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"Necesitamos proporcionar a la sociedad una clase dirigente de gran nivel"

El ex primer ministro italiano y expresidente de la Comisión Europea habla sobre el estado de la universidad en la Unión Europea

Romano Prodi durante una ceremonia en la Universidad de Bolonia en marzo de 2012
Romano Prodi durante una ceremonia en la Universidad de Bolonia en marzo de 2012 GETTY IMAGES

Pregunta. Presidente Prodi, la Universidad de Bolonia ha sabido "mirar adelante y atrás", como decía Petrarca, conjugar la poderosa historia que tiene sobre los hombros con una modernidad que la sitúa en la vanguardia de las clasificaciones mundiales. Es sede del museo europeo del estudiante: en el Archiginnasio se conservan los escudos y los símbolos del pasado de los estudiantes de toda Europa. El espíritu de este crisol de culturas ha permanecido en Bolonia. ¿Pero cómo poder exportarlo después?

Respuesta. Los escudos estudiantiles que ocupan miles de metros cuadrados en las paredes y las bóvedas de la antigua sede de la Universidad de Bolonia son el símbolo de la auténtica universalidad de la universidad. Hoy sobrevive el mismo espíritu, pero las universidades de Europa continental ya no son un símbolo de universalidad ni por la distribución territorial de los estudiantes ni por la de los profesores. La tradición de la universalidad estuvo demasiado tiempo interrumpida por las guerras, los nacionalismos y las separaciones que han desgarrado Europa en el pasado.

El crisol de la cultura solo puede existir si existe una circulación verdaderamente libre y concreta de profesores

La excepción fueron las grandes universidades británicas, mientras que, en el continente, los periodos de apertura internacional han alternado con otros de aislamiento, muy vinculados a los altibajos de la política. Debe quedar claro que el "crisol de la cultura" solo puede existir si existe una circulación verdaderamente libre y concreta de profesores. Libre y concreta desde el punto de vista cualitativo y cuantitativo. En Italia, las limitaciones económicas, jurídicas y burocráticas impiden que eso se dé en medida suficiente, aunque algunas universidades, como la de Bolonia, tratan de poner remedio a esa situación con numerosos proyectos.

En cualquier caso, hay que recordar que el espíritu de universalidad depende no solo de las instituciones sino también de las personas. La escasez de recursos no impide entablar vínculos individuales con otros lugares del mundo, aunque sí limita enormemente su amplitud y su eficacia.

No solo los porcentajes del PIB dedicados a la universidad en Italia son insignificantes, sino que el solo coste de la propia universidad supone un peso importante para los hombros del Estado.

Muy por detrás está el esfuerzo de las estructuras económicas y financieras, mientras que la recaudación de dinero entre los antiguos alumnos, que es habitual en algunos otros países, es prácticamente inexistente.

Todo esto conduce, por supuesto, hacia una universidad mucho más burocrática y estandarizada de lo que haría falta para interpretar el mundo actual.

P. ¿Cómo cree que puede expandirse el proyecto Erasmus, que cumple ahora 25 años?

R. En el último periodo de mi presidencia de la Comisión Europea propuse personalmente un plan para la multiplicación de los fondos Erasmus, en el convencimiento de que es uno de los pocos instrumentos positivos para construir un espíritu europeo en las nuevas generaciones y aumentar un conocimiento recíproco que es necesario. La respuesta de los Estados miembros (empezando por los más ricos) fue que no debía añadirse ni un euro más al programa.

Justificaron esa postura tan increíble por motivos puramente económicos, pero, en la discusión, se vio con claridad que los Gobiernos estaban decididos a mantener el control del sistema universitario de forma permanente.

En el momento actual no veo ningún cambio de dirección en esta política, sobre todo por parte de los Gobiernos que creen que la Unión Europea no puede avanzar porque falta un demos, un verdadero "espíritu" europeo. ¿Cómo va a nacer ese espíritu común si los jóvenes no se mezclan entre sí?

¿Cómo va a nacer un espíritu común si los jóvenes no se mezclan entre sí?

P. He visto los precios de las residencias de estudiantes en Bolonia y me han parecido muy caras. Lo mismo sucede en todas partes: Turín, Milán, Roma. Además de las tasas universitarias, vivir en otra ciudad parece cada vez más difícil. ¿Son impensables los campus universitarios, al menos en Italia?

R. En mi opinión, una auténtica universidad solo existe si los estudiantes viven juntos en los colegios y en un entorno común, que suele llamarse campus pero que puede tanto estar separado de la sociedad que lo rodea como estar profundamente inmerso en la comunidad urbana.

En Italia hay colegios universitarios que funcionan a la perfección (y yo tuve la suerte de poder disfrutar de ellos), pero son muy escasos. En general, los estudiantes tienen que buscarse la vida, con frecuencia en manos de pequeños especuladores voraces que se aprovechan de ellos.

El remedio es sencillo y no hace falta ni explicarlo: basta recordar que se necesitan recursos económicos y personas dedicadas pero, sobre todo, que el problema asuma la importancia que merece.

P. ¿Cree que es oportuno crear un ministerio europeo de universidades o piensa que la riqueza de Europa está en seguir siendo un archipiélago como lo es hoy?

R. No creo que en la fase histórica actual sea factible un ministerio así, si por ministerio entendemos una autoridad dedicada a la regulación y la supervisión unificada del sistema universitario europeo. No solo me parece impensable sino incluso peligroso, si queremos mantener la autonomía y la libertad del mundo universitario.

Sin embargo, es necesaria una estructura que permita establecer algunas reglas comunes para garantizar una calidad comparable de las enseñanzas y una movilidad real de estudiantes y profesores.

Es indispensable un mayor esfuerzo para promover proyectos comunes de investigación

Asimismo es indispensable un mayor esfuerzo para promover experiencias docentes comunes y proyectos comunes de investigación.

P. ¿Cómo conjugar el rigor con los recursos necesarios para construir centros de excelencia? ¿Cree que es mejor tener menos universidades pero más prestigiosas, capaces de enfrentarse a los desafíos mundiales, o universidades que eleven el nivel cultural medio del país pero rebajen la calidad y, por tanto, corran el riesgo de fomentar la fuga de cerebros?

R. En la sociedad moderna necesitamos alcanzar todos estos objetivos a la vez. Ante todo, necesitamos elevar el nivel cultural general, sobre todo en las profesiones aplicadas, que condicionan el desarrollo futuro de un país. Igual que necesitamos una élite capaz de romper las fronteras del saber y proporcionar a la sociedad una clase dirigente de gran nivel.

Contraponer estos dos objetivos es sencillamente absurdo, aunque sea evidente que las funciones de la "élite" exigen por fuerza un nivel superior de cooperación supranacional. No solo en el campo científico, sino en todos los sectores, desde las investigaciones avanzadas hasta la formación de dirigentes políticos de calidad.

P. Ante las instituciones que ha encontrado usted en China, ¿qué exportaría de nuestras universidades? ¿Y qué importaría?

R. La tensión para alcanzar el máximo nivel de excelencia por parte de los profesores y un compromiso con el estudio por parte de los alumnos: estas son las características predominantes en las mejores universidades chinas. Exportarlas no es fácil, porque suelen corresponder a un país y un pueblo dedicado en su conjunto al ascenso personal y a la afirmación colectiva. No me parece que sea esa nuestra situación actual...

Por lo que he podido ver en mi reducida experiencia, las universidades chinas están dedicadas por completo a absorber los modelos organizativos y los métodos de enseñanza e investigación de las universidades occidentales. Por consiguiente, los chinos son muy conscientes de qué cosas deben importar y saben cómo trasladar e incorporar todo a la gran tradición cultural de su país.

A los niños europeos conviene «mezclarlos» mucho más de lo que se hace hoy

P. ¿Cómo puede responder Europa a la creciente necesidad de cultura y educación que llega de China?

R. En primer lugar, esta necesidad se dirige sobre todo hacia las universidades estadounidenses. A pesar de las frecuentes "irritaciones recíprocas", la fascinación por el poder duro y el poder blando de Estados Unidos es superior a la fascinación por Europa. La admiración por el pasado europeo no es capaz de compensar el peso del "presente" norteamericano. La lengua desempeña otro papel fundamental, y también por esa razón Gran Bretaña ejerce una atracción especial, aun sin dedicar demasiados recursos a atraer estudiantes chinos. E incluso saca un beneficio notable de todo ello. En resumen, es evidente que habría que hacer para interceptar esta necesidad creciente de cultura que llega de China. Construir Europa, con su correspondiente poder blando, y actuar en consecuencia.

P. ¿Qué piensa del sistema educativo europeo? ¿Es adecuado? ¿Hay que mezclar elementos (pienso en las escuelas maternales francesas, la escuela primaria italiana, la secundaria alemana...) o es más fácil "mezclar" a los niños europeos?

R. Los sistemas no deben "mezclarse", sino "compararse", para poder utilizar los aspectos más positivos de unos y otros. Por el contrario, a los niños europeos conviene "mezclarlos" lo más posible. Mucho más de lo que se hace hoy.

P. En su opinión, ¿el derecho al estudio está garantizado en Europa?

R. Si analizamos los datos estadísticos de los que disponemos, me parece que el "ascensor social" sube muy despacio en nuestras universidades. Esperemos que, por lo menos, las escaleras sí funcionen como es debido. Las escaleras para subir; no solo las escaleras de escape en caso de peligro (es decir, de falta de trabajo).