Música, pedradas y las noches interminables: el bar donde nació el sonido Gijón resiste a todo

‘La Plaza. Confesiones de un bar musical’ es la historia novelada del local donde nacieron bandas míticas de los noventa durante una revolución que, como suele ocurrir, solo se notaba fuera de sus paredes

Nacho Vegas, Nacho Álvarez y José Luis García en la primera sesión de fotos profesional de Manta Ray en el bar La Plaza en 1995.
Nacho Vegas, Nacho Álvarez y José Luis García en la primera sesión de fotos profesional de Manta Ray en el bar La Plaza en 1995.Cesión de Luis Argeo

Cuando abrieron el bar, en 1992, apareció una anciana con pinta de bruja y les profetizó un futuro muy negro, muy negro, porque allí habían pasado cosas muy malas, muy malas (nunca supieron cuáles). Para colmo, la primera canción que sonó, a modo de inauguración, fue Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones, donde se presenta, muy amablemente, el mismísimo Lucifer: “Encantado de conocerte”, cantaba Mick Jagger.

Pero la cosa no fue para tanto, a pesar de las profecías aciagas: casi 30 años después, el bar La Plaza, en el cogollo de callejuelas del barrio pescador de Cimadevilla, en Gijón, con su aforo de apenas 30 personas, sigue vivo. Su historia, como epicentro del Xixón Sound en los años noventa, entre muchas otras aventuras nocturnas y musicales, se relata en el reciente libro La Plaza. Confesiones de un bar musical, de Luis Argeo y editado por Milvecesmil. “Es un bar legendario que puede representar también a otros bares musicales que significaron mucho para una generación que, por edad, ahora ve que la vida le saca de los garitos”, explica el autor.

Carmen González del Valle, cofundadora de La Plaza y fallecida en 2015, con Nacho Álvarez, el otro fundador y hoy único dueño, a las pocas semanas de inaugurar el bar, en los primeros meses de 1993.
Carmen González del Valle, cofundadora de La Plaza y fallecida en 2015, con Nacho Álvarez, el otro fundador y hoy único dueño, a las pocas semanas de inaugurar el bar, en los primeros meses de 1993.Cesión de Luis Argeo

Una curiosidad del texto es que el narrador es el propio bar, La Plaza, esas paredes que hablan y que esperan a que acuda Nacho, su dueño, a abrir sus puertas y comenzar una nueva jornada. Nacho es Nacho Álvarez, que fue bajista de la banda Manta Ray y ahora toca como cantautor “artesano y cabrón” acompañado del Quarteto Bendición. Cuando montó el bar venía de trabajar en el andamio e intentaba estudiar Psicología a distancia. El local había sido ocupado antes por una pizzería y después por un bar gay. Cimadevilla todavía era un lugar oscuro y peligroso, de droga y prostitución.

“La Plaza, que tuvo unos orígenes tan generacionales, se sigue manteniendo con su estilo, su forma de ser, su música y sus parroquianos”, recuerda hoy el propietario. De hecho, el primer cliente que entró, David Guardado, miembro de Penelope Trip, todavía paró por allí el otro día. Según cuenta Álvarez, la generación de cuarentones y cincuentones que formó el Xixón Sound se mezcla ahora con la nueva chavalería que frecuenta el lugar. “No es un bar rollo nostalgia: los jóvenes siguen utilizándolo de la misma manera que lo hicimos nosotros en nuestra época”, afirma. Una cosa nada fácil en un momento en el que, a base de crisis económicas, músicas urbanas, redes sociales, aplicaciones de ligue, videojuegos online y Spotify parece que la cultura y las formas de sociabilidad propias de los bares musicales van declinando entre la chavalería.

La banda Penélope Trip ante la fachada del bar La Plaza.
La banda Penélope Trip ante la fachada del bar La Plaza.Luis Mayo

La importancia de La Plaza en el Xixón Sound fue fundamental. “El principal atractivo que tuvo el movimiento musical de los noventa en general es que fue un fenómeno de bares”, recuerda Francisco Nixon, que fue frontman de Australian Blonde. “Bares donde escuchar música que, salvo excepciones, no ponían en la radio, ni en la tele, y donde grupos y aficionados convivían y aprendían unos de otros”. Eran lugares donde tocar, compartir discos, gustos e informaciones, donde perfeccionar el oficio,y también donde soñar con el éxito. “Si hoy en día la música sucede en las redes sociales, en los noventa sucedió en los bares. Y de hecho, murió en cuanto salió de los bares y se fue a los festivales”, dice Nixon. Ahora la música se ha metido en el smartphone.

Córtate el pelo, cambia de vida

Bandas como Manta Ray, Australian Blonde, Nosoträsh, Penelope Trip, Undershakers o Doctor Explosión convirtieron a la ciudad de Gijón en uno de los epicentros más potentes de la escena independiente de los noventa y la prensa se dedicó a apuntalar, e incluso inflar, aquella escena cultural que surgía del barrio de Cimadevilla. “Cuando el Xixón Sound salíamos en El País de las Tentaciones pero no metíamos más de 600 personas en un concierto en Madrid”, dice Xabel Vegas, batería de Manta Ray, en el documental Lluz d’agostu en Xixón, tras los pasos de Nacho Vegas, de Alejandro Nafría y la productora Sr. Paraguas. La camiseta oficial del movimiento, financiada por las propias bandas, mostraba la leyenda: “Córtate el pelo, cambia de vida”.

Interior del pequeño bar La Plaza durante una fiesta de carnaval a principios de los años noventa.
Interior del pequeño bar La Plaza durante una fiesta de carnaval a principios de los años noventa.Cesión de Luis Argeo

“Éramos unos amigos que nos inventamos nuestro entretenimiento”, dice Tito Pintado, que fue el cantante de Penelope Trip, quien también recuerda que en la propia ciudad no les hicieron mucho caso hasta que se fijaron desde el exterior y… entonces tampoco les hicieron demasiado. “Desde fuera sí que se veía como algo más grande, de hecho, venía gente de Madrid y otros lugares a La Plaza en plan peregrinación, como si fuese la Lourdes indie”. Nacho Vegas, que fue miembro de Manta Ray, puso copas allí durante una temporada, aunque entonces no era tan conocido como ahora.

En los últimos años una especie de corriente revisionista, con libros a tal efecto de Nando Cruz o Víctor Lenore, han venido a criticar la escena indie de los noventa como hedonista, individualista, inofensiva, falta de conciencia social y, sobre todo, obsesionada con la música anglosajona y el canto en inglés defectuoso. Entonces nadie reparaba en semejantes cosas.

Fachada del bar La Plaza, considerado el epicentro del Xixon Sound de los años noventa.
Fachada del bar La Plaza, considerado el epicentro del Xixon Sound de los años noventa.Cesión de Luis Argeo

Gijón se construía así una imagen como Seattle del norte de España, aunando su movida musical a otros hitos culturales como la Semana Negra, el festival Euroyeyé o el Festival Internacional de Cine de Gijón que en aquellos años, de la mano de José Luis Cienfuegos, viraba hacia el cine independiente. El bar también se convirtió en el bar más frecuentado por las gentes que organizaban y asistían al evento cinéfilo. Según recoge Argeo en el libro, La Plaza también fue objeto de la ira de los que reaccionaban contra el aire de modernidad y gafapastismo creciente: “Muerte a las gafas de pasta”, rezaba una pequeña pintada que apareció al lado de la puerta del bar. Ahí la dejaron, porque hacía gracia. Lo que no hacía tanta gracia fueron las pedradas que algunas veces se recibieron al grito de “muerte a los indies”.

“Fue una época muy intensa”, dice Alicia Alvarez, entonces miembro de Undershakers, ahora en Pauline en la Playa. “Se montaban grupos, fanzines, conciertos, lo llenábamos todo de carteles”. Álvarez frecuenta La Plaza desde los 14 años (allí conoció a su pareja, curiosamente David Guardado, el primer cliente), en noches interminables en las que se formaban bandas imaginarias de noche que a la mañana siguiente ya se habían disuelto, porque la imaginación era libre. El Xixón Sound, como tantas otras etiquetas culturales, generó sus polémicas. “En aquel momento casi todos renegaban de la etiqueta, por esa cosa de la juventud de querer diferenciarse ir cada uno por su lado”, reflexiona Argeo.

Más de dos décadas después parece que el término es aceptado con mejor ánimo. Sobre el Xixón Sound, como de la movida madrileña, también se ha dicho que fue un producto de la imaginación. “No lo creo”, argumenta Alicia Álvarez. “Había una escena importante, lo que no hubo fue unidad estilística, porque cada uno era de su padre y de su madre”. Según observa Argeo, el movimiento como tal, más que inspirarse en otras corrientes musicales, lo hizo en otros que se daban en la ciudad: la emisora comunitaria Kras, la insumisión o los movimientos vecinales.

Retrato de Luis Argeo, autor del libro 'La Plaza. Confesiones de un bar musical'.
Retrato de Luis Argeo, autor del libro 'La Plaza. Confesiones de un bar musical'.

El bar La Plaza continua, pandemia mediante, con su ajetreo habitual y dice Argeo que ha pasado a la historia: ya se han visto guías turísticos que, mostrando el ahora algo gentrificado barrio de marineros, se paran delante del bar para glosar sus hazañas y los tiempos heroicos. “Yo percibo una continuidad: muchos de los que estuvimos en los inicios continuamos yendo, involucrados todavía en proyectos musicales o de gestión cultural”, continua Alicia Álvarez. ¿Qué fue del Xixón Sound? Algunas de las personas que participaron siguen en el negocio, en otros proyectos, como Nacho Vegas, Elle Belga, Pauline en la Playa, Francisco Nixon, Petit Pop o el propio Nacho Álvarez. ¿Cómo se ve el Xixón Sound en la distancia? “Gracias a aquello ser joven en Gijón en los noventa fue más divertido”, concluye Nixon. Y luego apostilla: “El juicio crítico se lo dejo a los demás”.

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Sobre la firma

Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados y premios como el Paco Rabal de Periodismo Cultural o el Pablo García Baena de Poesía. Es profesor de escritura, guionista de TV, radiofonista en Poesía o Barbarie y performer poético. Desde 2009 firma columnas y artículos en El País.

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