Columna
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Panegírico del voto

Impugnar las razones de los votantes poniendo por encima las propias es cómodo, pero poco práctico para entender por qué un partido no ha persuadido a más ciudadanos

La presidenta de una mesa mete un voto en la urna el día de las elecciones andaluzas en un colegio electoral de Sevilla.
La presidenta de una mesa mete un voto en la urna el día de las elecciones andaluzas en un colegio electoral de Sevilla.Joaquin Corchero (Europa Press)

Votar es un rito poderoso en cualquier democracia. Después de todo, el voto es la única forma de participación política que tiene tres propiedades a la vez: es barato, anónimo y radicalmente igualitario. Una vez cada cuatro años nadie sabe por quién te significas y, metida en la urna, la papeleta del listo, del tonto, del poderoso o del humilde pesan exactamente lo mismo.

Como votamos en cajas opacas, es tentador querer buscarle un significado a cada elección. Algunos dicen que hay quien vota bien o mal, pero es una dicotomía tramposa. Uno suele pensar que los demás votan correctamente cuando lo hacen como él, así que, por esa regla de tres, ¿para qué dejar a la gente pronunciarse? Si de verdad hay un bien objetivable en política, ¿por qué no tener un dictador benevolente?


Nuestro sistema democrático, en realidad, tiene una aspiración más modesta, pero también más práctica. Habrá quien tenga razón y quien no, pero como jamás podríamos ponernos de acuerdo sobre esto, nos vamos al segundo mejor escenario: hemos optado por discriminar las razones al peso. Así, los muchos podrán estar equivocados, pero al menos sabemos que son más (y ojo, que la estadística también dice que suelen acertar).

El voto parte de una premisa radicalmente liberal: nadie conoce mejor su interés que uno mismo. Es verdad que se podría objetar este principio en la práctica. Nadie tiene ni el tiempo ni la información ni las ganas para estar todo el rato pendiente de la política. Aun así, la gente recurre a atajos para hacerse una composición del lugar; si el candidato parece solvente o el partido en cuestión representa sus ideales, tira millas. Eppur se muove y, si no, en cuatro años ya ajustarán cuentas.

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Pese a esto, tras cada elección nos topamos con aquellos que acusan a los ciudadanos de votar en contra de sus propios intereses. Es la clásica “falsa conciencia” al rescate. Manipulados por poderes externos, con papel destacado para los medios de comunicación, la gente es idiota (en el sentido griego) y ellos, conocedores de la verdad, deben denunciarlo. Sin embargo, tras esperar en vano la caída del caballo de los demás, tienden a hundirse en la melancolía del fracaso, olvidando así la clásica frase de Adenauer que dice que lo importante en política no es tener razón, sino que te la den.

Es común asumir la premisa de que todos los políticos quieren el poder; para su propio beneficio, para transformar la sociedad, o incluso ambas. Sea para bien o para mal, todos lo precisan, y el poder lo dan las elecciones. Por eso mismo impugnar las razones de los votantes poniendo por encima las propias es cómodo, pero poco práctico para entender por qué no has persuadido a más gente. Una pulsión muy humana que hace esta columna atemporal y demuestra, de paso, cómo se puede hablar de Andalucía sin citarla una sola vez.

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Sobre la firma

Pablo Simón

(Arnedo, 1985) es profesor de ciencias políticas de la Universidad Carlos III de Madrid. Doctor por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas. Está especializado en sistemas de partidos, sistemas electorales, descentralización y participación política de los jóvenes.

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