Trabajar cansa
Columna
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Superricos superlibres

Si Elon Musk y estos supermillonarios tan fantásticos se encargan de repartir el dinero, seguro que algo me acabará llegando. Están muy preparados y han estudiado, no como otros

Elon Musk en la 'megafábrica' de Tesla en Grünheide (Alemania) en septiembre de 2020.
Elon Musk en la 'megafábrica' de Tesla en Grünheide (Alemania) en septiembre de 2020.Patrick Pleul

El otro día le preguntaron a Elon Musk, el magnate de los coches eléctricos Tesla, cómo hacer con los impuestos a los más ricos. Y contestó entre risas: “No veo sentido a quitarle el trabajo de la redistribución de la riqueza a quienes mejor saben hacerlo para dárselo a los gobiernos, entidades claramente ineptas en esa tarea”. Supongo que si yo fuera la primera fortuna de la Tierra también me daría risa todo. Al no serlo me da un poco menos, pero me quedo tranquilo porque si estos supermillonarios tan fantásticos se encargan de repartir el dinero, seguro que algo me acabará llegando, esta gente está muy preparada y han estudiado, no como otros. Si no, a malas, me tendré que arreglar con lo que organice mi Gobierno. Qué mala suerte que no haya por aquí un potentado salvador que tome las riendas.

Las cosas llevan su tiempo, y lo que un día parecen tonterías pueden ser señales de algo que simplemente aún es prematuro. Por ejemplo, supongo que conocen a ese millonario que se presentó a las elecciones de EE UU con un programa populista de derechas, defendiendo al auténtico pueblo americano frente a las élites intelectuales y liberales. No estoy hablando de Trump, sino de Ross Perot, un señor ya olvidado que decía esto mismo en 1992, hace 30 años, y daba risa. Luego viene lo que ya sabemos, que acaba en el asalto al Capitolio. Ha tardado pero ha llegado.

Se ve muy crecidos a estos supermillonarios de última generación, y normal, si les tratamos como a gurús providenciales. Tienen clarísimo cómo tiene que ser el mundo y lo incómodas que son todas estas reglas y leyes que nos impiden ser superlibres, sobre todo a ellos, los superricos. Esa búsqueda de libertad los lleva incluso a lanzarse con cohetes a la estratosfera y tener ya planes para colonizar Marte: por fin un planeta para ellos solos, donde sin estas anticuadas ataduras podrán instaurar un mundo nuevo. Y si no, se lo inventan. Ahí tenemos ya el metaverso, una realidad paralela de propiedad privada.

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Los rohinyás, la etnia musulmana perseguida en Myanmar, lo ven de otra manera. Han denunciado a Facebook por 150.000 millones de dólares por complicidad en su genocidio. Es lo bueno de las redes sociales, que lo mismo organizas una quedada que un genocidio. Como explicaba la semana pasada The Times y un artículo de John Carlin en La Vanguardia, en países pobres esta red social es sinónimo de internet y es la única fuente de información, con el detalle de esos famosos algoritmos que amplifican mensajes de odio. En cuanto a los países ricos, una exempleada de Facebook, Frances Haugen, ha tenido la amabilidad de contarnos cómo esta compañía sabe que los partidos políticos europeos elevan su agresividad para que el algoritmo los tenga en cuenta. Sin odio y polarización no tienen visibilidad. Todo por la pasta, para qué vas a poner puertas al campo. Lo curioso es que cuanto más se perfeccionan los mecanismos de evasión, más atrapados estamos en ellos.

El otro día vi un mendigo que rebuscaba en el contenedor de papel, sacaba un periódico y se sentaba al sol a leerlo (no tenía ni móvil). Al verle abstraído, fuera de la realidad e inmerso en la lectura, cómo no creer en el maravilloso poder del texto escrito, un trozo de papel con garabatos que es capaz de producir placer, hacer pensar y comprender mejor el mundo. Detiene el tiempo, aunque sea un diario atrasado. A este hombre no le cambiaba nada. Paradójicamente, pensé que estaba más presente en el mundo que yo, aunque yo esté más informado (que tampoco sé, la verdad).


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Sobre la firma

Íñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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