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EDITORIAL

Desatascar Europa

Urge culminar la digestión de la cuestión greco-italiana y replantear la hoja de ruta

El pez se ha mordido la cola. Las crisis gubernamentales desencadenadas en Grecia y en Italia por la precaria gestión de sus dirigentes sobre la crisis económica de sus deudas soberanas han atascado a su vez la hoja de ruta de la UE diseñada en las cumbres de julio y ratificada y ampliada en las de final de octubre. Cumbres que precisamente tenían por objeto más inmediato resolver la ruina exponencial en los precios de los bonos públicos de ambos países mediterráneos. La ampliación del Fondo de Estabilidad Financiera se anunció como la solución definitiva a la crisis europea de la deuda; pero, a pesar de las buenas intenciones, no ha funcionado. Italia está al borde del colapso financiero y el diferencial de deuda español se ha disparado muy por encima de los 400 puntos básicos.

El perjuicio de los relevos de Papandreu y Berlusconi (salvadas sean sus distintas calidades personales) ha sido de gran alcance. Una estrategia europea laboriosamente trenzada ha quedado desarbolada. Ahora lo más urgente es culminar los procesos de normalización institucional en ambos países y de tranquilización del escenario europeo para reemprender la tarea.

Es una tarea compleja, porque abarca desde el problema de la deuda periférica al de la recapitalización bancaria; desde la sequía del crédito a la dotación del fondo de rescate. Todo ello, complicado por una fase económica de estancamiento, con riesgos de recesión, que subraya los graves peligros sociales de esta crisis, el desempleo y el malestar ciudadano, terrenos propicios para el cultivo del ultranacionalismo xenófobo y el populismo autoritario.

Sería injusto atribuir las responsabilidades sólo a los alumnos díscolos o menos capacitados. Algunas recetas de la estrategia ya capotaron antes de que las crisis de Atenas y Roma llegaran al cénit: el G-20 visualizó el ridículo —y el descrédito— del propósito de ampliar un fondo de rescate con dinero de todos, menos de sus socios. El estancamiento subraya la insuficiencia de la política económica de génesis alemana, circunscrita a la austeridad. Habrá que ver si se cumplen los compromisos de completarla con estímulos selectivos a la demanda en los países susceptibles de actuar como locomotoras del crecimiento.

Más allá de estas cuestiones económicas, la crisis de estas semanas ha facilitado que aflorase el proyecto franco-alemán de diseñar la Europa del futuro como un artefacto a dos velocidades. Si se trata de dar más peso y rapidez decisoria al área del euro, existe ya un camino consagrado y aceptable: el de la cooperación reforzada (que exige dejar la puerta abierta a todos quienes quieran incorporarse) del artículo 136. Un camino a explorar mucho más intensamente que hasta hoy —por ejemplo en la fiscalidad empresarial, en las tasas bancarias o en más integración de las Haciendas de los 17— antes de acudir a procedimientos externos al Tratado de Lisboa. Porque esta opción puede abocar a una fractura interna generalizada. Entraña el peligro de sacrificar la unidad por la eficiencia, pero ésta lo es menos sin aquélla.