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Farage, el ultra que va de simpático

Para unos es un oportunista de extrema derecha y, para otros, un político carismático y con sentido del humor. Ha protagonizado y encauzado el debate público del Reino Unido desde que abanderó la causa del Brexit. Siempre con una pinta y un cigarrillo en la mano, Nigel Farage ha vendido una imagen cercana y enfrentada a las supuestas élites liberales. Pero tras esa campechanía se esconden propuestas racistas, xenófobas e hipernacionalistas

Alexandra España

Nigel Farage siempre ha amado el lujo, los trajes bien confeccionados y el buen vino. El dinero, en suma. Por eso no ha extrañado a nadie la revelación del diario The Guardian de que su decisión final de presentarse como candidato, una vez más, en las elecciones parlamentarias de julio de 2024, a pesar de que había anunciado su retirada de la política, tuvo que ver con el regalo de cinco millones de libras esterlinas (unos 5,8 millones de euros) que le hizo el multimillonario Christopher Harborne. Farage justificó esa entrega, sin mostrar demasiado remordimiento, como el vehículo para reforzar su seguridad y la de su familia, su mayor preocupación en ese momento.

Harborne no es el único magnate que ha apostado con su dinero por Farage, convencido de que el futuro de la derecha del Reino Unido pasa por este personaje excepcional, nacido en Farnborough, al suroeste de Londres, hace ya 62 años, que para muchos es un oportunista de ultraderecha y, para otros, un político carismático que ha protagonizado y encauzado el debate público del Reino Unido de la última década.

Todas las encuestas de intención de voto del último año sitúan a Reform UK, el partido de Farage, como la primera elección de los británicos. La última de YouGov con intención de voto nacional y publicada el 27 de abril, le daba un 26%, con una ventaja de siete puntos respecto al Partido Conservador y de ocho respecto a los laboristas. En las elecciones del próximo 7 de mayo, municipales en Inglaterra y autonómicas en Escocia y Gales, se prevé una ola victoriosa del partido de Farage, que puede dar el sorpasso a los tories en muchos distritos electorales.

Siempre con una pinta y un cigarrillo en la mano, chistoso y amado por las clases populares, oportunista y demasiado amigo de los millonarios, Farage ha logrado, cada vez que se lo ha propuesto, ser el centro de atención y acumular una influencia que no se corresponde con el número de escaños o concejales de su partido.

Primero con el Brexit, más tarde con la inmigración, luego contra el wokismo de la izquierda y, finalmente, como líder de un reemplazo aparentemente inevitable de la derecha británica. Y todo eso, convenciendo a muchos compatriotas de que lo suyo no tiene nada que ver con la ultraderecha que recorre Europa, sino que obedece a la necesidad inapelable de salvar la civilización de una isla que, desde siempre, se ha considerado una excepcionalidad del continente europeo.

“Cada líder piensa en sí mismo como un caso único, pero realmente hay muy pocos de esos en política. Farage navega la misma ola populista que otros líderes de la ultraderecha en Europa, como Meloni en Italia, Le Pen y ahora Bardella en Francia, Weidel en Alemania y Abascal en España”, explica Tim Bale, profesor de Política en la Universidad Queen Mary de Londres, especializado en la historia del Partido Conservador del Reino Unido.

“Nigel Farage no era un fenómeno exclusivamente centrado en la cuestión europea. Si hubiera sido así, habría abandonado la política una vez logrado el Brexit. Ni siquiera el Brexit en sí mismo era realmente un debate en torno a Europa: era más bien un debate sobre la inmigración y sobre un pueblo heroico [el inglés] que habría sido supuestamente traicionado por una élite liberal, metropolitana y despectiva”, ironiza Bale.

El Reino Unido ha tenido a lo largo de su historia contemporánea episodios recurrentes en los que una parte importante de sus ciudadanos se han visto seducidos por un discurso racista, xenófobo e hipernacionalista. En la pasada década de los sesenta, el diputado conservador Enoch Powell alentó disturbios con sus arengas, hasta que el famoso discurso que los medios bautizaron como el de los “ríos de sangre” (una referencia extraída de la Eneida de Virgilio), en 1968, provocó su expulsión del partido. Farage era un admirador de Powell, y lo rescató años después para algún evento del partido UKIP.

En su juventud, Farage dejó un rastro de racismo, xenofobia e incluso antisemitismo tanto en el colegio privado que atendió como en su paso por la City financiera londinense. En 1989, cuando trabajaba en la City, fundó un grupo de almuerzo para euroescépticos, The Column Club, que se reunía el primer lunes de cada mes en la Simpson’s Tavern. Las condiciones para ser socio eran “una apreciación por todo lo británico –muy particularmente, del cricket–, un hígado resistente y una profunda desconfianza en la UE”. Juega a distanciarse de todos esos extremismos, pero aprovecha, con un carisma aparentemente inofensivo, todas las chispas que encienden. Y a diferencia de estos, ha logrado prender la mecha electoral. En las elecciones de julio de 2024, por primera vez en la historia, logró entrar en el Parlamento junto a otros cuatro diputados de Reform UK.

“Farage habla como un ‘ser humano’ y no como un ‘político’. Dice las cosas ‘como son’. Tiene sentido del humor, y se presenta ante el electorado como alguien que se siente muy cómodo dentro de su propia piel. Un enorme contraste respecto a otros políticos”, señala Bale. Coincide con él Philip Collins, analista político, pero lo dos matizan con insistencia que la trampa del encanto y la popularidad esconde algo más siniestro. “Nigel Farage se vende como una figura típicamente británica: las pintas de cerveza en el pub, el modo de hablar directo de un hombre inglés… Pero no deja de ser el representante británico de un fenómeno más extendido, porque su batalla nunca fue realmente la Unión Europea. Su popularidad la obtuvo con la inmigración”, señala Collins, autor de los discursos más brillantes de Tony Blair y hoy director del semanario progresista Prospect, en sustitución del legendario Alan Rusbridger.

“El mejor truco del diablo es convencerte de que no existe”, sentenció el poeta Baudelaire. El mayor éxito de Farage ha sido conducir a los dos partidos históricos del Reino Unido, el conservador y el laborista, hacia los asuntos y debates en los que él es capaz de brillar. La conclusión de los votantes, como ocurre en todas partes, acaba siendo la misma: entre el original y la copia, prefieren el original.

Una carrera forjada contra la UE

Cuenta Michael Crick, el periodista que ha escrito la mejor biografía de Farage (One Party After Another, un juego de palabras que puede traducirse como “un partido tras otro” o “una fiesta tras otra”), cuenta el intercambio del futuro político con su profesor del colegio Dulwich Neil Farlamb cuando se despidieron. “Tengo la sensación de que llegará lejos en la vida, pero no sé si será en fama o en infamia”, le dijo el docente. “Mientras sea lejos, no me importa de qué modo”, respondió Farage.

A los cinco años vio cómo su padre, un corredor de Bolsa de trago fácil, abandonaba a la familia para emprender sus propias aventuras en el mundo de las antigüedades. Aparentemente, no dejó trauma. Farage descubrió por sí mismo lo lejos que se puede llegar con buenas relaciones, la dosis apropiada de simpatía y charlatanería, un desarrollado instinto de la oportunidad y un enemigo compartido. Se dedicó al golf, al críquet, a la pesca, a la política (ingresó en el Partido Conservador en 1978) y derivó, sin estudios universitarios, en la City de Londres.

Aún en su veintena, y con unas copas de más a la salida del trabajo, un coche le arrolló cerca de la estación de Orpington. Le costó un año recuperarse. Poco después, sufriría un cáncer testicular, que también logró dejar atrás.

Su verdadero destino lo encontró cuando decidió abandonar las filas conservadoras, ante la “claudicación” del entonces primer ministro, John Major, que había firmado el Tratado de Maastricht de la UE. Ayudó entonces a fundar el UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), hasta que se hizo con su liderazgo.

Especialista en saber cuándo hay que dar un paso adelante y cuándo hay que abandonar el barco, su momento llegó en 2015. Aprovechó las elecciones al Parlamento Europeo, que en el Reino Unido más que en ningún otro país eran un vehícu­lo de protesta antes que un ejercicio de responsabilidad política, para dar el campanazo. El UKIP se hizo con la primera posición y desató los temores del entonces primer ministro, David Cameron, que cayó en la trampa de convocar el referéndum del Brexit de 2016.

Aquel fue el momento de gloria de Farage, y pareció que, con la victoria de los partidarios de abandonar la UE, su carrera política llamaba a su fin. Durante un tiempo se dedicó a ser comentarista televisivo, viajar a Estados Unidos para ayudar a su amigo Donald Trump y ganar dinero. El Partido Conservador había tomado las riendas del Brexit, con Boris Johnson a la cabeza. No había hueco para más populismo en el debate público.

Farage esperó su oportunidad. Fundó otro partido, el Brexit Party, y luego otro más, Reform UK, que dejó en manos de sus seguidores. Hasta que de nuevo, con una inmigración en su opinión descontrolada y una economía en declive, encontró su momento.

El reemplazo de la derecha

La revista The Spectator ha sido durante casi dos siglos el refugio y la biblia de los conservadores del Reino Unido. Su visión iconoclasta de la política y su defensa de una derecha sin complejos la han convertido en un producto tan atractivo como peligroso. La publicación se ha resistido en los últimos años a calificar como ultraderecha o extrema derecha a formaciones en auge como la extinta UKIP o como Reform UK, detrás de las cuales ha estado siempre la controvertida figura de Nigel Farage, al que la publicación ha otorgado siempre hueco y relevancia en sus páginas. Sus editores prefieren hablar de nacionalismo o populismo, y se suman de ese modo a una creencia general entre muchos británicos de que su país, por motivos históricos y por su idiosincrasia, está a salvo de esa plaga que afecta al resto de Europa.

El pasado miércoles, la revista celebró un multitudinario evento en el corazón de Westminster, la zona de Londres donde se concentra el poder político. Utilizó el Centro Emmanuel, una bella iglesia protestante con forma de rotonda y cúpula de cristal que se desdobla como lugar de culto y espacio para reuniones privadas, para celebrar un debate con un título muy premonitorio: The Fight for the Right (el combate por la derecha). En el cartel del evento, una caricatura mostraba a la líder del Partido Conservador, Kemi Badenoch, y al de Reform UK, Nigel Farage, vestidos de karatecas y dispuestos a repartir guantazos.

La idea estaba clara: hay dos derechas en pugna por los votos del electorado conservador, y las dos son igual de legítimas.

“El populismo no es una ideología. Nigel Farage y su partido, Reform UK, despliegan un manual clásico de ultraderecha, que absorbe incluso elementos del neonazismo en asuntos como la inmigración, la raza o el género. Es un inmenso error describir como ‘populistas’ a ese tipo de partidos, porque el populismo hace más bien referencia a un estilo de política más emocional, no es una ideología concreta. Farage forma parte de la ola de ultraderecha que recorre Europa”, explica Georgios Samaras, profesor de Políticas Públicas de la Escuela de Gobierno del King’s College de Londres y experto en el auge de la extrema derecha en Europa. Collins añade: “Farage ha sido siempre un intruso que ejercía su crítica desde la distancia. Ahora se ha decidido a conquistar el poder, y lo mejor que pueden hacer [el primer ministro] Keir Starmer (y cualquiera de sus rivales) es obligarle a definirse y explicar lo que haría si gobernara. Porque muchos de los que dicen que le apoyan tienen en realidad serias dudas respecto al personaje”.

Consciente de que vive su última oportunidad, Farage admitió hace un año por primera vez que “era posible” la idea de llegar a ser primer ministro. Como astuto operador político que es, sabe que no necesita que las cifras varíen mucho para que lo que hace nada era una fantasía se convierta en una realidad.

El sistema electoral británico, de tipo mayoritario, que otorga el escaño al candidato más votado y tira a la basura el resto de las papeletas, ha servido durante décadas como barrera de protección para el bipartidismo, y ha otorgado una sensación de estabilidad, hoy más falsa que real, al país.

“Lo que ocurre con un sistema de votación como el nuestro es que, cuando falla, todo se hunde. En países con un sistema proporcional, los populistas lo tienen más fácil para entrar en el Parlamento, pero mucho más complicado para lograr una mayoría. Pero en nuestro sistema, puede llegar el punto, en un determinado momento o con unos determinados actores políticos, en que alcancen el 25% o el 30% del voto nacional. Y pasar de ser penalizados como intrusos a ser recompensados. Pueden lograr un elevado número de escaños y hacer que los partidos tradicionales se desplomen”, señala a EL PAÍS Peter Kellner, analista político y expresidente y cofundador de la empresa de encuestas YouGov.

Nigel Farage, el juerguista con quien muchos británicos estarían dispuestos a compartir una pinta y a darle su voto, puede convertirse en menos tiempo de lo previsto en el factor que dé la vuelta del todo al paisaje político británico.

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