Karen Armstrong. “El Corán enseña a ser agradecido con la naturaleza”

La ensayista y experta británica en el hecho religioso y las distintas creencias alerta en su nuevo libro sobre nuestra desconexión emocional para con el entorno natural

La escritora británica Karen Armstrong en su casa en Londres, el 26 de agosto de 2022.
La escritora británica Karen Armstrong en su casa en Londres, el 26 de agosto de 2022.Ione Saizar

Karen Armstrong (Wildmoor, Reino Unido, 1944) tiene frente a la ventana de su estudio, en el barrio londinense de Islington, un viejo y poderoso árbol. No pertenece a su jardín, sino al del vecino, pero la ensayista británica lleva meses enseñándose a sí misma a contemplar la vida propia y única de ese árbol. Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017, esta exmonja es autora de 25 libros en los que se ha sumergido en el hecho religioso y las distintas tradiciones (cristianismo, islam, judaísmo, budismo o hinduismo). Armstrong propone en su nuevo libro, Naturaleza sagrada. Cómo podemos recuperar nuestro vínculo con el mundo natural (editorial Crítica), una actitud complementaria a la respuesta urgente que necesita la amenaza del cambio climático: regresar a la empatía emocional con el planeta que nos rodea. La claridad del sol londinense del fin del verano se cuela por la ventana de la habitación de su casa, en la que hablamos. Apenas se oye un ruido. Una de esas calles de la capital británica que parecen atrapadas en el tiempo, como si estuviéramos en una pequeña villa y no en una gran metrópoli.

PREGUNTA. La ciencia nos amenaza constantemente con la catástrofe venidera si no hacemos algo respecto al clima. ¿No es contraproducente este mensaje apocalíptico?

RESPUESTA. Nos han dicho que estamos en peligro. Y es evidente que las temperaturas están subiendo a niveles astronómicos que nunca habíamos sufrido. Pero seguimos sin hacer nada al respecto. No tenemos una motivación emocional. Solo existe el miedo. La información científica es muy completa y evidente. Pero me temo que nos limitamos a aparcarla en la parte trasera de nuestros cerebros y ya está, porque la situación es terrible.

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P. ¿Porque falta una toma de conciencia individual más firme?

R. Estoy segura de que los expertos que acuden a las cumbres del cambio climático han dado con la clave, pero no creo que el ciudadano medio esté igual de motivado. Muchas veces siente que es incapaz de entender las razones científicas. Individualmente seguimos sin hacer demasiado. Seguimos conduciendo nuestros coches, y apenas terminó la pandemia volvimos a montarnos en aviones.

P. Sugiere usted una respuesta más emocional para respaldar el discurso científico.

R. Creo que en Occidente hemos dañado considerablemente nuestra relación con la naturaleza, el vínculo emocional que teníamos con ella. Todo lo que ocurre ahora puede provocarnos mucho temor, pero lo cierto es que, desde el siglo XVI, nos hemos separado completamente de ella.

P. Acude usted a las tradiciones china o india. ¿No cree que el afán capitalista ha vuelto a esos países tan contaminantes como el resto?

R. Sí, pero muchas personas en India o en China siguen teniendo ese víncu­lo íntimo. Forma parte intrínseca de su cultura, algo que, al contrario, no existe en Occidente. En la India, para empezar, la naturaleza era sagrada. Los monoteísmos tienen, en general, una relación muy diferente con ella. En India o en China, por lo pronto, Dios no es una deidad en el cielo. Es básicamente una fuerza, de algún modo sagrada, que se encuentra en todas partes. Y no la llaman Dios. Los chinos la llaman (chi). Los hindúes, rita o brahman. Una fuerza misteriosa física o espiritual que trasciende nuestra concepción ordinaria de las cosas y está constantemente agitándose, creando y haciendo que todo esté en su sitio.

P. Y tienen entonces un respeto intrínseco por lo que les rodea…

R. Les enseñaron desde un principio a reverenciar la naturaleza. Algo que no hicieron con nosotros [en la cultura occidental]. Nos enseñaron a conquistarla, y es lo que hemos hecho. Y ahora lo estamos pagando.

Nos enseñaron a conquistar la naturaleza, y es lo que hemos hecho. Ahora lo estamos pagando

P. Pero no es un propósito deliberado de proteger la naturaleza…

R. No les enseñaron a través de un manual completo de instrucciones, o a través de una explicación doctrinal. Se hacía a través de rituales. Los rituales en China o en India les enseñaron a respetar la naturaleza desde un punto de vista emocional. Como ese sentarse en silencio que propone el taoísmo.

P. Su planteamiento es humilde. De momento, nos pide a los occidentales que también nos sentemos…

R. No hacemos mucha contemplación de ese estilo últimamente. En presencia de la naturaleza, no renunciamos a nuestros auriculares o a nuestros teléfonos. Ante la naturaleza, nos dedicamos a hacer cientos de fotografías. Como en los museos. La gente que acude ahora al British Museum, ante un espectáculo tan pasmoso como los mármoles del Partenón, se dedica a fotografiarlos con el móvil.

Buda alcanzó la iluminación mirando hacia fuera. Enviando su afecto a cada esquina del mundo

P. ¿Por dónde empezamos?

R. Empieza por sentarte y por apagar tu teléfono. No se trata de algo sofisticado, como el yoga. Te sientas y comienzas a escuchar los sonidos. Observas a las pequeñas criaturas que te rodean. Presta atención al sonido del viento. Mira cómo la luz del sol cae sobre los árboles. Deja que tus preocupaciones habituales desaparezcan durante 10 minutos. Es una meditación al revés, no te sumerges en tu interior, sino que, en la presencia de la naturaleza, dejas que ella te informe. Los poetas románticos, como Wordsworth, lo sabían. En su poema La abadía de Tintern explica cómo ha logrado aprender a mirar a la naturaleza de un modo distinto. En uno de sus poemas se enfada incluso con un amigo que simplemente tiene todo el día la nariz metida entre las páginas de un libro. ¡Lo que diría si viera ahora a la gente con sus teléfonos móviles!

P. No es fácil renunciar a dos siglos de revolución industrial y tecnológica y comodidades conquistadas.

R. Lo sé, es aterrador. Pero no nos lo estamos tomando tan en serio como debiéramos. Claro que es una tarea compleja. Se trata, nada menos, que de poner en cuestión el modo en que hemos vivido y hemos pensado.

P. Sugiere mirar menos para dentro y más hacia fuera…

R. Siempre pensamos en Buda y en los místicos como personajes que miran hacia dentro de sí mismos. Sin embargo, los textos sagrados nos dicen que Buda alcanzó la iluminación mirando hacia fuera. Enviando sus pensamientos y su afecto a cada esquina del mundo. Y no dejó de hacerlo hasta confirmar que la ecuanimidad había llegado a cada criatura a su alrededor. La cultura china también utiliza esta idea de propagar tu luz a través de círcu­los. Primero a los más cercanos, la familia y amigos. Luego a todo tu vecindario, incluso a los que no te gustan. A tu ciudad y, finalmente, al resto del mundo. Es luego el neoconfucianismo el que exige que esta idea concéntrica se extienda a la naturaleza.

P. ¿Tuvimos algo parecido en Occidente?

R. No tenemos esta tradición en la cultura judeocristiana. Vemos la presencia de lo divino en los eventos históricos, como el éxodo de Egipto o la vida de Jesucristo. No tanto en la naturaleza. El islam es diferente.

P. ¿Diferente en qué?

R. Cuando surge el Corán, los árabes no tenían el menor amor por la naturaleza. ¡Cómo iban a tenerlo! Vivían en un clima horrible en Arabia Saudí. Era imposible producir suficiente alimento para todos, y las luchas entre ellos eran constantes. El Corán sugiere que la naturaleza también es una revelación de lo divino. Puede que en Occidente solo hayamos escuchado lo referente a la yihad [guerra santa], pero el Corán contiene pasajes maravillosos en los que ensalza la naturaleza. En la religión musulmana no se presta atención a los milagros como en el cristianismo. Son un modo de sobreponerse a la naturaleza. El Corán presta atención a la regularidad de las cosas, como que la luna sale cada noche o la tierra produce alimentos, aunque sean escasos. Enseña a ser agradecido.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel

Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.

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