Cambiar el trabajo para cambiar el mundo
Muchos jóvenes dejan voluntariamente su empleo. Son los ‘desertores’ del mercado laboral.


Cuatro de cada 10 jóvenes de la generación Z (los nacidos entre mediados de los años noventa y en la primera década del siglo XXI) abandonan su empleo en menos de un año. Los principales motivos son los salarios demasiado bajos, la falta de flexibilidad (muchos probaron el teletrabajo durante la pandemia de covid y sus secuelas) o tener valores no coincidentes con los de la empresa en la que trabajan. Estos jóvenes ¿forman parte de lo que hace un lustro se denominó, siguiendo la estrella de EE UU, la Gran Deserción? ¿Son desertores del mundo del trabajo? Este rechazo del trabajo ¿es el síntoma del fin de una era caracterizada por la esperanza de que el empleo permitiera realizar los sueños de emancipación, movilidad social o reconocimiento, o más sencillamente, de las dificultades de entrar en ese mercado en una coyuntura de profundos cambios, con una disrupción tecnológica (la inteligencia artificial) y, por consiguiente, caracterizado por la incertidumbre?
Los datos citados al principio pertenecen a un estudio de la empresa de empleo temporal Ranstad (“Claves laborales de la Generación Z: visión a futuro y dinamismo”), citados por este periódico. Conectan en buena parte con otros textos dedicados, al menos colateralmente, al mismo asunto. En un libro titulado ¿Sueñan los nietos de Keynes con ovejas eléctricas?, los autores analizan qué resta de la célebre conferencia pronunciada por el economista de Cambridge hace casi un siglo, y titulada “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. Sostenía Keynes en ella que el desempleo, pese a ser una calamidad, indica la transición hacia una necesidad decreciente del trabajo, y auguraba una era de la abundancia gracias al desarrollo tecnológico, en la que el trabajo sería menos imperativo; esta transición no debería interpretarse como una catástrofe, sino como una oportunidad para la humanidad de reducir las horas de trabajo y mejorar la calidad de la vida. “Ahora”, escribió, “debemos prepararnos para un futuro donde el trabajo ocupa un lugar menos central que nunca (…) y donde se potencian otras opciones existenciales”.
Una sindicalista americana ha dicho que durante más de medio siglo las empresas convencieron a los ciudadanos de que debían considerarse afortunados por tener un trabajo; durante los próximos 50 años habrá que mostrar a los directivos que deben considerarse afortunados si los asalariados aceptan trabajar para ellos. Lo dijo en el contexto de la Gran Deserción. Recordémosla: en EE UU, sobre todo, se dio un fenómeno marcado por la multiplicación de bajas voluntarias en el mundo laboral; en 2021 renunciaron voluntariamente 48 millones de trabajadores, 50 millones en 2022 y 44 millones en 2023, cuando The New York Times tituló que la Gran Deserción había terminado. Pero desde entonces, conviven en muchos países el paro y la escasez de personal.
Los desertores forman parte de un fenómeno profundamente estratificado. No todo el mundo puede, aunque quiera, abandonar su puesto de trabajo en busca de nuevas rutas vitales. Para ello deben disponer de algún dinero, ahorros, pertenecer a buenas familias o saber que más temprano que tarde van a heredar. La Gran Deserción, ha escrito la socióloga italiana Francesca Coin (La Gran Deserción, editorial Tercero Incluido), puede considerarse un laboratorio antropológico nacido en el seno de una especie de crisis existencial. Los chavales que dejan voluntariamente un empleo han conseguido poner en el punto de mira el mundo del trabajo e incluir en el orden del día un debate aplazado durante mucho tiempo. Para la generación Z, el modelo de sacrificio ya no funciona; lo que era un camino tradicional para las generaciones pasadas —ir a la universidad, graduarse, un máster, conseguir un empleo y hacer una carrera— no tiene certezas.
A ellos se les unen los que pretenden jubilarse antes de tiempo, los que han encontrado la forma de llegar a fin de mes sin permanecer en puestos de trabajo que aborrecen, o los que no quieren volver a trabajar con bajos salarios. Es una cuestión atravesada por la clase social a la que se pertenece.
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