NACIONAL A-6Opinión
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Entre la estatua y la bandera

Colón ya se ha convertido en más que una plaza y más que un símbolo político: es un santuario de peregrinación

Izado solemne de bandera por la festividad de San Isidro en la plaza madrileña de Colón, el pasado 15 de mayo.
Izado solemne de bandera por la festividad de San Isidro en la plaza madrileña de Colón, el pasado 15 de mayo.J. J. Guillén / efe

Las guías de turismo de Madrid registran dos atracciones para el visitante en la plaza de Colón: la estatua en mármol blanco del conquistador que le da nombre y la “bandera de España más grande del mundo”. El monumento al marino que abrió la ruta a un imperio colonial, obra del escultor Jerónimo Suñol a finales del siglo XIX, tiene, pedestal incluido, sus respetables 17 metros de altura. El mástil que sostiene la bandera llega a los 50. Desde que el Gobierno de Aznar la plantó allí, en 2002, es como si la efigie de Colón, ya empequeñecida por el engendro arquitectónico de esas torres de oficinas merecedoras de denuncia ante el Tribunal de La Haya, se encogiese aún más bajo la inmensidad rojigualda.

La democracia nació en una plaza. El ágora de la antigua Atenas era el lugar de encuentro de los ciudadanos y de allí salió la idea de que a los gobernantes debería elegirlos el pueblo (esclavos excluidos: raro es que no haya un excluido). Muchos siglos después, por todo el mundo encontramos plazas cuyo nombre está unido a acontecimientos políticos generalmente tumultuosos: Tlatelolco en México, Tianamen en Pekín, Tahrir en El Cairo, Taksim en Estambul…

En Santiago de Compostela se inauguró una plaza en los años sesenta a la que pusieron de nombre José Antonio. Lejos de honrar al líder falangista, acabó siendo el lugar de reunión para las protestas contra la dictadura, y todo el mundo pasó a llamarle plaza Roja. Cuando se retiró el callejero franquista, aquello fue un dilema: ¿darle un nombre nuevo o respetar el que se había impuesto popularmente? Al final triunfó la segunda opción y ni la derecha puso pegas. Eran otros tiempos menos encabritados.

Entre las plazas hay de todo —para varias generaciones de españoles, la de Oriente ha sido una imagen en blanco y negro de Franco saludando a la multitud—, pero por lo general suelen tirar a la izquierda, porque la izquierda tira mucho a ocupar la calle

Entre las plazas hay de todo —para varias generaciones de españoles, la de Oriente ha sido una imagen en blanco y negro de Franco saludando a la multitud—, pero por lo general suelen tirar a la izquierda, porque la izquierda tira mucho a ocupar la calle. La historia de la Puerta del Sol es un ejemplo, aunque desde allí gobierne Ayuso.

La derecha siempre había sido de manifestarse poco, hasta que en España le cogió el gusto hace unos años. Como si la mayor rojigualda del planeta tuviese la fuerza de un imán, sus protestas fueron recalando poco a poco en Colón. Allí, los tribunos, sumergidos en un mar de banderas, clamaban contra los vicios del nacionalismo. Hoy es ya más que una plaza e incluso que un símbolo político: para algunos funciona como un santuario de peregrinación.

Nadie más devoto de ese rito que Vox. Para los miembros de ese partido, es mentar Colón e inflamarse el ardor patriótico. Con ellos en la plaza, la bandera parece cada vez más grande y Colón cada vez más encogido.

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