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Texto con interpretación sobre una persona, que incluye declaraciones

Gerhard Schröder, el ‘lobista’ de Putin en Europa

El excanciller alemán está dilapidando su legado político en defensa de los intereses del presidente ruso

Luis Grañena

Cuando Angela Merkel dio la vuelta a las encuestas y le ganó las elecciones de 2005, Gerhard Schröder podría haber hecho como sus dos ilustres predecesores socialdemócratas, Willy Brandt y Helmut Schmidt, y convertirse en un excanciller que da charlas y analiza los acontecimientos mundiales desde su retiro político. En lugar de eso, decidió dedicarse a los negocios. Concretamente a los negocios con la Rusia de Vladímir Putin. Por eso hoy, en lugar de disfrutar de su legado como estadista, contempla a sus 78 años cómo los logros de una vida quedan enterrados bajo el escarnio de su relación con el autócrata invasor de Ucrania.

Convertido en un paria internacional, Schröder no ha condenado públicamente la guerra de agresión y hasta hace unos días mantenía todos sus lucrativos puestos en los consejos de empresas estatales rusas. Abandonará el de la petrolera Rosneft, pero sigue en el de Nord Stream AG, la gestora del gasoducto que él mismo aprobó cuando era canciller, en uno de los casos de puertas giratorias más groseros que se recuerdan en Europa: se pasó a la compañía dos semanas después de cederle el bastón de mando a Merkel.

El propio Schröder ha hecho añicos su herencia política al no distanciarse de Putin. Nadie se explica por qué. Ni siquiera su biógrafo, el historiador Gregor Schöllgen, con el que el año pasado escribió a cuatro manos un libro en el que condena la anexión de Crimea como “una clara violación del derecho internacional”. Schöllgen rehúsa amablemente contestar preguntas sobre el excanciller, que en su momento le dio acceso total a sus archivos para escribir su biografía, y remite a un texto en el que asegura que el político “ha cometido un grave error”.

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Schröder fue canciller entre 1998 y 2005, tras casi una década presidiendo el Estado de Baja Sajonia. Antes había sido un abogado exitoso, y mucho antes, un chaval de familia muy humilde, huérfano de padre —un soldado de la Wehrmacht que murió en Rumania durante la Segunda Guerra Mundial sin llegar a conocer a su hijo—, que no pudo acabar el instituto porque su madre no podía pagarlo. Se reengancharía más tarde en horario nocturno mientras trabajaba en una ferretería.

Su biografía de hombre hecho a sí mismo y su carisma cautivaron a los alemanes, con la ayuda de su dominio de los medios de comunicación. Tras desbancar en 1998 al hasta entonces invencible Helmut Kohl se encontró con una economía estancada y el paro y la deuda descontrolados. Se le recordará como el líder socialdemócrata que fue capaz de poner en marcha la llamada Agenda 2010, una política de reformas sociales —recortes neoliberales, según sus muchos críticos de la época— con la que Alemania recuperó su papel de locomotora de Europa. Merkel se lo reconoció el año pasado en una entrevista: “Hoy, gracias a las reformas (…) de Schröder tenemos mucha mejor situación laboral. El desempleo se ha reducido casi a la mitad en comparación con 2005″.

En el haber del excanciller figura también el abandono de la energía nuclear, la financiación de las energías renovables, el registro civil de las parejas del mismo sexo y la normalización del papel internacional de Alemania. Bajo su liderazgo, el Ejército alemán intervino por primera vez en el extranjero, en Kosovo y Afganistán, siempre bajo el paraguas de la ONU.

En cambio, los alemanes recuerdan sobre todo el “no a la guerra” que defendió, junto con el presidente francés Jacques Chirac, frente a la aventura militar de George W. Bush y sus aliados (Blair y Aznar, entre otros) para acabar con el régimen de Sadam Husein. Tres días antes del inicio del conflicto, el 17 de marzo de 2003, y ante el ultimátum que había lanzado Washington, Schröder se dirigió a la nación en un discurso televisado. La amenaza del dictador iraquí, dijo, no justifica una guerra ni “la muerte de miles de inocentes”. “Mi respuesta ha sido y es no”, subrayó, vehemente.

Nadie encarna mejor que Schröder la peculiar relación que ha tenido la socialdemocracia alemana con Rusia en las últimas décadas. Él siempre hizo suyo el dogma del Wandel durch Handel (el cambio a través del comercio), que propugna que los lazos económicos estrechos con países autoritarios acabarán transformándolos en sistemas más democráticos. Pero en lugar de trabajar desde el lado alemán, lo hizo desde el ruso, y enriqueciéndose por el camino. Se calcula que sus puestos en las empresas controladas por el Kremlin le reportaban alrededor de un millón de euros al año. Mientras, su labor de lobista aumentaba peligrosamente la dependencia del gas ruso. Cuando el Bundestag decidió hace unos días quitarle la oficina y el personal del que disfrutan los excancilleres, la opinión mayoritaria era que nunca trabajó para los intereses de Alemania.

Para ser alguien tan cuidadoso con su imagen pública siendo canciller, a Schröder hace tiempo que le dan igual las apariencias. En 2014 celebró su 70º cumpleaños en compañía de Putin en un hotel de San Petersburgo, solo unas semanas desde la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia. Su papel de lobista de los intereses rusos, que ha ejercido sin disimular durante más de 15 años, ya había ensombrecido entonces al de estadista. La guerra ha culminado la autodestrucción de su legado. Su silencio es “trágico”, escribe su biógrafo. “Porque así es como se echan a perder los logros de una vida que merece ser recordada”.

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Sobre la firma

Elena G. Sevillano

Es corresponsal de EL PAÍS en Alemania. Antes se ocupó de la información judicial y económica y formó parte del equipo de Investigación. Como especialista en sanidad, siguió la crisis del coronavirus y coescribió el libro Estado de Alarma (Península, 2020). Es licenciada en Traducción y en Periodismo por la UPF y máster de Periodismo UAM/El País.

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