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Condoleezza Rice amenazó a Bush con dimitir por Guantánamo

La ex secretaria de Estado de EE UU admite en sus memorias el error que cometió al no prestar atención inmediata al huracán 'Katrina'- Desvela detalles de sus encuentros con Gadafi y Mubarak

Condoleezza Rice con Gadafi en 2008 en Trípoli.
Condoleezza Rice con Gadafi en 2008 en Trípoli. AFP

Puede que las memorias de Condoleezza Rice sean en realidad las mejores que se hayan escrito hasta el momento sobre los años de la presidencia de Georgew W. Bush. En más de 700 páginas, la consejera del 43 presidente de la nación y luego secretaria de Estado hace un serio repaso a la política exterior de George W. Bush y a la estrategia de su Administración tras los ataques terroristas del 11-S que moldeararon su mandato. En el libro, no hay lugar para pasajes autobiográficos de infancia, adolescencia o años jóvenes de sueños por cumplir, todo eso lo retrató Rice, 56 años, en un volumen anterior, por lo que sus memorias son pura política, despachos de Washington con muchas tensiones y enfrentamientos entre sus compañeros de Gabinete.

No Higher Honor. A memoir of My Years in Washington está escrito con pasión pero sin rabia, sin búsqueda de venganza o necesidad de vilipendiar a nadie. Cierto es que Rice deja claro que entre ella y el ex vicepresidente Dick Cheney –quizá el número dos con más poder en la historia de la Casa Blanca- y Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, hubo más de un enfrentamiento, que se sintió desautorizada y que incluso llegó a amenazar –si esto se puede hacer- a Bush con presentar su dimisión –“Si algo así vuelve a suceder, o Gonzales [Al Gonzales, consejero legal de Bush y cerebro de Guantánamo] o yo tendremos que dimitir”, dijo Rice a Bush cuando supo que se había decidido instaurar las famosas comisiones militares.

Inteligente, con aplomo y siempre refinada, Rice considera –y así lo escribe- que todos los problemas que pudo tener con sus colegas de Gabinete fueron puramente profesionales, que nunca fueron “personales”, lo que otorga un candor al libro que raramente se ha visto en volúmenes anteriores de sus compañeros en el poder.

De próxima publicación el día 1 de noviembre, varios medios de comunicación norteamericanos han tenido acceso al libro y lo han diseccionado. También han extraído algunas de las opiniones que la secretaria de Estado tuvo sobre mandatarios extranjeros y líderes políticos. Por ejemplo, Rice escribe que el presidente de Sudán, Omar Hasan Al Bashir, parecía que “estaba drogado”; que sintió que necesitaba “una ducha” tras estrecharle la mano al presidente de Líbano Emile Lahoud; o recuerda cómo Hosni Mubarak se oponía a las reformas en su país diciendo que lo que de verdad necesitaban los egipcios era “mano dura” y en ningún caso “interferencias extranjeras”.

La relación más extraña la vivió Rice con el recientemente fallecido presidente de Libia, Muamar el Gadafi –relación unidireccional, por supuesto-. Gadafi sentía una morbosa fascinación por la secretaria de Estado que dejó plasmada en la composición de un vídeo con imágenes de la jefa de la diplomacia norteamericana y una canción que llevaba por título Flor negra en la Casa Blanca. “Era muy extraño, pero nunca fue grosero”, asegura Rice.

Lamentos también tiene algunos. Aunque más bien pocos. Rice considera un error que EE UU no ratificase el acuerdo climático de Kioto –“fue como pegarnos un tiro en el pie-; y haberse tomado unos días libres cuando el huracán Katrina –y la incompetencia de la Administración- devastaban Nueva Orleáns. Rice viajó a Nueva York a finales de agosto de 2005 y se alojó en el Palace. Antes de salir a cenar y ver una obra de teatro llamó al entonces secretario de seguridad interior, Mike Chertoff, y le preguntó si había algo que ella podía hacer para ayudar en Luisiana. Chertoff le dijo que la llamaría si la necesitaba, por lo que Rice colgó, se vistió y se fue a ver Spamalot, un musical en Broadway.

 “A la mañana siguiente, me fui de compras a la tienda de Ferragamo”, escribe Rice en sus memorias. Pero cuando la secretaria de Estado se dio cuenta de la magnitud de la tragedia en el sur de EE UU, supo que se había equivocado abandonando Washington. Llamó a Bush y le comunicó que regresaba de inmediato. “Me habría dado de tortas por haber estado tan ciega”, rememora Rice. “Yo era no solo la secretaria de Estado, sino la persona de color de más alto rango en la Administración y una asesora clave del presidente”. La gran mayoría de los más de 1.800 fallecidos a causa del Katrina eran afroamericanos. “¿En qué estaba pensando?”, se recrimina Rice.