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‘Chillinguitos’: comida regular, precios desorbitados y muchas ínfulas

Los ‘beach clubs’ son esos sitios de playa con pretensiones llenos de tumbonas de Bali, música chill y “buenas vibraciones”. Su carísima oferta gastronómica suele ser una trampa aspiracional

Lo más trendy.
Lo más trendy.CASSIE GALLEGOS (UNSPLASH)
David Remartínez

Hay locales pegados a la playa donde sirven ostras y bocadillos de langosta con patatas fritas mientras estás envuelto en mosquiteras de IKEA a modo de supuesto chill out. También puedes comer tumbado un ssäm de camarones al lado de alguien que toca un cuenco tibetano, el escenario perfecto para recordarte los seis cócteles supuestamente de autor —aunque sospechas que el autor es el señor Bacardí— que ya te vendieron ayer. Las pizzas llevan aguacate, el refresco más habitual es el cava —aunque a veces lo llaman champán— y todas las sillas, hamacas y tumbonas proceden de Bali, que al parecer posee una industria del mueble tan próspera como la sueca.

Un chillinguito es un chiringuito concebido para personas excepcionales según los baremos desarrollados por el “Máster en Bartendismo y Cocina Wellness” que realizan los empleados de cualquier beach club, nombre real de estos establecimientos desperdigados por nuestras costas e islas. Se llaman así, beach club, porque básicamente son un coto de playa donde una pareja de jóvenes emprendedores con apellidos mixtos, o un bronceado promotor sesentón con pel de ric, ubican un tendejón de lino y maderas leves para que veraneantes premium coman, beban, bailen y retocen como hace la common people a la que cantaba Pulp en los campings y arenales.

Los langostinos se acevichan, las cigalas se alinean en vertical, los tomates de las ensaladas son rojos, amarillos y naranjas, y en los espetos, las sardinas vienen limpias. Muchos chillinguitos ofertan menús de burbujas en los que el champán se marida con panes de cristal, tortilla de patata en coqueta ración individual coronada por una banderita y bandejas con lascas de jamón que pagas casi por unidad. “I wanna do whatever common people do”, pero adaptado a mi Insignia Visa Infinite Card, la tarjeta de crédito más exclusiva. Como indica uno de estos establecimientos, ofrecen “coherencia estética y personal en todos los contextos”: cuéntale eso a los tábanos de tu pueblo.

Las viandas, la bodega y el estudiado desaliño de los clientes imitan con gracia los del veraneante vulgar, pero con una sofisticación en el porte y con un blanqueamiento dental colectivo que hacen del estío una interminable puesta de sol bajo la que olvidarse de cotizaciones, briefings, dividendos, servicio doméstico y cirujanos plásticos.

Porque la categoría de un Beach Club se calibra, en primer lugar, por la majestuosidad de su puesta de sol: en tu pueblo atardece mientras los insectos zumban; aquí se habilitan camas balinesas para disfrutar las good vibes del sunset. La hora punta de cualquier chillinguito, su explosión de mindfulnes, la componen esos breves minutos del ocaso en los que tu cuerpo y tu alma se funden en armonía mientras persigues al astro rey en su huida con una copa de Veuve Clicquot. De fondo, alguien pincha melodías de yoga, y si tienes suerte, verás entre la concurrencia a Victoria Federica.

Estas ermitas del placer en caftán son sencillas de identificar por su nombre: Salt Beach, Nikki Beach Club, Beso Beach... Algunos chillinguitos optan por bautismos más sugerentes, como Amante, The Sunny Seaside o La Milla. Bahía Limón, en Cádiz, es el único que se autodenomina “chiringochill”, término que adaptamos aquí para reunir una corriente hostelera preñada de fantasía humana, capazos de rafia y chancletas enjoyadas. Aparte de las fiestas temáticas, de pijamas o kimonos, de las celebridades que atrae con sus relaciones públicas el empresario que da la cara al fondo de inversión anónimo, aparte de las antorchas y del bambú de plástico, la “experiencia gastronómica” que prometen estos lugares combina lo marino y lo tropical, la quinta gama exótica y el ruralismo envuelto en un wrap.

Es probable, sin embargo, que tu ilusión muera en la orilla. Si te mueves alrededor del Salario Mínimo Interprofesional y tu outfit así lo delata, incumpliendo la mínima desenvoltura trendy y casual, en más de un beach club el portero te detendrá con un ligero pero severo ademán cuando intentes franquear su pérgola. El morlaco te inspeccionará de arriba a abajo con la indiferencia de un mecánico harto de su trabajo, sosteniendo con su descomunal brazo derecho el pinganillo en la oreja —¿qué les pasa a esos chismes, siempre se sueltan?—, como esperando la validación de una inteligencia artificial que escaneara tu silueta y tu ocupación profesional.

“¿Qué criterio aplican los porteros?”, te preguntarás. “¿Hacen algún curso de formación para perfeccionar su oficio, para conseguir un escrutinio infalible, capaz de anticipar qué vas a aportar como cliente al ambiente, la recaudación y la reputación del local?” Transcurrirán unos segundos larguísimos, en los que contendrás la respiración como si leyeras de corrido una página sin puntos y aparte de Los hermanos Karamazov, preguntándote con crueldad qué has conseguido hasta ese momento en la vida. Pero si tienes suerte, si tu combo de tejidos no resulta irremediablemente lamentable, si tus ojos sugieren que eres capaz de diferenciar entre el guipur y el crochet, el portero retirará el otro brazo, el que no sostenía el intercomunicador y que hasta entonces hacía las veces hacía de barrera de autopista, y te dejará pasar. Te permitirá alunizar en la arena del lujo, sin peaje.

Solo encontrarás un pequeño problema. Después de que unos camareros de jovialidad desbocada —contratados por una ETT con criterios diametralmente opuestos a los del portero— te ubiquen en una mesa o tumbona acorde a tu categoría, y de que toda la concurrencia te alcahuetee con desprecio, como si acabaras de entrar en el teleclub en penumbra de un pueblo de Soria desacostumbrado a recibir foráneos, entonces, abochornado de tu aspecto, abrirás la carta para tapar tu vergüenza y descubrirás la última verdad de cualquier beach club: la comida y la bebida son exactamente iguales que en cualquier gastrobar urbano con pretensiones, solo que anticipando una factura más avara aún.

Arroces con carabineros congelados, ensaladas de queso de una cabra cualquiera, deditos de pollo rebozados con salsa de miel y mostaza, y mojitos con tallos de yerbabuena y extracto industrial de limón: una farsa de quinta gama, una trampa aspiracional, vaya. Porque casi todos estos negocios son franquicias, que replican los manjares como las caras de alrededor replican las sonrisas de silicona. “And you’ll dance and drink and screw. Because there’s nothing else to do”.

Aunque igual tienes suerte de verdad, suerte genuina, y el chillinguito despacha pescados y mariscos de calidad. A un precio también desorbitado, claro, pero animales pescados en el mar y bien cocinados en una brasa de verdad: que es lo que siempre, desde tiempos inmemoriales, desde antes del Ministerio de Turismo de Fraga, desde antes de los sayos estampados y de los reclinatorios de Bali, han hecho los verdaderos chiringuitos de playa de toda España.

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Sobre la firma

David Remartínez
Es periodista y escritor. Ha aprendido en periódicos, revistas, radio, televisión, páginas web... Y también ha vendimiado, ha recolectado melocotones, ha trabajado en una fábrica de alimentos congelados y en otros sitios con menos glamur pero mucha vida. Aparte de escribir sobre comida, que le encanta, también edita libros de no ficción.

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