David Lynch cenó aquí: el mítico club parisino Silencio abre sucursal en Ibiza

El promotor francés exporta a la isla el concepto del mítico club parisino que creó junto a David Lynch con el objetivo de refrescar la oferta artística y gastronómica durante todo el año

Arnaud Frisch, en El Silencio, en Ibiza, el pasado julio.
Arnaud Frisch, en El Silencio, en Ibiza, el pasado julio.FRANCISCO UBILLA

El año pasado el cineasta estadounidense David Lynch apenas pisó París por culpa de la pandemia. Sus viajes a Europa son habituales porque en la capital francesa residen algunos de los productores de sus películas. Siempre que Lynch aterriza en la ciudad aprovecha para programar eventos en Silencio, uno de los clubes nocturnos de referencia en la escena cultural francesa actual y que él mismo diseñó hace ya 10 años. Pero detrás del éxito de este negocio, pionero en mezclar en horario nocturno cultura, música y arte, se encuentra el empresario francés Arnaud Frisch, un habitual de los ambientes artísticos parisinos que comenzó su carrera hace 25 años como promotor y programador en el mundo de la música electrónica y que regenta actualmente siete empresas culturales en la capital francesa.

A principios de los 2000, el negocio de la música electrónica despegaba y, a medida que fue evolucionando, Frisch varió sus objetivos para impulsar en París lo que concebía en su cabeza como un lugar de encuentro para los miembros del mundo artístico francés, una especie de club donde mezclar la cultura y la música en horarios poco habituales para el gran público. Entonces llegó el éxito. En 2011 inauguró de la mano del director de cine David Lynch el club Silencio, local de culto ubicado en el 142 de la Rue de Montmartre que rinde homenaje al que el cineasta retrata en su famosa cinta Mulholland drive. Un local subterráneo concebido con el objetivo de reinventar la vida nocturna parisiense y convertirse en el lugar de encuentro de personajes del mundo del cine, la cultura y la arquitectura. Para Frisch la intención era “ofrecer un contenido cultural” a las personas que trabajan en el mundo de las artes “para que se pudieran encontrar entre ellos” sorteando el cierre durante la noche de los lugares más institucionales “como museos o galerías”.

Corte de carne tomahawk, servido en el restaurante.
Corte de carne tomahawk, servido en el restaurante. FRANCISCO UBILLA

Silencio París comenzó enfocado en el cine, pero se expandió rápidamente por muchos otros ámbitos. Frisch se asoció con museos y entidades culturales para programar en el local, donde los artistas menos conocidos tienen la oportunidad de mostrarse sin las cortapisas temporales y la anticipación que conlleva exponer en un museo. El éxito de la idea le llevó a abrir un año después Wanderlust, también concebido como club, restaurante y espacio artístico en el muelle de Austerlitz a orillas del Sena. Con una enorme terraza en el edificio de la Ciudad de la Moda y el Diseño, la programación nocturna de Wanderlust varía desde el hip hop a la electrónica. El ansia de emprender no se quedó ahí y en 2019 inauguró en un antiguo cine el restaurante Beau Regard. Una antigua sala de proyecciones en Saint Germain des Prés sirvió al empresario para incluir una oferta de cine independiente y de restauración al tiempo que inauguró otro club en el interior del Théatre du Chatelet. Una carrera empresarial que la pandemia no ha frenado.

En noviembre pasado, cuando Francia decretó el cierre de la vida pública, Frisch se escapó a Ibiza para pasar el invierno. Durante esos meses de parón estuvo madurando una idea que desembocó en junio en la inauguración de El Silencio, la sucursal de playa ibicenca del mítico club parisino. “El Silencio Ibiza es un concepto algo más relajado que el de Silencio París, porque estamos en la playa, aunque el equipo creativo y la dirección artística es la misma”, cuenta el empresario en el recién inaugurado beach house de cala Molí, en el que quiere impulsar un punto de encuentro global para artistas y amantes de la cultura donde mostrar y disfrutar el arte. Por lo pronto preside la entrada del local un colorido montaje de la artista catalana Miranda Makaroff que se inspiró en el encuentro que tuvo con un pulpo en aguas de Formentera para elaborar la obra. Frisch está seguro de que en el futuro llegarán más iniciativas, como la que está cerrando con la francesa Claire Laffut, pero que, como todo en pandemia, está sujeto a la evolución de la situación sanitaria.

Restaurante El Silencio Ibiza, sobre la arena de cala Molí.
Restaurante El Silencio Ibiza, sobre la arena de cala Molí. FRANCISCO UBILLA

Como en sus otros negocios, en este la gastronomía también actúa como un elemento más de la oferta cultural de Silencio, que ha viajado en forma de pop up a citas como Art Basel en Miami, el Festival de Cine de Cannes o la Bienal de Berlín. En El Silencio Ibiza lo hace de la mano del chef Jean Imbert, cocinero de nueva generación, elegido recientemente para sustituir al internacionalmente reconocido Alain Ducasse al frente de los fogones del histórico Plaza Athénné de París. “Jean es amigo de fotógrafos, socio de artistas como Pharrell Williams, ha cocinado para estrellas como Madonna. Hace un año le invitamos para colaborar en el Festival de Cine de Cannes y cuando me decidí a abrir el local fue en quien pensé”. Cree que Imbert pertenece a una generación que ha cambiado el mundo de la cocina francesa, que ha democratizado la cocina del país con una forma de hacer que presta menos atención a la técnica canónica y se centra más en el producto. Una generación que ha propiciado “un cambio radical”, según dice, en la cocina francesa.

El producto local tiene cabida en la carta del amplio restaurante, situado sobre la misma arena de la playa. A las dos del mediodía está plagado de visitantes extranjeros; grupos de amigos de mediana edad, parejas y algunas familias. La oferta incluye uno de los platos más conocidos de Imbert, el conocido como aguacate de Jean, relleno de dos yemas de huevo maceradas en una salsa del chef y frito en panko —un pan rallado japonés— a un precio de 19 euros o varios platos de arroz, pescados del día o carnes que van de los 29 a los 42 euros. De la carta de coctelería se encarga Diego Cabrera, fundador de Salmón Gurú —elegida mejor coctelería de España en los premios FIBAR 2020 — que ofrece los combinados a 13 euros, precios habituales en la oferta de la isla.

Pulpo y patatas, durante su cocinado.
Pulpo y patatas, durante su cocinado. FRANCISCO UBILLA

El espacio también es lo opuesto a su homólogo parisino. Los tonos oscuros del local francés quedan fuera del beach house, donde la luz y el mar que lo rodea son parte esencial de una propuesta llena de madera y palma. El estudio de arquitectura mallorquín Moredesing, con sede también en Ibiza, se ha encargado de un proyecto que pretende evocar la cala Molí de los años setenta bajo la premisa de devolver la naturaleza al lugar y borrar todo lo anterior. “La intención era trabajar con arquitectos que conozcan la isla y su historia. Que la respeten y lo sepan transmitir. Hemos querido ser respetuosos con la esencia local, empleando materiales de la zona, incluyendo la vegetación local en el entorno” explica Frisch sentado en una de las sillas de madera. La tarde en cala Molí también tiene un sonido diferente. Arman Naféei, conocido por su producción musical en el hotel Chateau Marmont de Los Ángeles, es el director de ambiente y el encargado de diseñar la oferta musical del lugar, que apuesta por una regresión a los años setenta e incluye parte del espíritu musical original de las islas “reajustando la música al atardecer para tener una banda sonora para la puesta de sol”.

Instalación de Miranda Makaroff, titulada 'The Octupus Visit'.
Instalación de Miranda Makaroff, titulada 'The Octupus Visit'.FRANCISCO UBILLA

Dice Frisch que estos meses en la isla le han servido para reflexionar. Aterrizó por primera vez en Ibiza hace 20 años para visitar a un grupo de amigos del mundo del cine que estaban pasando las vacaciones de verano. Las playas, el círculo de conocidos del mundo de las artes francesas que frecuentaba la isla y las reminiscencias hippies de un lugar que despuntaba por un turismo cosmopolita le llevaron a repetir año tras año. Con siete negocios en marcha en Francia, entre restaurantes, cines y clubes, tiene que viajar con frecuencia a París para supervisarlos, aunque hay algo que tiene claro: “Me encantaría poder pasar más tiempo en Ibiza”.

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