CRÍTICA | 'The Beatles: Get Back'
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

‘Get Back’: el documental de Peter Jackson sobre los Beatles es un acontecimiento

Una producción para la historia, una experiencia inmersiva en su creatividad. En 22 días que empiezan un tanto perdidos hacen canciones para disco y medio

Paul McCartney, George Harrison, Ringo Starr y John Lennon, en enero de 1969, durante las sesiones de 'Let It Be'. Disney (Linda McCartney. 2020 Apple Corps Ltd.)

Es conocida la tendencia de Peter Jackson a la desmesura en el metraje: su aclamada trilogía de El señor de los anillos suma 9 horas en su versión comercial y 11 en la extendida. Ahora el director nos regala The Beatles: Get Back, que estrena este jueves Disney+, una inmersión de casi ocho horas en las sesiones de grabación de Let It Be en enero de 1969 a partir de las filmaciones de 22 días de trabajo de los Fab Four. Ha dicho Jackson que pensaba hacer una sola entrega de dos horas y media, pero la pandemia le dio tiempo de sobra para estudiar, restaurar, editar y montar un material tan abrumador que desembocó en tres capítulos de larga duración.

Los Beatles están bajo fuerte presión, incómodos por las cámaras que les observan sin descanso, indecisos sobre el rumbo que deben tomar y, no es tan explícito esto, cercanos al final. Y, sin embargo, en solo tres semanas son capaces de crear desde la nada las canciones del álbum Let It Be y la mitad de las del siguiente y último, Abbey Road; para colmo se nos muestran todas las que desechan (una pena por la rítmica y antirracista Commonwealth, entre otras), y algunas que acabarían en sus primeros trabajos en solitario (All Things Must Pass, Jealous Guy, Another Day).

Get Back es un acontecimiento para la historia de la música popular, porque saca a la luz una cantidad enorme de material inédito de los Beatles, el más relevante al menos desde la trilogía Anthology, de 1995. Y porque logra todos sus objetivos: sumergir al espectador en la sala de ensayos y grabación del grupo más importante del siglo XX, observar el proceso creativo de la pareja más fecunda que ha dado el pop. Y mostrar a la vez sus complejas relaciones personales: la camaradería propia de unos chicos que llevaban juntos desde adolescentes y habían vivido algo extraordinario en apenas siete años, pero en los que se advierte el desgaste del éxito y la tendencia centrífuga que los separará solo algunos meses después.

Artesanía

Es una producción impecable y cruda, en la que apenas algunos subtítulos y contadas imágenes de archivo ponen contexto a lo que están haciendo los Beatles en ese tiempo y ese lugar. Para los melómanos, el gancho es asistir a la artesanía de cada canción: uno trae una melodía, la toca y la tararea porque no ha escrito la letra, los otros ayudan a afinarla a lo largo de muchas sesiones, hasta que coge forma y acaba sonando redonda, perfecta. Un día se retrasa Lennon y McCartney se pone a improvisar un riff mientras canta, en un mensaje a su compañero ausente: “Vuelve a donde perteneces”. Así nace la canción que da título a la película. Para los mitómanos, el gancho es esa especie de Gran Hermano con los Beatles, que permite observar como un voyeur a un McCartney entusiasta que intenta erigirse como líder; a un Lennon a veces distante, otras sarcástico y divertido; a un Harrison irritable que se siente ninguneado por sus compañeros en su mejor momento creativo; a un Ringo Starr que evita conflictos y está cómodo en su perfil bajo. Se observa, y eso es novedoso, que la química entre John y Paul funciona hasta el final: se entienden, respetan y complementan; eso coincide con que George despunta como autor. Y allí están Yoko Ono como la intrusa omnipresente (la película evita presentarla como la villana), Linda McCartney con su hija Heather, el teclista Billy Preston como el quinto beatle de esta etapa, el productor George Martin y todo un ejército de ingenieros, productores, cámaras, asesores, fotógrafos que pululan por los estudios.

Jackson trabajó a partir de unas 60 horas de filmaciones y 150 horas de sonido, un material guardado bajo llave desde que se registró para la película Let It Be, de 1970. Ensamblarlo todo fue un esfuerzo monumental que obligó incluso a leer sus labios para que todo encajara; el resultado es deslumbrante en su calidad visual y sonora. Aquella primera película que dirigió Michael Lindsay-Hogg, como el álbum del mismo nombre, se publicó cuando ya se había anunciado la disolución de la banda y cada uno de ellos iniciaba su carrera en solitario. Por eso se la considera la crónica del fin de los Beatles, pero en realidad no fue su último trabajo, sino Abbey Road, grabado, ya sin cámaras, meses después.

Un poco de contexto: en enero de 1969, ha pasado un año y medio de la muerte de Brian Epstein, el manager que había cuidado de ellos; han vuelto de un fallido retiro espiritual en la India; acaban de lanzar el álbum blanco (The Beatles), que marca su regreso a la sencillez del rock and roll después de su etapa psicodélica. Llevan tres años sin actuar en directo, un periodo muy fértil en el que elevaron su ambición artística. Haber simplificado su sonido, en busca de las esencias, les hace pensar en subir de nuevo a los escenarios. Más cosas estaban cambiando: Lennon ya estaba unido a Yoko Ono y exigía que ella estuviera constante y literalmente a su lado; parecía menos implicado en el proyecto común (acababa de colaborar con los Stones en Rock and Roll Circus; antes de la separación oficial ya había dado dos conciertos con Ono y Eric Clapton). McCartney ha tomado claramente las riendas de la banda, pero su liderazgo es discutido, abiertamente por Harrison y de forma más sutil por John. Tienen diferencias, además, sobre quién y cómo debe gestionar sus negocios.

La película de Jackson muestra, de inicio, a unos Beatles un tanto perdidos. Se dan un plazo de tres semanas para un proyecto que no tienen claro. Es sorprendente que aceptaran ser filmados a todas horas, a menudo con las cámaras y micrófonos encendidos cuando no hay nadie más en el estudio (cuentan que se les tapaba la luz roja del objetivo). Oímos sus conversaciones, sus dudas, sus momentos de relajo y de enfado. Planean reaparecer en un especial para televisión, como había hecho Elvis Presley el año anterior, pero no llegó a celebrarse. Y, sobre todo, quieren volver al directo y que sea a lo grande. Manejan distintas fórmulas muy seriamente, la más delirante embarcar con el público en Inglaterra y navegar hasta Libia para actuar en un antiguo teatro romano junto al mar.

La inspiración para los nuevos temas no llega sola: dedican mucho tiempo a improvisar, a dar vueltas a cada idea, a hacer versiones (sobre todo de Chuck Berry y otros clásicos del primer rock and roll; pretenden volver a las raíces, a lo que hacían en Hamburgo), se intercambian a ratos los instrumentos (todos pasan por la batería y el piano); incluso intentan recuperar canciones que compusieron muy jóvenes. Quien llegue al tercer capítulo verá adónde llevó ese proceso aparentemente caótico. La idea de un concierto de masas da un giro y acaba en una modesta pero genial actuación por sorpresa de algo más de 40 minutos en la azotea del edificio de Apple Corps en el centro de Londres, solo para quienes pasaban por allí, hasta que llega la policía y ordena parar. Esa actuación se recupera íntegramente; es asombroso que al día siguiente, culminado el proyecto, vuelvan al estudio y ya estén hablando de las próximas canciones que grabarán.

Riñas, desconcierto y talento

El Let It Be de 1970 era un documental técnicamente un tanto rudimentario que lleva décadas sin ser reeditado y nunca tuvo versión digital. La mayor parte del metraje, 80 minutos, se lo llevan las canciones que interpretan en el estudio y su última actuación en directo. Pero ya incluye momentos de jolgorio y de riñas, entre ellas la famosa discusión entre Paul y George en la que este le acaba diciendo: “Tocaré como quieras y no tocaré si no quieres”. En Get Back, sin embargo, tenemos un relato completo de aquella crisis. Harto de sentirse humillado por Paul, George le replica en otro momento: “Tú necesitas a Eric Clapton”. Coge la puerta y se marcha a Liverpool; tardará seis días en dejarse convencer para regresar. En ese lapso Lennon dice a McCartney que sí, que igual hay que llamar a Clapton. Percibimos su desconcierto. Oímos una conversación de cafetería en la que John reprocha a Paul que corrija tanto a los demás, pero luego no admita que nadie le diga nada de sus arreglos. Paul le admite a John: tú eras el jefe aquí, pero yo he tenido que serlo estos dos años y me cuesta. Meses después, Lennon consideraría una traición que fuera McCartney quien anunciara el fin de los Beatles, su banda, la de John.

Se ha dicho que Let It Be es una crónica amarga del final de los Beatles, y que el objetivo de Jackson con Get Back era recuperar una versión más luminosa de ese tiempo, demostrar que pese a los roces estaban unidos, se lo pasaban bien juntos, y estaban comprometidos con su monumental obra. En realidad, ni Let It Be es tan sombría ni Get Back tan festiva. En las dos producciones vemos luces y sombras. Lo que pasa es que Get Back se detiene con todo el detalle en episodios que solo de pasada se asoman a la película de 1970 o fueron omitidos. Esta nueva versión de aquel material hacía falta porque en su día no se creyó oportuno aprovecharlo con esta ambición. Fueron los propios Beatles los que evitaron una distribución más amplia de la película Let It Be, porque no quedaron satisfechos con la imagen que daba de ellos. Ganaron un Oscar (a la mejor banda sonora) que no recogieron. Resulta que, visto un relato mucho más extenso de esos 22 días, los conflictos no son los protagonistas, aunque los hay, sino el extraordinario talento de unos jovenzuelos (no habían cumplido 30 años) a los que tres semanas bastan para hacer de todo.

La objeción que puede ponerse a Get Back es que está hecho por un fan y dirigido a los fans. No todo el público apreciará escuchar ocho versiones distintas de una misma canción, verla crecer a lo largo del metraje. La extensión puede ser disuasoria; quizás habría resultado más digerible en seis o siete capítulos de algo más de una hora.

Coincidiendo con el estreno, se ha publicado el libro The Beatles: Get Back (Cúpula), con textos del propio Jackson, grandes fotos y la transcripción, día a día, de todos los diálogos que aparecen en el documental. Además, la discográfica Universal ha lanzado una edición especial en caja super deluxe del álbum Let It Be, que incluye 27 grabaciones inéditas de las que han salido ahora a la luz.

Disney+ culmina con este lanzamiento su apuesta por los Beatles como franquicia, al estilo de lo que ha hecho con Star Wars o Marvel; por fortuna lo está explotando con mucho más mimo. La misma plataforma ya estrenó McCartney 3, 2, 1, una miniserie para melómanos en la que Paul y el productor Rick Rubin diseccionan algunas de sus canciones. Claramente es McCartney quien controla hoy el relato de quiénes fueron los Beatles, pero el tiempo transcurrido le permite mirar atrás con buen criterio, porque los choques de egos no resultan tan irritantes medio siglo después. Peter Jackson ha trabajado de acuerdo con los beatles vivos y las viudas de los fallecidos, pero dice haber decidido con total libertad. Get Back completa como ya no esperábamos el enorme legado de The Beatles en la historia de la música.

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Sobre la firma

Ricardo de Querol

Es subdirector de EL PAÍS. Licenciado en Ciencias de la Información, ejerce el periodismo desde 1988. Inició su carrera en Ya y trabajó una década para Diario 16. Ha sido director de Cinco Días y de Tribuna de Salamanca. En EL PAÍS ha sido redactor jefe de Sociedad, de Babelia y de la mesa digital, además de columnista.

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