Joanna Pocock: “Las redes provocan una separación entre cuerpo y realidad”

La autora canadiense se zambulló en los espacios semisalvajes del Oeste americano. Dice que internet nos aleja de nuestro propio físico

La escritora Joanna Pocock, el 28 de abril en Londres.
La escritora Joanna Pocock, el 28 de abril en Londres.Ione Saizar

La canadiense Joanna Pocock (Ottawa, 1965) decidió en 2014 abandonar Londres, donde vivía desde hacía más de tres décadas, y zambullirse sin preparación previa en los espacios abiertos, todavía semisalvajes, y el espíritu pionero del Oeste americano. Missoula, Montana. Allí escogieron cumplir 50 años ella y su marido, acompañados de su hija de siete. El resultado de aquellos dos años es Rendición (editorial Errata Naturae), una colección híbrida, entre el ensayo y el reportaje, escrito con una elegancia exquisita. Pocock se mezcla con los tramperos de lobos, con los nómadas que siguen a los bisontes en su vasto recorrido por medio continente, o con la comunidad ecosexual decidida a hacer el amor con la Tierra para salvarla de su extinción.

Pregunta. Rendición, ¿por qué?

Respuesta. Porque es el primer paso hacia la plena conciencia y hacia la aceptación de la realidad. Si combates y te resistes, no estás abierto a nada. Combatir es una forma de negación. Si te rindes, te abres. No se trata de bajar los brazos, como podrías hacerlo en una batalla. Yo veo la rendición como una entrega, como una forma de fortaleza.

P. Como una forma de abandono…

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R. En la forma en que aparece en la tradición budista. No soy practicante, pero tengo un inmenso respeto por su modo de pensar. No nos vendría mal a todos un poco de esa manera de entender la vida.

P. Escapada al oeste de Estados Unidos desde una metrópoli como Londres, a punto de cumplir los 50 años. ¿Por qué?

R. Fue cosa sobre todo de mi marido, Jason, que comenzó a mostrarse muy inquieto a medida que se aproximaba esa edad. Te pones a pensar todo lo que no has hecho y quieres hacer. Necesitábamos escapar. Pensamos en destinos diferentes, como El Paso o San Antonio, en Texas. Incluso en el Estado de Nueva York. Por una serie de coincidencias, empezamos a escuchar cada vez más el nombre de esta ciudad, Missoula, en el Estado de Montana. No habíamos estado nunca allí, y nos dejamos guiar por las tripas y el instinto.

P. Y qué mejor método de inmersión en la cultura del lugar que apuntarse a un curso de trampas para la caza del lobo…

R. [Risas] ¡Era gratis! Yo estoy muy en contra de la caza con trampa, pero pensé, si vas a ser antialgo, lo mejor que puedes hacer es aprender sobre ello. Me ayudó a entender el grado de división que existe ahora en Estados Unidos. Para ellos, probablemente, yo era el enemigo. Una liberal [en el lenguaje político estadounidense, alguien con ideas progresistas] que está en contra de los tramperos. Pero a la vez fue una experiencia enriquecedora. No intenté imponer a nadie mis valores o principios, y puse cara a personas que hacían algo con lo que yo estaba en desacuerdo. Me gusta escuchar a la gente explicar lo que hace. Y que, de algún modo, me fuercen a cuestionar mis propias ideas.

P. Porque se puede ser conservador y a la vez conservacionista.

R. Allí encontré una actitud más cercana al vive y deja vivir, un conservadurismo con “c” minúscula, casi libertario. Puedes encontrarte con gente que se sitúa en la extrema derecha, como algunos rancheros, que tienen una auténtica vocación por cuidar y respetar su tierra. Y al mismo tiempo cruzarte con personas que se consideran progresistas y conducen sus 4×4, devorando gasolina, y tienen puesta la calefacción a todas horas.

P. Defiende en el libro la constatación de que, en este mundo, todos somos presas…

R. Uno de los mayores problemas que tenemos es esta idea de que el ser humano es algo excepcional. El sentimiento de que alguien nos ha entregado la Tierra para hacer con ella lo que queramos, como sus gobernantes supremos. No nos vendría mal algo de humildad. Deberíamos recordar que no controlamos todo. Lo ves claramente cuando te rodean animales clave, como ocurre en Montana. Lobos, osos, todas aquellas especies que ya no existen en el Reino Unido, y que guardan el equilibrio del ecosistema. Controlan el número de ciervos, y si hay menos ciervos hay más vegetación, más pájaros, etcétera. Como humanos, es importante rendirse a la idea de que también podemos morir, y que no somos más importantes que otras criaturas.

P. Hay ya una corriente de pensadores, comprometidos contra el cambio climático, que alertan contra este anuncio constante del fin del mundo, que provoca que la gente tire la toalla.

Debemos tomarnos la protección del planeta con una actitud zen, de aceptar la realidad tal y como es

R. Es algo en lo que pienso constantemente. Nuestro planeta no tiene necesariamente que desaparecer. Pero sus porciones habitables serán cada vez más pequeñas, y sus recursos más escasos. Y eso va a conducir necesariamente a situaciones peligrosas. Hace poco leí un ensayo de Derrick Jensen que escribió hace 15 o 20 años en la revista Orion. Cuando estás sentado en el lecho de un ser querido que se está muriendo, no “confías” en que se recupere. Haces lo que sea posible por que mejore. Quizá ese debería ser el modo de trasladar a la gente el mensaje. Hagamos algo entre todos. Lo que podamos. No esperemos a que alguien más dé con la solución. Todos debemos tomárnoslo en serio, pero compaginarlo a la vez con una actitud un poco zen, en el sentido de aceptar la realidad tal y como es.

P. Y en medio de su estancia en Montana, atraviesa esa experiencia llamada menopausia.

R. Divertida, divertida, divertida…

P. Casi lo parece, al leerlo…

R. No lo es, está claro. Y para algunas mujeres es un infierno. Quizá yo he tenido más suerte. He tenido cambios de ánimo, ataques de calor, pero, de nuevo, ha sido también una especie de rendición. No he intentado combatirlo. Como esos edificios de los países con muchos terremotos. Aceptas el movimiento porque sabes que no te va a quebrar. Tiene que haber un motivo para lo que está sucediendo, me dije, y debo acercarme a ello para entenderlo…

P. Coincidió además con la muerte de sus padres. ¿Habría sido diferente en otro lugar que no fuera Montana?

R. Creo que sí. Si me hubiera pillado en Londres, con una vida tan reglamentada y llena de tareas, hubiera sido diferente. Allí me sentí más libre, adquirí un modo de pensar más abierto y, a la vez, más conectado a la tierra. Me hizo más flexible para asumir todos esos cambios.

P. “La tierra es nuestra amante. Estamos loca, pasional y ferozmente enamorados”. También pudo conocer una comuna ecosexual.

R. Intentan que tomemos conciencia del estado de nuestro planeta a través del sexo y la diversión, con una serie de rituales que se han inventado. ¿Son unos ingenuos? No lo sé, quizá. ¿No lo somos todos? Me gustó su optimismo y su modo de pensar. Y a lo mejor son capaces de llegar a alguna gente para la que los mensajes catastrofistas no funcionan.

P. Finalmente, tiene una guerra declarada a las redes sociales.

R. Son culpables del clima de división agravado que vivimos. Creo que han provocado una incorporeidad, una separación entre el cuerpo y la realidad. Nos han alejado de la naturaleza, incluso de nuestro propio físico. Cada vez veo más jóvenes que se autolesionan, que quieren alterar su apariencia. No son felices. Están completamente desconectados con la naturaleza.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel

Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.

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