Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Al rescate de la memoria histórica de Cuba

Al menos 8.190 personas han muerto como consecuencia de la represión del régimen de Fidel Castro, según la documentación de Archivo Cuba, una iniciativa independiente que pretende romper el silencio que rodea a las víctimas y crear un registro que sirva para una futura Comisión de la Verdad, similar a las que han trabajado en Chile, Argentina o Guatemala.

Fusilamientos, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones engrosan los expedientes desde 1959, año del triunfo de la revolución. “Desde el principio el régimen mostró un profundo desprecio por la vida humana”, asegura María Werlau, experta en relaciones internacionales y directora del proyecto, que tiene sede en Nueva York.

Lo que empezó en los años noventa como un trabajo de hormiga de algunos estudiosos, encabezados por Armando Lago, un economista de Harvard, ha confluido en una amplia base de datos. “Al principio teníamos listas sueltas, redactadas a partir de recopilaciones bibliográficas y de periódicos, que se cruzaban con informes de la Organización de Estados Americanos u otros documentos”, explica Werlau. “Después acudimos a las fuentes directas: las familias de las víctimas, que nos han aportado mucho material, y testigos (ex milicianos, funcionarios, oficiales, médicos) que acabaron saliendo de la isla. También son de gran ayuda los trabajos de Amnistía Internacional y Human Rights Watch”.

Una treintena de voluntarios, entre universitarios y activistas de derechos humanos, recopilan la información y elaboran la base de datos, que dentro de unos meses estará informatizada y será accesible al público gracias a una ayuda de Freedom House, la fundación instituida en 1941 por Eleanor Roosevelt para la defensa internacional de las libertades.

Según Werlau, en las casi cinco décadas de dictadura se han sucedido varios patrones de represión. “En los primeros años se dieron fusilamientos masivos, después de procesos sumarios en una atmósfera de circo, con el objetivo de generar terror. En los sesenta y setenta, proliferan las ejecuciones extrajudiciales en prisión y en las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, los campos de trabajos forzados. En los ochenta despuntan las purgas internas y los asesinatos en intentos de salida de la isla, como asaltos a embajadas o hundimiento de embarcaciones·.

Entre los muertos hay mujeres embarazadas, niños (54 casos documentados) y ciudadanos extranjeros (varios españoles). “No me interesan las cifras, sino poner caras y nombres a estas víctimas, que son víctimas olvidadas”, señala Werlau, quien vivió la transición chilena y siguió de cerca los trabajos para documentar los abusos del régimen de Augusto Pinochet. “En Chile hubo 3.197 muertos y desaparecidos. En Cuba, esa cifra fue ampliamente superada sólo con los fusilamientos de los primeros años. El mundo supo de la tragedia chilena desde el principio, en parte gracias a la Vicaría de la Solidaridad”. En Cuba, el margen de maniobra es muy escaso. “La Iglesia está maniatada, las ONG no pueden entrar y nosotros no podemos comprometer a nadie. Francisco Chaviano trató de hacer un registro de desaparecidos, y ahora es preso de conciencia de Amnistía Internacional. Lo encarcelaron en 1994 y su situación es terrible”.

Chile, recuerda Werlau, contaba con la solidaridad internacional, mientras que con Cuba sigue imperando una doble moral, “quizás porque es una dictadura supuestamente de izquierdas, por el odio a EE UU, o por la fuerza de la propaganda castrista. También los exiliados tenemos culpa, por la fragmentación derivada de las agendas políticas”.

La cifra de muertos, según estos estudiosos, es mayor. “A medida en que se conoce el proyecto, los testimonios se están multiplicando”. Archivo Cuba quiere ampliar el registro hasta 1952, año del golpe de Fulgencio Batista, que terminó con la democracia en Cuba y desencadenó el proceso revolucionario. “Nuestro objetivo es sembrar la semilla para que solventemos las diferencias pacíficamente, especialmente ante una futura transición”, concluye María Werlau.