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REPORTAJE

Huir de Argelia

Decenas de miles de franceses, muchos de origen español, emigraron de Argelia al Levante español hace 50 años cuando Francia concedió la independencia a su última colonia magrebí.

Mientras, los refugiados republicanos en Orán y Argel volvían a exiliarse, esta vez en Francia.

Franceses nacidos en Argelia hacen en Alicante campaña a favor del sí en el referéndum organizado por Franco en 1966.
Franceses nacidos en Argelia hacen en Alicante campaña a favor del sí en el referéndum organizado por Franco en 1966.

Junto a su familia, José Falcón corrió con todas sus fuerzas, hace ya 50 años, hasta el portaaviones La Fayette atracado en Orán. Quería poner a salvo, en su bodega, a su mujer, Hélène, y a sus tres hijos. El barco de guerra estaba lleno hasta la bandera con refugiados como él y cientos de harkis, los mercenarios argelinos que lucharon junto al Ejército francés en la guerra de la independencia de Argelia.

“Los moros cortaban las cabezas de los europeos, había que escaparse”, recuerda Falcón, barcelonés de 96 años, en su modesto chalé adosado de Toulouse. Atrás dejaba entonces 23 años de exilio en la Argelia francesa. Falcón fue aviador republicano, el que libró el último combate aéreo en los cielos de Cataluña en febrero de 1939, derribando a un Messerschmitt alemán. Cruzó los Pirineos, pasó unas semanas en los campamentos de concentración del sur de Francia y emigró a Orán, donde había sido invitado por su tío.

Ese día, el 5 de julio de 1962, iba a proclamarse la independencia de Argelia, pero horas antes los disparos en el transcurso de una manifestación de alegría de argelinos en la plaza de Armas de Orán, la segunda ciudad del país, desataron primero el pánico y después una matanza de europeos perpetrada por el Ejército de Liberación Nacional, la resistencia armada argelina, y civiles espontáneos provistos de armas blancas.

Dispararon contra las terrazas de los cafés, contra los automovilistas; hubo ejecuciones sumarias, secuestros, ahorcamientos y mutilaciones y enucleaciones en plena calle hasta que, con horas de demora, el general francés Katz ordenó a sus 18.000 soldados que interviniesen. El balance de víctimas oscila, según las fuentes, entre 400 y 3.000 muertos y desaparecidos en tres horas. Aunque muchos habían huido de Orán las semanas anteriores, aún quedaban en la ciudad más de cien mil europeos.

“Gentes aterrorizadas corrían por todas partes, me gritaban que me escondiera en algún portal, en algún local”, recuerda Sylvie Ambros, oranesa de 85 años. Llevaba días recluida en el hotel Univers, que regentaba su padre en el centro de Orán, pero se había arriesgado a echarse a la calle para comprar comida para su bebé. “Pensé que el local, en vez de ser un refugio, podía convertirse en una ratonera y opté por regresar al hotel”, prosigue. “En él se hospedaban militares franceses que me inspiraban seguridad”, añade.

El día en que se proclamó la independencia de Argelia cientos de europeos fueron asesinados en Orán

Cuatro semanas después, Sylvie Ambros también se dirigió al puerto con su hija y sus padres para embarcar, “gracias a un enchufe, porque había bofetadas para subir a bordo”, pero no eligió el mismo destino que José Falcón. Zarparon rumbo a Alicante, a 290 kilómetros de Orán. Regresaba a la tierra de sus antepasados porque, aunque habían adquirido la nacionalidad francesa, los Ambros eran de origen valenciano. Ahora reside, junto con su hermana, en pleno centro de Alicante, que, según Sylvie, “tiene mucho en común con Orán, aunque es más seco y algo más caluroso”.

Para José Falcón, la independencia de Argelia supuso un segundo y doloroso exilio. Para Sylvie Ambros, la vuelta al país de sus ancestros, aunque perdiendo buena parte de su patrimonio. Para España, la descolonización de Argelia tuvo consecuencias migratorias y políticas porque buena parte de los 1,2 millones de europeos que allí residían eran españoles o de origen español. En Orán eran incluso mayoría (65%), y la calle hablaba español, y en Argel eran hegemónicos en el populoso barrio de Bab el Oued.

Desde que Francia inició la conquista de Argelia, en 1830, valencianos, murcianos y almerienses empezaron a expatriarse en busca de trabajo y no tardaban en obtener la nacionalidad francesa que París les otorgaba para incrementar el peso demográfico de los europeos frente a la mayoría de musulmanes argelinos.

La última gran oleada de inmigrantes españoles llegó coincidiendo con el final de la Guerra Civil cuando el carbonero Stanbrook zarpó de Alicante, el 28 de marzo de 1939, atestado con 2.638 pasajeros. Mientras, los últimos aviones de la República volaban hacia el oeste de Argelia. En total, más de 7.000 españoles se exiliaron en la colonia al acabar la contienda. No siempre la adaptación fue fácil.

“Me produjo un choque ver a los moros preparar el té en el barco que me trasladó de Marsella a Orán” en el verano de 1939, rememora José Falcón, que había oído hablar de las matanzas perpetradas por los soldados rifeños a sueldo de Franco durante la Guerra Civil. “Me esperaba ver allí la sabana africana y sus leones, pero aquello se parecía más bien a la calle de Pelayo de Barcelona”, añade.

Su último golpe emocional se lo proporcionó, 25 años después, la Gendarmería cuando, al instalarse en Francia, sacó la oposición de mecánico del cuerpo. “Coger la plaza suponía trabajar para aquellos que custodiaron los campos [de concentración] en los que estuve con mis compañeros en el sur de Francia”, explica Falcón. Superó sus reticencias y guarda un grato recuerdo de su último empleo.

Entre abril y agosto de 1962 cerca de 50.000 emigrantes procedentes de Argelia llegaron a España, el 70% a Alicante

“A mí me impresionaban los fantasmas de las calles de Argel”, recuerda Antonio Asensio, de 73 años, refiriéndose a las mujeres vestidas con largas túnicas blancas que les cubrían la cabeza y solo dejaban su rostro al descubierto. Cuando tenía 11 años, Asensio voló en avión de Valencia a Argel pare reunirse con su padre allí exiliado. “A bordo, los pasajeros se despedían de su tierra cantando El emigrante”, asegura.

Los exiliados republicanos se trasladaron en 1962 a la metrópoli, pero decenas de miles de pieds-noirs (franceses nacidos en Argelia), de españoles que habían adquirido la nacionalidad francesa y otros emigrantes valencianos que aún no la tenían embarcaron en transbordadores, cargueros, barcos de recreo y hasta en veleros rumbo a Santa Pola, Jávea, Águilas, Cartagena y, sobre todo, Alicante.

“2.200 españoles llegaron de Orán”, titulaba en portada, el 1 de julio de 1962, el diario Información de Alicante. La víspera fue el día del mayor desembarco, pero entre abril y agosto de 1962 arribaron al sureste de la Península 50.000 inmigrantes procedentes de Argelia, el 70% a Alicante, según el periodista francés Leo Palacio, autor de un libro sobre los pieds-noirs. De ese aluvión, la prensa española apenas habló. Es verdad que para algunos España solo fue un país de tránsito.

El aviador republicano José Falcó, de 96 años, en Toulouse.
El aviador republicano José Falcó, de 96 años, en Toulouse.

Cuando en junio el goteo de pesqueros abarrotados de franceses se acentuó, el alcalde falangista de Alicante, Agatángelo Soler, llamó al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Castiella. Le pidió que España facilitara la salida de los miles de españoles que se agolpaban en el puerto de Orán. Le hizo esperar 20 minutos y le anunció “que salían para Argelia dos transbordadores escoltados por barcos de guerra para traerse a aquella gente”, declaró el alcalde a Información.

La orden la dio el propio general Franco, pero otro general, Charles de Gaulle, tardó tres días hasta autorizar a atracar al Virgen de África y al Victoria en Orán. Cuando los buques volvieron a España, sus pasajeros desembarcaron dando vivas a Franco. No tardarían en tener aún más motivos de agradecimiento al dictador.

Las autoridades les documentaron y les ayudaron a encontrar alojamiento; la Cruz Roja atendió a los enfermos y la prensa local publicó sus nombres para ayudar a las familias separadas a encontrarse. Muchos habían llegado con lo puesto a Alicante y “los bancos les concedieron facilidades crediticias de las que nunca se beneficiaron los españoles”, sostiene Leo Palacio.

Con esos créditos abrieron supermercados, bares, restaurantes, discotecas, lavanderías, joyerías, pastelerías, etcétera. El 20% de los locales de ocio de Alicante “están en manos de nuestros compatriotas”, estimaba en 1970 el cónsul de Francia en la ciudad, Petiot de Laluisant, en un informe dirigido a su embajador en Madrid.

Robert Tabarot, que fue la figura más célebre del exilio francés en el Levante, inauguró entonces una pizzería en Benidorm. El Ayuntamiento le concedió un permiso excepcional para que permaneciese abierta hasta las seis de la madrugada “mientras todos sus competidores españoles debían cerrar mucho antes”, prosigue Palacio.

Veintitrés años antes, el carbonero Stanbrook había permanecido 72 horas ante las puertas del puerto de Orán pese al hacinamiento de sus pasajeros republicanos y a la escasez de víveres para alimentarlos. Cuando, por fin, desembarcaron, las mujeres y los niños fueron trasladados a una cárcel que iba a ser desmantelada y muchos hombres válidos fueron enviados a la fuerza a construir el ferrocarril transahariano. El contraste entre la acogida que brindó España a los inmigrantes de Argelia y Francia a los exiliados republicanos es apabullante.

Por algo Le Courrier du Soleil, el semanario que fundaron los franceses en Alicante, describía a Franco como el “Moisés de los tiempos modernos” y traducía al francés los editoriales de Arriba, el órgano del Movimiento Nacional, ese partido único sui generis que encabezaba el propio dictador.

El fervor franquista de los pieds-noirs les llevó a hacer campaña por el sí en el referéndum de diciembre de 1966 que supuso una puesta al día del régimen de Franco. Caravanas de coches con pancartas pegadas al capó en las que se podía leer Oui = Sí o manifestantes portando rótulos ensalzando a Franco recorrieron las calles de Alicante.

Agatángelo Soler, el alcalde, contaba que un puñado de emigrantes procedentes de Argelia acudió al Ayuntamiento “a romper sus pasaportes” franceses. Eran los más radicales, aquellos que renegaban de una patria que les había "traicionado" al conceder la independencia a la tierra en la que habían nacido.

Buena parte de los jefes de la Organización del Ejército Secreto (OAS, según sus iniciales en francés), que causó 2.200 muertos en su lucha contra la independencia, acabaron o, al menos, pasaron por Alicante. “Aquí estaban fuera del alcance de la justicia francesa y ni uno de ellos fue extraditado a Francia por las autoridades españolas”, recalca Juan David Sempere Souvannavong, profesor de la Universidad de Alicante que ha investigado a fondo el exilio de los pieds-noirs en España.

“Al principio debía acudir a diario a firmar en la comisaría de El Campello (Alicante)”, señala François Andugar, de 75 años, hijo de padres españoles emigrantes a Argel, exparacaidista francés y después agente de la OAS con numerosos golpes en su historial. “A los de la OAS, la policía española no nos perdía de vista”, añade.

Aun así, él y medio centenar de hombres de acción de la OAS se reagruparon, a finales de 1962, en Vallfogona (Lleida), en un campo de entrenamiento. “Aprendíamos a atracar bancos porque la prioridad era obtener fondos para reconstituir la organización en Francia y, algún día, atentar contra De Gaulle”, prosigue. El proyecto fracasó.

Andugar confirma así un rumor, recogido entonces por la prensa francesa, sobre la existencia en España de campos de la OAS, pero sin aportar pruebas. “Hubo otro recinto de entrenamiento, efímero, por Vistahermosa”, pegado a Alicante, revela Jean Leonard Decouty, de 81 años, otro miembro de la OAS, pero que nunca estuvo en Argelia. “Luché desde la metrópoli”, explica, y para librarse de la justicia huyó a Alicante, donde abrió un restaurante de postín.

Decouty evoca con nostalgia el paso por Alicante de los cabecillas de la OAS como Joseph Ortiz o Pierre Lagaillarde, exdiputado de Argel, que consiguió un empleo en el economato del colegio francés que abrieron los pieds-noirs, en 1962, tras hacer una colecta. La mujer de Lagaillarde impartía clases de física.

“Qué duda cabe que al principio el colegio tenía un tufillo a OAS”, reconoce Manuel García, de 77 años, hijo de emigrantes alicantinos a Argel, que fue director del establecimiento en los ochenta. “El Ministerio de Educación [francés] lo observaba con recelo” y, tras su fundación, tardó una década hasta otorgarle su reconocimiento.

Para aquellos capitanes de la OAS, España no era una tierra extraña. Su organización fue fundada en Madrid, en el hotel Princesa, en diciembre de 1960, por el general Raoul Salan ayudado por Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo de Franco.

La impronta de la OAS aún persiste, medio siglo después, entre la colonia francesa en Alicante. El candidato del Frente Nacional en las legislativas francesas de junio para la circunscripción de la península Ibérica fue un pied-nord, Alain Lavarde, de 66 años, hijo de un agente de aquel ejército secreto que tantos atentados perpetró. Está orgulloso de su resultado: “Obtuve el 22,8% de los sufragios en Alicante, un porcentaje que triplica a mi media en España”.