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“Si hay un gallego en la Luna, tendrá una lata de nuestros grelos”: Luis de Lorenzo, director de A Rosaleira, primera conservera vegetal de Galicia

Fundada en O Rosal (Pontevedra) en los años 30, A Rosaleira es la única consevera que produce Grelo de Galicia IXP

La fábrica conservera de vegetales A Rosaleira, en O Rosal (Pontevedra).ÓSCAR CORRAL

José Sánchez García (Soria, 1897) eligió O Rosal porque había luz eléctrica en la escuela y porque, con ese nombre, tendría que ser un lugar bonito. En 1922, este maestro se trasladó a un pequeño municipio del Baixo Miño (Pontevedra), una zona reconocida por sus vinos atlánticos de la D.O. Rías Baixas. “Cuando llegó, se encontró una especie de vergel sin explotar”, relata Luis de Lorenzo, su nieto. Allí conoció a su mujer, Consuelo de Santiago, con quien tuvo tres hijos.

Comenzó su carrera en la escuela unitaria de Fornelos, donde implementó la agricultura como materia extraacadémica a través de la división de pequeñas parcelas de campo para cada alumno. Allí, en los recreos, aplicaban lo aprendido en el aula, su conocimiento sobre el campo y descubrían el potencial agrícola del entorno que les rodeaba. Les enseñó a combatir plagas con insectos, a hacer abonos naturales, a nutrir los suelos con cultivos rotativos —leguminosa, cereal y hortaliza—, y, sobre todo, a querer el campo. Como si fuera un juego, formó a generaciones de agricultores en una tierra llena de posibilidades que, en aquel momento, estaba marcada por la patata y la berza.

Su carácter emprendedor se reflejó en la introducción de especies como el mirabel, la creación de la cooperativa El Pilar y la fundación de la primera conservera de vegetales de Galicia en los años 30. “El problema del producto fresco es que es especulativo y sufre mucho, por eso decidió crear una conservera, para aprovechar el excedente”, cuenta su nieto. En 1936, la producción se paró debido al Golpe de Estado y la conservera quedó intervenida por el ejército de Franco, dedicándose únicamente a producir dulce de frutas, que servía como snack energético militar. Cuando José murió, en 1948, sus hijos mantuvieron la conservera por una cuestión sentimental, vendiendo sobre todo a barcos de pesca y a quien se lo podía permitir: “Estas conservas eran para vender fuera y dar valor al producto local. Había que ser un poco sibarita”.

Grelos en conserva: humildad y genialidad

A pesar de su gran presencia en las huertas y en el recetario tradicional gallego —cocido, caldo, lacón con grelos o empanadas—, la idea de conservar el grelo no surgió hasta 1967, cuando una cadena de restaurantes gallegos de Madrid con la que trabajaban se lo propuso. “De primeras fue raro, porque era una verdura con un valor escaso y vinculada a la pobreza. El que tenía más dinero llenaba el plato de lacón, y el que tenía menos, de grelos. Pero eso ocurría en Galicia, porque si salías fuera, estaba mucho mejor considerada y, por suerte, los restaurantes gallegos siempre estaban en el alto standing. El gran éxito de la fábrica ha sido este”, cuenta Luis.

Se encontraron con que lo más difícil para arrancar fue conseguir suficiente materia prima, porque en el pueblo había más berza o nabicol. Debido a esto y a la falta de previsión, había días en que los camiones llegaban vacíos a fábrica. Como solución, apareció la figura del “hombre bueno”, personas en las que confiaban cuya función era organizar a los agricultores de diferentes áreas rurales para hacerles el encargo de la siguiente jornada. Esta forma de trabajar se mantuvo hasta la década de 2010, después de que se aprobara la Indicación Xeográfica Protexida Grelos de Galicia, que implicaba mayor transparencia y control. Ellos fueron a por el sello porque significaba una garantía de calidad y de diferenciación: “Defendemos nuestra marca haciendo producto que una conservera que está fuera de Galicia no puede hacer. Esto es hacer patria”, comenta Luis, con una mirada muy sólida sobre el propósito de A Rosaleira, que sigue siendo una conservera muy pequeña en donde la línea de producción no es una línea, sino un zigzag.

En estos momentos, plena campaña del grelo y pico de ventas debido al Entroido, están trabajando 20 mujeres y cuatro hombres. Las ventanas de la fábrica dan al campo y en el aire se mezcla el vapor, ligero, y el aroma a verdura recién cosechada. Cada día reciben 4.000 kilos de Grelo de Galicia con Indicación Xeográfica Protegida (IXP) y lo procesan al natural —escaldado y conservado con agua y sal— en latas y tarros de cristal. En 2025 elaboraron 300.000 latas de 850 gramos, 30.000 de 425 gramos y 100.000 de 580 gramos. Esta campaña se alarga de noviembre hasta mayo, pero su objetivo es conseguir una campaña anual a través de una rentabilidad real del cultivo, que animaría a más agricultores a trabajar el grelo y a ponerlo en regadío. Para este propósito les han dotado de maquinaria para la recolecta y también se han asociado con Sementares, una productora de semillas cuyo objetivo es conservar las variedades antiguas gallegas con mayor adaptación al medio. Con ellos han ido “ajustando” una semilla autóctona que les ha permitido suministrar las mismas semillas a todos sus trabajadores y homogeneizar los cultivos, asegurando la resiliencia de los suelos y de la especie.

El grelo se ha convertido en la insignia de la casa, dándole un giro a la concepción popular de esta verdura y formando parte de despensas de gallegos que viven fuera y anhelan los sabores de su casa. “Yo siempre lo digo: si hay un gallego en la Luna, tendrá una lata de A Rosaleira”.

Además de grelo, venden Patata de Galicia IXP, Faba de Lourenzá IXP, tomate, mirabeles, fritada, zaragallada, berza y lacón con grelos, este último en colaboración con COREN.

La tercera generación

Luis de Lorenzo (Madrid, 1968) siempre pensó que el cocido madrileño tenía grelos. Es el director de A Rosaleira desde 2017, aunque se incorporó al negocio familiar en los 90 cuando se mudó al pueblo, un lugar que él asocia a libertad, campo y fruta fresca. Él se encargaba de la parte administrativa, su hermano Curro de la comercial y su hermano José de la producción. Le decían a su madre que, si querían crecer, había que invertir, porque los márgenes de la industria eran pequeños. Por eso, en 2007, se integraron en el grupo Terras Gauda. “Esto nos permitió hacer una gran obra y mecanizar todo lo que no afectaba a la calidad. No aportaba nada seguir escaldando en perolas de cobre o despaletizando a mano; en cambio, sí que seguimos embotando a mano, porque es un control de calidad”, indica Luis.

Sobre el futuro de A Rosaleira, tiene claro que sigue asociado a Galicia, a crecer en producción, a mejorar las condiciones de los trabajadores agrícolas y a una alimentación saludable. No tiene claro si quiere que sus hijos sigan sus pasos. “Es un trabajo que depende del campo y a veces es muy duro, porque al elaborar un producto tan natural, somos más cosecheros que conserveros. Hay que salir a ver mundo y, si quieren, que vuelvan”.

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