ABUSOS SEXUALES EN LA IGLESIA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Aborto, pederastia y un episcopado entre tinieblas

Los obispos franceses vuelven a cuestionar a sus homólogos españoles 70 años después, ahora a cuenta de la pederastia en la Iglesia

Desde la izquierda, el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello; el presidente, cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, y el vicepresidente, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en 2020.
Desde la izquierda, el secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello; el presidente, cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, y el vicepresidente, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en 2020.Laura Serrano-Conde (EFE)

En unos días se cumplirá el 70 aniversario del XXXV Congreso Eucarístico que tuvo como escenario Barcelona. En vísperas de su inauguración, el 27 de mayo de 1952, y en un servicio civil, el Ejército desalojó a todas las mujeres que ejercían la prostitución del Barrio Chino barcelonés. La gran mayoría fueron deportadas en camiones a Girona, recuerda Juan Goytisolo en uno de los cuentos de Para vivir aquí. Así el centro de la ciudad quedó limpio como una patena para la llegada de los grandes invitados: el cardenal Frank Spellmann, los condes polacos Lubienski y Potocki –que habían huido del comunismo– y sobre todo el elegante cardenal Federico Tedeschini, legado de Pio XII, quien viajó en un tren especial acompañado por un séquito de una veintena de personas y de su sobrino Giovanni Batista. Barracas –como las de la Diagonal– fueron derribadas para evitar que los provectos fieles se llevaran una mala impresión de una ciudad que, después de años de cartillas de racionamiento y oscuridad, se ponía de largo con el lema Barcelona, ascua de luz.

Hacía apenas dos meses –el 14 de marzo de 1952– que Franco había ordenado el fusilamiento de cinco anarquistas integrantes del grupo guerrillero Talión. Fueron las últimas ejecuciones en el Camp de la Bota en las personas de Pere Adrover, Jordi Pons, Josep Pérez, Genís Urrea y Santiago Amir. El silencio del episcopado español fue clamoroso, en contraste con las actitudes y manifestaciones de prelados franceses como el cardenal Pierre-Marie Gerlier y especialmente el arzobispo Jules Saliège.

Eso pasaba hace setenta años, cuando se celebró lo que los fieles llamaban “olimpiada eucarística” y que Jaime Gil de Biedma, Josep Maria Castellet o el propio Goytisolo denominaban impía y blasfemamente “olimpiada de la hostia”. Ahora en 2021, la jerarquía eclesiástica francesa vuelve a desbordar por goleada al artrítico episcopado español en el asunto de la investigación de la pederastia en la Iglesia. La Conferencia Episcopal se resiste a desembarazarse de la vieja y maltrecha coraza del nacionalcatolicismo y llega a desconfiar de un Estado presuntamente aconfesional que en la práctica les da un trato de privilegio.

Los obispos franceses –o alemanes o portugueses– han afrontado los delitos de pederastia en su organización con una exhaustiva investigación independiente. Por el contrario, en España la propia Fiscalía General del Estado acaba de calificar con exquisitez vaticana “de escasa utilidad” la auditoría encargada por la Conferencia Episcopal al bufete Cremades&Calvo-Sotelo, que en su día ya había sido desautorizada por las víctimas. Ahora es el Ministerio Público quien considera que aquellas carecen “de espacio seguro donde narrar su vivencia y se les insta a rellenar un formulario donde se refieren a ellas con el término afectado “.

La cobardía de la iniciativa contra la pederastia por parte del episcopado español contrasta con la valentía paradójicamente “profética” –como gustan apostillar los prelados más conservadores– en el tema del aborto. De acuerdo con su lógica, a los 16 años las mujeres no deben poder interrumpir su embarazo, pero es bueno que no salga de la cómoda penumbra la investigación sobre los abusos a menores por parte de integrantes orgánicos de la estructura eclesial. Prefieren vivir entre tinieblas si así evitan que los delitos salgan a la luz.

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