TRABAJAR CANSA
Columna
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Más pop y menos despacho

Cuanto más se extienda el campo de lo políticamente correcto llevado a la memez, más tendrá para galopar la extrema derecha

Antonino Spirlì, en el funeral de la exgobernadora de Calabria Jole Santelli, en octubre de 2020.
Antonino Spirlì, en el funeral de la exgobernadora de Calabria Jole Santelli, en octubre de 2020.Valeria Ferraro (SOPA Images/ LightRocket / Getty Images) (SOPA Images/LightRocket via Gett)

El documental de los Beatles empieza con un aviso: sale gente fumando. Dios mío, me dije, qué hago, lo quito, me asusto, rezo tres avemarías. En un anuncio de Coca-Cola también me fijé en un mensajito que aconsejaba subir escaleras para una vida saludable. Y esto con conceptos vagamente populares como los Beatles y la coca-cola, que no necesitan explicaciones.

Usamos un lenguaje cada vez más tonto, nivel galleta china. De matriz ejecutivo-publicitaria-autoayuda, paridas de los despachos de los campus de EE UU. E incluyo el lenguaje inclusivo cuando llega a la ridiculez. El problema es que deja vía libre a los que van de auténticos y brutos, como si eso fuera lo sanote y lo normal, y como si ellos representaran el pueblo llano y el sentido común. Miren el otro día Macarena Olona, de Vox, en un mitin en Huelva: “A los desahuciados de Andalucía les diría que esto no va de derechas o de izquierdas, sino de la voz auténtica que lucha por el pueblo”. Y hasta reivindicó a Julio Anguita, que hay que tenerlos cuadrados. Se veía venir, en Italia y Francia la ultraderecha lleva años en eso.

Se acaban de cumplir 30 años de algo que ya ni mentamos: la disolución de la URSS. Con ella también se derrumbó un modo de hablar. Nanni Mo­retti retrató el momento en el documental La Cosa (el partido comunista, que abandonaba su nombre y ya no sabían ni cómo llamar). En él se ven memorables monólogos de militantes desorientados con una jerga ya perdida, un dialecto extinto. Ya nadie habla así, daría risa. Pero el lenguaje, la terminología, era muy importante. Había que saber un huevo de economía y filosofía política, o parecerlo. Sí, estaba la poesía de la justicia y la igualdad, pero eso no te eximía de saber lo que era la plusvalía. Sales hoy a preguntar y quizá no lo saben ni en la Real Academia. Hoy que somos todos consumistas y narcisistas y se lee la realidad a través de series, porque El capital, el de Piketty, es un tocho, dónde vas con esta tropa. Lo que entra para examen es disertar sobre el género sentido en personas que están detransicionando y cosas así. Te sabes eso y ya eres de izquierdas, y si no, te tiran en el teórico. Pero no es tan fácil, aunque te parezca bien que cada uno haga lo que quiera, casi hablan adrede para que no te enteres y notes lo fuera de onda que estás. A la gente no le gusta que le riñan, por eso triunfa Yolanda Díaz, no echa broncas.

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En esa misma Italia roja de toda la vida de los noventa la gente votó en unos años a la Liga Norte, independentistas que llamaban paletos a los del sur y decían que Roma les robaba. Mientras los rojos se hicieron inofensivos, ellos empezaron a pasar por normales. Permítanme que les presente ahora a Nino Spirlì, de 60 años, de la Liga, hasta hace dos meses presidente de Calabria, la punta de la bota italiana. Esto puede parecer un oxímoron, y lo era, pero ya es normal. Es algo así como si uno de ERC fuera presidente de Andalucía. Pero Spirlì además es homosexual y católico. Dice, por ejemplo: “Estamos en manos de los lobbies, y al que debería pertenecer yo es de los peores, el de los maricones. Te dicen que, si no eres comunista, no eres homosexual”. Y esgrime un rosario, y dice que dirá “negro” hasta que se muera. En fin, que aquí nos queda mucho por ver, y cuanto más se extienda el campo de lo políticamente correcto llevado a la memez, más tendrá para galopar la extrema derecha. Cuanto más claro hable la izquierda para que se le entienda, y sin darse aires de nada, mejor le irá. Spirlì lo explicó así: “Tenemos que ser cada vez más pop y menos de despacho”. Y ya saben: cuando haces pop ya no hay stop.

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Sobre la firma

Íñigo Domínguez

Es periodista en EL PAÍS desde 2015. Antes fue corresponsal en Roma para El Correo y Vocento durante casi 15 años. Es autor de Crónicas de la Mafia; su segunda parte, Paletos Salvajes; y otros dos libros de viajes y reportajes.

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