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Brasil, gran potencia latina

Parece que Brasil se cansó de seguir siendo el país del futuro y se apresta a jugar el papel de gran potencia. Sociedad y Gobiernos llevan años reduciendo desequilibrios sociales y regionales, vulnerabilidades económicas, problemas de gobernabilidad, y generando políticas públicas por encima de la contienda partidista.

El Observatorio de Análisis de Tendencias de la Fundación M. Botín reúne en Madrid un foro de expertos en torno a cuestiones clave sobre la gran potencia emergente del mundo latino:

¿Qué proyectos de Brasil existen? ¿Qué papel juegan las ideologías, lo público y lo privado? ¿Hay capacidades institucionales y políticas para arbitrar conflictos? ¿Qué cuellos de botella pueden estrangular su desarrollo social, económico y político-institucional?

Y la gran cuestión: ¿están dispuestos sociedad y Gobierno a jugar el papel de gran potencia?

El régimen militar, 1968-1985, dejó a la democracia brasileña una bomba de relojería: caída del producto interior bruto (PIB), moratoria de la deuda externa, inflación de tres dígitos, fuga de capitales y, naturalmente, degradación de las condiciones de vida de la población.

El Plan Real, con sus luces y sombras y más allá de las metas estabilizadoras, fue clave para redimensionar el papel del Estado, hacer viables reformas político-institucionales, consolidar el "presidencialismo de coalición" para impulsar las reformas y pasar de un modelo de "nacional-mercantilismo" autárquico a otro de capitalismo abierto y globalizado.

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Se abrieron las puertas a la empresa privada y a las inversiones extranjeras, y Brasil alcanzó credibilidad y prestigio internacional.

Este eje de la política del Gobierno Cardoso, mantenido y potenciado por el actual, han hecho de Brasil un país confiable. El pragmatismo del presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, en su Carta al pueblo brasileño, 2002, donde se renunció a rupturas e incumplimientos de contratos y obligaciones con las instituciones financieras internacionales, fue una auténtica palanca de desarrollo.

Como también lo han sido la responsabilidad fiscal en los niveles de Gobierno municipal, regional y federal, y la existencia de una clase empresarial integrada en los circuitos mercantiles y financieros internacionales, atenta a la innovación tecnológica y a las oportunidades de negocio.

La experiencia brasileña demuestra las virtudes del mantenimiento de políticas de Estado más allá de los cambios de acento de cada Gobierno. Los frutos recogidos en el campo político-social tienen su correlato en la arena internacional. El discurso oficial habla de una política exterior de no intervención / no indiferencia, "activa" y "altiva". ¿Asumirán el Gobierno y la sociedad brasileña los costes de esta ambición?

Brasil puede ejercer una influencia constructiva en la resolución de conflictos regionales y frenar el deterioro de las libertades y las injerencias del eje bolivariano en terceros países. Es pieza clave en el futuro de Mercosur, con el ingreso de Venezuela pendiente, y de Unasur, la región hablando con una sola voz. ¿Y todo ello sin abandonar su soft power?

Una agenda internacional de esta naturaleza hace pensar que la frase del presidente Lula "nos cansamos de ser una potencia emergente" quizá vaya más allá de la retórica. La dirección que tome Brasil podría determinar el futuro de América del Sur.

Federico Ysart es director del Observatorio de Análisis de Tendencias de la Fundación Marcelino Botín.

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