-- aceptó pactar con Berlusconi un gobierno de coalición a cambio de presidir el consejo de ministros sabía que le estaba entregando el alma al diablo. El alma, y las llaves del calabozo. Si, como ya parecía entonces muy probable, Berlusconi resultaba condenado en firme por alguno de los procesos pendientes, utilizaría su apoyo al Gobierno para cambiarlo por su libertad. Y así, literalmente, lo está haciendo. Como si fuera un ventrílocuo, Berlusconi lleva semanas hablando por boca de sus fieles y el mensaje siempre el mismo: "Si caigo, caerá el Gobierno conmigo".

Y así llevamos un mes y pico. Como un suicida sin convicción, Berlusconi sigue amenazando con tirarse pero cada vez más agarrado a la barandilla. A su favor juega que el proceso de su expulsión es lento y farragoso, a imagen y semejanza de la burocracia italiana. Una comisión del Senado --llamada Junta para las Elecciones y la Inmunidad-- tiene que estudiar el expediente de expulsión, cuya primera formalidad es escuchar la defensa de Berlusconi, y establecer una fecha para votar. En ello llevamos una semana. A ratos, la prensa italiana anuncia el desenlace dramático inminente, y el resto del mundo se lo cree. Sobre el papel, el PDL ha basado la defensa en dos cuestiones. Por una parte, alega que la Ley Severino no puede serle aplicada porque es posterior a la comisión de fraude fiscal. Y, por otra, pide que el Senado italiano no se pronuncie sobre la expulsión hasta que haya un dictamen del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, ante el que el exjefe del Gobierno ha denunciado a su país. Así se lee en el recurso enviado por Il Cavaliere desde su mansión de Arcore: "Silvio Berlusconi contra Italia". ¿No es bonito? El caso es que, entre unas cosas y otras, la pomposamente llamada Junta para las Elecciones y la Inmunidad aún no ha decidido ni cuándo tiene que votar. Pero, atención, no se votará --en contra de lo que algunos creen en virtud del fragor de las declaraciones-- la expulsión de Berlusconi, sino el informe en contra de uno de sus parlamentarios. La votación real por el pleno del Senado no será hasta dentro, como mínimo, de tres semanas...

Mientras, ¿qué puede hacer Berlusconi? Sobre esto, como no podía ser menos, también hay multitud de teorías que, como los mandamientos, se cierran en dos. La primera posibilidad sería la de no aceptar la expulsión enfrentándose frontalmente al PD, provocando una crisis de Gobierno para intentar forjar una nueva convocatoria de elecciones para final de noviembre. La segunda opción sería la de dimitir de su escaño de senador para evitar el deshonor de una expulsión y después pedir al presidente de la República el indulto o una conmutación de la pena. Hay que tener cuenta que, de los cuatro años de prisión a los que fue condenado por el caso Mediaset, solo tendrá que cumplir uno y que además no tendrá que pisar la cárcel por ser mayor de 75 años. El año de prisión, eso sí, lo tendría --aquí el condicional es más exacto que un futuro poco probable-- que descontar en arresto domiciliario o en servicios sociales. Si es poco previsible que Berlusconi pase un año en su casa, sin poder recibir más visitas o llamadas telefónicas que las de abogados y familia, más difícil todavía es imaginárselo repartiendo el puré en una residencia de ancianos en las afueras de Milán. Nadie duda de que alguna solución encontrará, aunque su delfín y vicepresidente del Gobierno, Angelino Alfano, sostiene que el jefe mantendrá la cabeza alta y no dimitirá. Por otra parte, para obtener la gracia del presidente Napolitano primero tendría que pedirla --él o su familia--. Por el momento Berlusconi se resiste, pero algunos medios dan por seguro que sus cuatro hijos ya la tienen redactada y firmada. "Mi padre no es un delincuente", se quejó ayer su hija Barbara. El problema es que, técnicamente, sí.

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