Pierre Dardot: “Felipe González y Tony Blair ya no tienen nada que ver con la socialdemocracia”

El pensador francés, estudioso de Marx, reflexiona sobre el concepto de soberanía política en el nuevo libro que firma junto a Christian Laval

El filósofo Pierre Dardot, en Madrid este pasado 2 de diciembre.
El filósofo Pierre Dardot, en Madrid este pasado 2 de diciembre.INMA FLORES (EL PAIS)

El filósofo Pierre Dardot pasa revista en su último libro al Estado moderno. Una estructura creada en el siglo XVI que sigue en pie tras sucesivas transformaciones, y que ejerce un dominio impersonal sobre la sociedad.

Un viento gélido recibe en Madrid a Pierre Dardot (París, 1952), que llega a la entrevista directamente desde Bilbao. “Allí no paraba de llover”, comenta el filósofo, resignado a los caprichos del clima otoñal que le han acompañado en la gira de presentación en España de su último libro, Dominar (Gedisa, 2021), escrito en colaboración con el sociólogo Christian Laval. Retirado ya de la docencia —ha sido profesor en la Universidad París Nanterre—, Dardot vive entregado a la investigación filosófica, aunque tiene excelentes recuerdos de sus años de profesor. Autor, junto a Laval, de ensayos políticos como La nueva razón del mundo, Común, La pesadilla que no acaba nunca o La sombra de Octubre, un interés común por Karl Marx les llevó a crear en 2004 el grupo Question Marx, y puso los cimientos de una fructífera colaboración. Su último libro indaga en la naturaleza de la soberanía que ejerce el Estado moderno, del que, considera, habría que conservar las instituciones de carácter social, “pero transformándolas y democratizándolas”.

Pregunta. ¿El título de su libro significa que dominar es el principal objetivo del Estado?

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Respuesta. No, no conscientemente. Pero ejercer la soberanía consiste en dominar. Hemos querido reelaborar la noción de “dominación” porque en Filosofía Política se interpreta siempre como una relación entre personas. La soberanía del Estado, en cambio, tiene un carácter impersonal. Se ejerce a través de leyes y reglas administrativas.

P. Se trata de una construcción contingente, pero ¿podríamos vivir sin Estado?

R. Es difícil imaginarlo porque estamos muy acostumbrados a vivir dentro de una estructura estatal. En Francia, hasta los neoliberales más recalcitrantes tienen una conciencia de Estado. Ante la menor crisis, invocan al Estado para que les ayude, igual que los grandes empresarios.

P. En su libro observo cierta contradicción. Se critica al Estado, pero se le presenta también como el único freno al capitalismo global.

R. Es que hay una contradicción interna en el Estado moderno que se remonta a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se crean las instituciones del Estado social, como la sanidad pública, la educación. No lo ponemos en el mismo plano que los aspectos policiales, represivos, que son también del Estado. Consideramos que hay una relación que puede ser contradictoria entre esas dos partes. Lo que nos parece es que hay que conservar las instituciones del Estado social, pero transformándolas, democratizándolas. Hay que dar más participación a lo local. Recientemente me contaron que en Bélgica hay centros médicos o “casas de salud” que se construyen en los barrios como instituciones de derecho privado. Están mucho más cerca de la lógica de lo común que esas inmensas estructuras hospitalarias que vemos en Francia. Y en ellas, los pacientes pueden colaborar con los facultativos en la elaboración de sus informes médicos.

P. El Estado moderno nace en el siglo XVI, como una copia del Estado Vaticano. ¿La crisis de la Iglesia católica puede ser un aviso de la crisis que le espera?

R. Es indudable que sufre ya una crisis de representatividad. La idea de que al frente del Estado había un poder con una representación legítima entró en crisis hace 25 o 30 años. La fe en el Estado como entidad capaz de asumir unas competencias, que había desarrollado unos saberes ligados a su función, se ha perdido. De ahí que la abstención electoral sea enorme.

P. En su opinión, además, ha dejado de ser el protector del trabajador para convertirse en el protector del capital global y de sus dueños.

R. Efectivamente. Ha habido una transformación. El Estado se ocupa ahora de facilitar la circulación del capital global. Por ejemplo, con exenciones fiscales. La Inglaterra de Johnson es increíble en eso.

P. Dice que el Acta Única Europea de 1986 es el documento más importante de la era neoliberal. ¿Por qué?

R. Consagra el equilibrio presupuestario y la estabilidad monetaria como reglas de oro que se sustraen completamente al control de los pueblos, de los países que integran la UE. Es un acuerdo impuesto. Son reglas que están por encima de la política, y de las alternancias electorales, y los gobiernos de derecha o de izquierda las aceptan porque hay una continuidad.

P. Entonces, ¿el neoliberalismo se lleva bien con la izquierda y la derecha? Precisamente 1986 es el año de ingreso de España en la UE con un Gobierno socialdemócrata.

R. Efectivamente. No quiero decir que todo sea igual. Hay diferencias. Lo mismo que hoy vemos las diferencias que existen con la Hungría de Orbán. En cuanto a la socialdemocracia, entre 1980 y 1990 se produce un cambio radical y, en mi opinión, el término deja de ser válido. Gerhard Schröder o Tony Blair ya no tienen nada que ver con la socialdemocracia, aunque se sigan llamando socialdemócratas.

P. ¿Y Felipe González?

R. Tampoco. En Francia los socialdemócratas apenas recogen un 5% o 7% del voto. Les va fatal. España al menos tiene un partido que se declara socialdemócrata y que es importante.

P. Sí. Aunque gobierna en coalición con una formación más a la izquierda y con el apoyo externo de partidos independentistas.

R. La cuadratura del círculo.

P. ¿Qué propone usted a la gente que quiere acabar con el neoliberalismo? A los que quieren, claro, porque hay mucha gente que está contenta con ese sistema.

R. Por supuesto. Hay capas enteras de la sociedad que se han adherido totalmente no ya a la ideología neoliberal, sino a la forma de vivir neoliberal. Por eso creo que la batalla hay que plantearla en el terreno del modelo de vida. La cuestión es si la izquierda es capaz de ayudar a los movimientos que quieren promover otra forma de vivir.

P. Como gran experto en Marx, ¿qué cree usted que le asombraría más si pudiera darse una vuelta por el siglo XXI, la nueva piel del capitalismo o la República Popular China?

R. No sé. Pero lo de China es un caso único en el mundo. La fusión del capitalismo más salvaje con el Estado totalitario. Y por el momento tiene éxito. Eso sí, con aspectos catastróficos para la vida cotidiana de los ciudadanos.

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