crisis del coronavirus

Por qué los mayores piensan que los jóvenes de hoy en día lo hacen todo peor. Así opera la ‘juvenofobia’ en la crisis del coronavirus

La desconfianza mutua entre jóvenes y mayores crece con crisis como la que estamos viviendo. Una investigación académica sostiene que cuanto más autoritario es el adulto, más piensa que el joven es irrespetuoso

Grupos de jóvenes en Barcelona, el pasado mes de julio.
Grupos de jóvenes en Barcelona, el pasado mes de julio.Enric Fontcuberta/EFE / EFE

A los que una vez fueron jóvenes, y ya no lo son, les cuesta entender a las nuevas generaciones. Los que llevan menos tiempo en el mundo tratan de diferenciarse y pueden llegar a repudiar a sus mayores. Entre la juvenofobia y el individualismo —agravados por la grave crisis y el acelerón tecnológico—, la desconexión intergeneracional puede causar graves disfunciones en la sociedad.

“Por un lado, la sociedad es juvenófila, porque encumbra la juventud”, explica Carles Feixa, catedrático de Antropología de la Universidad Pompeu Fabra. “Por otro lado, la sociedad es juvenófoba. Critica, generación tras generación, los cambios que traen los jóvenes, sus pensamientos, estéticas y estilos de vida”. Durante la pandemia vemos cómo con frecuencia se ha tachado a la chavalería, sin matices, de irresponsable ante una enfermedad que, además, tiene un importante sesgo generacional: afecta mucho más a los mayores que a los jóvenes. La sociedad tampoco es ejemplar en el trato a las personas mayores, a menudo apartadas e invisibilizadas.

El sentimiento de desconfianza es mutuo: los jóvenes de entre 15 y 29 años en España suspenden a la democracia con un 4,6 sobre 10, según un barómetro del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de 2019. Un 66% de ellos reconoce que desconfía de los partidos políticos, de acuerdo con el mismo estudio. Tienen la impresión de que las generaciones precedentes han roto el contrato social mediante el cual a través del esfuerzo y la aceptación de las normas se podía conseguir una vida decente. Y de que les dejan el planeta hecho unos zorros. A los miembros de la generación del baby boom, ya talluditos y ocupantes durante los últimos años de los puestos de poder, los jóvenes les espetan, despectivamente, la expresión “OK, boomer”. El célebre youtuber El Rubius, que tiene ingresos millonarios y es ejemplo para millones de jóvenes, ha causado un escándalo al decidir tributar en Andorra. Muchos han visto en ello (a pesar de que hay casos similares en todas las edades) un ejemplo de la desconexión de cierta juventud individualista con la causa común.

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“Ya tenemos indicios bastante significativos y fiables de que la brecha generacional está aumentando considerablemente”, asegura la socióloga Almudena Moreno, de la Universidad de Valladolid. “Las distancias en perspectivas vitales, en formas de relacionarse, son cada vez mayores: eso produce incomunicación y reacciones antagónicas”. El hecho de que la pareja se forme cada vez más tarde y los hijos lleguen a mayor edad hace que esa distancia crezca. De la brecha generacional se lleva hablando desde los años sesenta, cuando los baby boomers y sus expresiones sub- y contraculturales (mayo del 68, tribus urbanas) comenzaron a rebelarse contra el plácido mundo de sus mayores. Desde entonces las generaciones se han ido sucediendo, a veces de forma algo confusa: generación X, xennials, mileniales, generación Z…, y las épocas de grandes cambios aumentan las diferencias entre ellas.

Las crisis económicas son especialmente perjudiciales para la juventud, que ve su futuro truncado antes de poder asentarse. Y la sucesión de varias crisis en cortos espacios de tiempo puede conducir al desánimo, el nihilismo y la apatía. En la Gran Recesión de 2008 nació el término despectivo nini para definir a aquellos que ni estudiaban ni trabajaban, se habló de “generación perdida” y una parte del talento joven tuvo que emigrar.

La constante aparición de tecnologías contribuye a la desconexión: los jóvenes generan nuevas culturas y formas de comunicarse; los mayores van a rebufo, varados en sus propios espacios, tratando de no perder comba. Es difícil seguir el ritmo del mundo y sus innovaciones. Las cosas van tan rápido que no sería raro que la incomprensión entre unos y otros se diera cada vez a edades más tempranas.

“La brecha intergeneracional es natural —aunque el término ‘brecha’ tiene connotaciones beligerantes y genera una profecía autocumplida de conflicto, no hay que caer en el alarmismo—. Cada generación tiene que diferenciarse de las otras”, dice el sociólogo Mariano Sánchez, decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Granada y director de la cátedra Macrosad de Estudios Intergeneracionales. El contacto intergeneracional en España, señala, tiene mucho más peso dentro de la familia que fuera. No obstante, existen cada vez más iniciativas que promueven este tipo de relaciones, necesarias ya que vivimos en una sociedad que segrega por edad desde el sistema educativo.

“Los chavales de hoy en día…”

El mundo no es lo que era y las nuevas generaciones lo hacen todo peor. En inglés a esta ilusión se le llama kids these days effect (“el efecto los chavales de hoy en día…”). Las personas más autoritarias tienden a pensar que los jóvenes son menos respetuosos, mientras que las personas más inteligentes y lectoras tienden a pensar lo contrario, según una investigación de la Universidad de California. ¿La razón? Un problema de memoria: comparamos nuestro yo actual con el de los jóvenes sin recordar cómo éramos nosotros a su edad. Esto genera distorsiones: ni los jóvenes son como se cree que son ni los mayores eran como piensan que eran.

“Cuando una sociedad critica a sus jóvenes, en el fondo está hablando de sus propios miedos”, explica Jorge Benedicto, catedrático de Sociología de la UNED y expresidente del Comité de Investigación en Estudios de Juventud. Por ejemplo, asegura Benedicto, cuando se dice que los jóvenes no participan en la vida política, una sociedad democrática revela el miedo a la debilidad de sus instituciones.

El panorama no pinta bien para los jóvenes: malas perspectivas laborales, bajas posibilidades de emancipación, ingresos menores que los de sus mayores y mucho mayor riesgo de caer en la pobreza, etcétera. Es el reflejo de un fracaso de la sociedad en su conjunto: preocupada por no entender ni controlar el mundo en que vivimos, busca un otro al que culpar, ya sean los jóvenes, los migrantes u otros colectivos.

“Si no nos ocupamos de las nuevas generaciones, su descontento puede ser el sostén del populismo que venga”, advierte Benedicto. Es necesario un nuevo pacto entre generaciones, y políticas que acaben con la precariedad y permitan a los jóvenes acceder a un trabajo y una vivienda dignos. Un manifiesto de la Red de Estudios sobre Juventud y Sociedad publicado en noviembre denunció la que consideran una injusta culpabilización de la juventud en la pandemia y reivindicó el esfuerzo que muchos de ellos han hecho para tratar de paliarla. Así concluye: “La pandemia supone un gran reto para nuestras sociedades, pero también es una oportunidad para plantear un nuevo contrato intergeneracional, que pueda servir no solo para superar la crisis, sino también para afrontar el futuro con mayor cooperación entre las generaciones”.


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