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CUARTA PÁGINA

Diez tesis sobre las rebeliones árabes

El poeta sirio saluda los movimientos en el norte de África y Oriente Próximo como un cambio que va más allá de lo político e incide en lo social y lo cultural. Y defiende con vigor el laicismo y la igualdad de la mujer

Primera tesis. ¿Qué perderían los árabes hoy si desaparecieran todos sus regímenes?

Lo más probable es que la inmensa mayoría de los árabes contesten: no perderíamos nada. No obstante, esta misma respuesta es la que convierte a la acción por cambiar dichos regímenes en una suprema responsabilidad histórica. El cambio no debe reducirse al aspecto político, de poder, sino que ha de ser global y radical, es decir, que transforme la estructura sociocultural sobre la que se levantan dichos regímenes. El régimen político es parte de un todo, por lo que un mero cambio en cuanto al poder, y nada más, no será más que una acción superficial, y nos devolverá, más pronto o más tarde, a los mismos problemas.

La verdad es que la cuestión del poder ha sido, a lo largo de la historia de los árabes, su principal problema. En ellos, el poder no emana de la gente como expresión de la voluntad popular, sino que viene de arriba, por lo que la violencia, el odio y la coacción son elementos consustanciales, casi orgánicos, de dicho poder.

Dentro de esta obsesión por el poder, hemos visto, y vemos, a potencias extranjeras apoyar a este o aquel gobernante árabe para que asegure sus intereses, a pesar de ser conscientes de su corrupción. Y cuando ven que la poltrona de ese poder árabe empieza a zozobrar, las mismas potencias se apresuran a desprenderse de él. Y hasta puede que intervengan militarmente para derribarlo.

El uso político de la religión es una forma de violencia contra lo más profundo del ser humano

Palestina es una trágica muestra de la obsesión de los árabes por el poder. Los partidos palestinos, “revolucionarios” en origen, coincidentes todos ellos en el principal objetivo de su razón de ser y que se enfrentan a un mismo y crucial peligro, son dirigidos ante todo por la idea del poder, por la lucha por el poder.

Segunda tesis.  El régimen existente en cualquier Estado árabe es, en cuanto mecanismo de poder, una variación del régimen del califato. No es un simple sistema de gobierno y hombres que gobiernan, sino, ante todo, una cultura: una cultura en el sentido amplio de contrapuesta a la naturaleza. Es religión, pensamiento, literatura, arte, valores, ética, obras, visiones de las cosas.

Reducir la oposición a todo ello exclusivamente a la política, al simple hecho de derribar el sistema en tanto Gobierno o poder, no es más que reducir la propia oposición. Se convierte en mero acto político: cambiar un sistema de gobierno tiránico y corrupto por otro, del que se espera que sea menos tiránico y corrupto. Digo “del que se espera”, porque es imposible que el sistema de gobierno sea democrático si no se cambia toda la estructura sociocultural. Por ello, la oposición ha de ser político-cultural y actuar para cambiar los fundamentos sobre los que se asienta el sistema al que se opone: religiosos, sectarios, tribales, facciosos. De otro modo, la oposición no será más que otra forma del poder al que se opone.

Tercera tesis. Hoy, por efecto de las rebeliones promovidas por los y las jóvenes, es posible poner las bases de ese tipo de cambio. Un cambio que permita ponerse a construir una sociedad árabe nueva, una nueva vida humana árabe plenamente liberada de la cultura del poder del pasado.

El pasado, en todas sus variantes religiosas, políticas y sociales, no es referente. Mirar al pasado como punto de referencia, significa continuar ligados al sectarismo, al tribalismo y a todo lo que nos hace volver atrás.

Hoy, las rebeliones árabes nos recuerdan que el poder puede construirse desde abajo: desde la calle, la gente y la vida. Y esto es algo completamente nuevo en la vida árabe. Por eso, hay que celebrarlo y preservarlo, apoyarlo, profundizar en sus principios, sumarse a ello. Se trata, eso sí, solo de una “siembra” cuya “cosecha” requiere, para que sea fructífera y creadora, una doble y simultánea lucha contra el ámbito por el que discurre el poder árabe, el de lo medieval-religioso, en sus diversas formas y entrecruzamientos, y contra la cultura que lo instituye e inculca.

Dentro de este marco, no acepto ir en una manifestación que salga de la mezquita con proclamas políticas. No me interesa la oposición si no es civil, si no es ajena a cualquier horizonte religioso.

Cuarta tesis. Con esto, no se hace un llamamiento contra la religión en sí, o contra la religiosidad, sino que se apela a rechazar el uso político y social de la religión. El derecho del individuo a la fe y a la religiosidad es inapelable. Es un derecho que respeto y defiendo. Mas, la sociedad como un todo no se construye sobre la ciudadanía religiosa, sino sobre una ciudadanía civil. Solo así se garantizan los derechos humanos, es decir, con independencia del credo, de la pertenencia, del sexo y de la raza; solo de este modo se garantiza el edificio social.

Cualquier uso político de la religión es, en sí mismo, una forma de violencia, ya que afecta a lo más profundo del ser humano: a su conciencia, su libertad, su pensamiento, incluso su imaginación.

Quinta tesis. Basándonos en lo precedente, la oposición debe practicar un discurso que supere los conceptos de “minoría” y “mayoría”, salvo en el sentido político-democrático de unas elecciones legales y libres. No se puede construir la democracia y respetar los derechos y libertades humanas más que en una sociedad civil. Toda sociedad en la que se mezcle la política con la religión es de todo punto contraria a la democracia.

Por su propia naturaleza, toda norma religiosa estipula la mutua exclusión.

Sexta tesis. ¿Qué sentido o valor tiene el cambio en la sociedad si no va esencialmente unido a la liberación de la mujer de todas las cadenas que se le imponen? ¿Qué sentido tiene la propia sociedad si la mujer no es libre dentro de ella igual que el hombre, y en todos los campos y niveles? Esto debe ser fundamental en el pensamiento y en la acción de la oposición: acabar con la parálisis y desigualdad existentes en la sociedad árabe a través de la liberación de la mujer.

Séptima tesis. Es obligado contemplar con honda perspectiva crítica la terminología que se emplea demasiado a la ligera.

No es correcto definir el islam, en tanto religión, como “político” o “moderado” cuando se está hablando sobre asuntos políticos, sociales y culturales.

Por ejemplo, ¿qué significa “el islam moderado” en lo relativo a la sociedad civil, el arte, el pensamiento, la música, la vida del cuerpo, el sexo y el amor? ¿Quién y cómo decide el grado de esa “moderación”?

Octava tesis. El islam solo puede definirse en su nombre y por sí mismo.

Cada vez resulta más evidente, sobre todo a la luz de las rebeliones árabes, que para el Occidente político, americano-europeo, el islam no es más que un instrumento. No le interesa como religión, cultura o civilización. Lo que le importa es cómo utilizar ese inmenso “ejército” llamado islam de acuerdo con sus planes político-estratégicos. Esa es la cuestión.

Las líneas e hilos con los que se teje el islam del Próximo Oriente, que incluyen también al islam asiático a él vinculado, forman ese “ámbito” del islam que protege las fuentes petrolíferas, frena la expansión china y le dice a Rusia que “no”.

Resulta sarcástico que este Occidente político pretenda que defiende los derechos de los musulmanes. Y lo que resulta más sarcástico aún es que este Occidente continúa, desde el establecimiento del Estado de Israel, despreciando todavía esos derechos y animando a pisotearlos en Palestina. La hipocresía practicada por Occidente frente a los árabes y musulmanes es otra forma de colonizarlos culturalmente. Es otra forma de destrucción.

Novena tesis. Cualesquiera que sean las circunstancias y los resultados de las movilizaciones y rebeliones árabes (para mí positivas en todos los casos y en más de un nivel), las fuerzas progresistas democráticas de cada país árabe, especialmente en Siria, las organizaciones civiles, las asociaciones juveniles democráticas, sobre todo las feministas, deben formar una alianza democrática para luchar teórica y prácticamente por el establecimiento de un Estado civil, de instituciones civiles y de una sociedad civil. Y para evitar que los países árabes se deslicen hacia gobiernos religiosos en nombre del “islam moderado” o hacia gobiernos tiránicos y totalitarios.

Décima tesis. Stendhal decía que si una persona quiere ser miembro destacado de una gran sociedad debe aprender el arte de hacer concesiones a la voluntad general, aunque esta se encuentre equivocada. Si no lo hace así, esa persona no será nada, ni logrará nada, y no merecerá más apelativo que el de “hijo extraviado”. Yo, personalmente, prefiero ser un “hijo extraviado” antes que apoyar la voluntad general equivocada.

Ali Ahmad Said Esber, conocido por su seudónimo Adonis, es un poeta y ensayista sirio.Una versión más extensa de este texto fue publicada por el periódico Al-Hayat, de Londres.

Traducción del árabe de José Miguel Puerta Vílchez.