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ENSAYOS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Estamos ensimismados: nos encanta opinar, pero nos falta diálogo

Necesitamos establecer vínculos con los demás que nos abran al asombro y a la reflexión. Nuestras opiniones, que tanto nos importan, también nos encasillan

IDEAS 02/03/2025 ENSIMISMAMIENTO
Juárez Casanova

Mis estudiantes preguntan a menudo si pueden dar su opinión. Esta palabra, “opinión”, quizás sea una forma de recubrir lo que Milan Kundera llamó “la insoportable levedad del ser”, al menos por cómo escucho su pregunta. La opinión resulta de una idea cualquiera, en el sentido opuesto a la asociación de ideas freudiana, porque asociar, asociar, no asocian demasiado, pero sí dicen lo que piensan: según ellos, estudiantes universitarios de asignaturas de Humanidades y Ciencias Sociales, están a favor o en contra de algo, aunque no lo conozcan bien, no hayan leído sobre ello, ni siquiera comentado con otro, o tampoco hayan visto una serie de Netflix. La opinión es eso: decir algo que no necesariamente tiene un impacto o promueve el diálogo: se está a favor o en contra, como en las encuestas de opinión.

Eva Illouz inventó un neologismo para esta pseudoexpresión del individualismo contemporáneo: emodity (parafraseando el objeto de consumo, la commodity). Así como existe un mercado de la opinión, también existe un mercado de la emoción. Cita Eva Illouz, en Capitalismo, consumo y autenticidad (Katz Editores, 2019): “La subjetividad se ha trasladado a un plano radical de inmanencia en el cual no son los sentidos colectivos los que aportan significado, sino más bien los objetos y experiencias estéticas en que las sensaciones y las emociones pasan a ser elementos autorreferenciales y operan como agentes de subjetivación, como puntos de partida de experiencias subjetivas, emocionales”. Y añade: “Para usar y torcer un poco la expresión de Hannah Arendt en otro contexto, las emociones se encuentran en lo que ella llamó la posición intermedia (in-betweenness) de la existencia humana, en este caso entre la subjetividad y el objeto, entre las emociones y las prácticas del consumidor”.

Lo que mis estudiantes definen como opinión ocupa esta posición intermedia entre lo que ellos creen saber o pensar (sin dialéctica con otros) y el mercado de las opiniones (en redes sociales, por ejemplo). La opinión cumple una función normativa en la vida contemporánea. Mis estudiantes creen que los representa, cuando en realidad los clasifica y estandariza, aunque no del todo, todavía hay algo que ellos pueden pensar y decir. Ahora bien, ¿dónde está el otro aquí? El otro es una opinión que se puede sumar a la mía, o que puede contrarrestar lo que digo, pero que en ningún caso interpela —no hay “llamado” alguno—. Esto se puede entender incluso en un examen, donde la pregunta del profesor está puesta por escrito: “conteste las siguientes preguntas”, suele decir el enunciado. Un estudiante de mi grupo aclaró que no había contestado la pregunta número tres porque “no le decía nada”.

Illouz defiende la posibilidad de una “crítica posnormativa”, que no desdeñe las experiencias —hay que escuchar las opiniones de los estudiantes—, pero que encuentre una manera de permitir la articulación de una brecha entre el “ser” y el “deber ser”: “tomar en serio la comprensión que cada actor tiene de sí mismo y su horizonte de expectativas, sin rendirse a la descripción que las personas dan de sí mismas, porque necesitamos posibilitar la formulación y articulación de normas provisionales”. ¿Dónde queda la posibilidad de establecer un vínculo social en el campo de las opiniones que se recogen y se reflejan en un cuestionario, metáfora del ensimismamiento contemporáneo?

Propuse a los estudiantes que por parejas escribieran en un cuaderno lo que piensan sobre el contenido tratado en clase. Se trata, en realidad, de transcribir una conversación. Una mayoría de los estudiantes empezaron sus textos con esta frase, por ejemplo: “Berta y yo hemos hablado y hemos llegado a la conclusión de que…”. La conclusión es el fin. Hablar no implica hablar sobre algo que requiera… seguir hablando. El otro es un medio para conseguir el objetivo de lo que el profesor pide que se haga. En algunas excepciones notables, uno de los estudiantes escribe “una carta” al otro, carta para la que no es necesario saber nada de él, ni tampoco sobre el contenido de la materia, porque en esa carta uno habla de sí mismo. Seguimos en el registro de las emodities. Opinión y conclusión no son solo palabras de uso generalizado, más o menos anecdóticas: reflejan una modalidad de la vida contemporánea que todos —no solo los jóvenes— convertimos en experiencia diaria y que podríamos denominar un cierto ensimismamiento, versión hard del individualismo. Así como el individualismo define a un sujeto que no se divide, el ensimismamiento define a un sujeto que solo se ve a sí mismo y que, por lo tanto, no alcanza a considerar la posibilidad de otro —ni siquiera de otra cosa— más allá de sí mismo. Es un “en-sí” en el sentido sartriano. Creo que el ensimismamiento contemporáneo es uno de los principales obstáculos para el aprendizaje, el vínculo con otros, el contacto con el mundo. ¿Qué hacer? En uno de sus últimos libros, La crisis de la narración, el filósofo germano-coreano Byung Chul-Han da cuenta de su lectura de El narrador, de Walter Benjamin. Benjamin deja claro que en la narración debe quedar siempre algo por contar, abierto a futuras historias. Un relato bien construido suscita asombro y mueve a la reflexión. Es “como esas semillas que durante milenios estuvieron guardadas al vacío en las cámaras de las pirámides, conservando su capacidad germinativa hasta el día de hoy”. Han distingue entre narración e información y retoma la metáfora de la capacidad germinativa, la semilla de la narración, para contraponerla a la mota de polvo de la información.

Hay en el ensimismamiento contemporáneo, como en la crisis de la narración y la credulidad en la opinión, una dificultad para que algo germine, “suscite asombro y mueva a la reflexión”. Ya casi nada es capaz de asombrar, porque todo lo que pueda provocar asombro se puede ver. La cuestión sería cómo generar vivencias que permitan diluir el asombro producido por el algoritmo para entrar en contacto con la realidad de la experiencia corpórea con el otro. ¿Qué puede hacer aquí el profesor? Dar tiempo para que la opinión se diluya, dar lugar a la historia que queda por contar.

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