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Pakistán planta a EE UU en la conferencia de paz sobre Afganistán

La relación entre Washington e Islamabad pasa por su peor fase desde el comienzo de la guerra en 2001

Manifestación en protesta por el ataque de la OTAN en Pakistán.
Manifestación en protesta por el ataque de la OTAN en Pakistán. AFP

El gobierno de Pakistán, presionado por su cúpula militar, anunció ayer que no acudirá a la conferencia sobre el futuro de Afganistán, que se celebrará el lunes en Bonn. Ese boicot es una respuesta a un ataque de las tropas de la OTAN, con apoyo de soldados afganos, ocurrido el sábado en territorio de Pakistán, en el que murieron 24 soldados de ese país. La ausencia de Islamabad en esa cumbre supone una afrenta a la Casa Blanca, que busca formas de garantizar la estabilidad de Afganistán y su gobierno legítimo después de que retire de allí a sus tropas, en 2014. Las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán atraviesan su peor momento desde que ambas naciones se aliaran después de los atentados terroristas de septiembre de 2001.

“Si no puedo proteger la soberanía de mi país, ¿cómo puede decirse que hay un respeto mutuo y un interés común?”, dijo en una entrevista en televisión el primer ministro paquistaní, Yusuf Raza Gilani. El presidente afgano, y aliado de Gilani, Hamid Karzai, le pidió por teléfono que reconsidere su negativa a acudir a Bonn. Precisamente en esa ciudad se reunieron las potencias internacionales en noviembre de 2001, para elegir y apuntalar a un nuevo gobierno en Kabul, después de la caída de los talibanes. Allí, occidente eligió a Karzai como presidente. Diez años después, se espera que el mismo escenario sirva de marco para iniciar el proceso de paz. A la conferencia acudirán EE UU, China, Rusia e Irán, entre otros.

Sobre el incidente ocurrido en la madrugada del viernes al sábado hay versiones contradictorias. El Pentágono mantiene que, cuando un comando de operaciones especiales de EE UU, bajo el mando de la OTAN, patrullaba la frontera de Afganistán, en la región de Mohmand, fue atacado desde suelo paquistaní. Los soldados pidieron apoyo aéreo y trataron de avisar a las fuerzas de seguridad paquistaníes. Al no recibir respuesta por parte de ellos, sus mandos ordenaron el ataque, por tierra y, sobre todo, por aire, que duró dos horas.

Pakistán, a través de diversos portavoces gubernamentales y militares ha negado que hubiera un ataque inicial desde su territorio nacional. De momento, la OTAN y el Comando Central de EE UU han ordenado la apertura de dos investigaciones. En el ataque murieron 24 soldados paquistaníes y 13 resultaron heridos. Inmediatamente, el ejército de Pakistán ordenó el cierre de dos de las rutas principales de abastecimiento del ejército norteamericano, que unen el puerto de Karachi con el sur y el este de Afganistán, que es un país sin salida al mar.

El enfado de Pakistán es, en realidad, el enfado de su cúpula militar, que detenta el poder en el país. Los mandos castrenses ya dieron un toque de atención al gobierno civil la semana pasada, cuando forzaron la defenestración del embajador paquistaní en Washington, Husain Haqqani. El diplomático había enviado una misiva al exjefe del Estado Mayor Conjunto, almirante Mike Mullen, pidiéndole la ayuda de EE UU para mantener a raya al ejército y evitar un posible golpe militar. Entonces quedaron al descubierto las tensiones existentes entre el ejército y el débil gobierno civil de Islamabad.

El ejército paquistaní, y los llamados Servicios de Inter-Inteligencia, la poderosa agencia de espionaje, mantienen estrechos lazos con la insurgencia afgana. Han dado refugio a los talibanes, a miembros de Al Qaeda y a la red Haqqani, a la que el Pentágono considera el peor enemigo de las tropas en Afganistán. Cuando EE UU aniquiló a Osama bin Laden, en mayo, en Abottabad, lo hizo en las inmediaciones de una zona militar. Las agencias de inteligencia norteamericanas dudan de que la cúpula militar paquistaní no supiera quién residía en aquel complejo fortificado.

Esos turbios lazos, sin embargo, no implican que EE UU considere oficialmente a Pakistán como un enemigo. Ambas naciones son, formalmente, aliadas. Y la diplomacia norteamericana está haciendo esfuerzos denodados por atraer a Islamabad a las negociaciones de paz. Sabe que le necesitará cuando las últimas tropas norteamericanas salgan del país y dejen al débil gobierno de Kabul dependiendo de un ejército mal formado, peor pagado y dado a las defecciones. Si Washington tenía la esperanza de apoyarse en Pakistán para salir de Afganistán, las imágenes de esta semana de ciudadanos paquistaníes quemando imágenes de Barack Obama, como solían hacer con Bush, da una idea de que esos planes pueden estar muy lejos de hacerse realidad.

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