Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Pablo Casado y la confusión

Lo que busca ahora mismo el líder del Partido Popular es el barullo, detrás del que esconder su inconsistencia, y la alianza con Vox a la que él mismo se ha abocado

El presidente del PP, Pablo Casado, en una declaración el pasado miércoles.  / Gustavo Valiente (EUROPA PRESS).
El presidente del PP, Pablo Casado, en una declaración el pasado miércoles. / Gustavo Valiente (EUROPA PRESS).Gustavo Valiente (EL PAÍS)

No voy entrar en el debate recurrente sobre la inmersión lingüística que se ha vuelto a abrir ahora con motivo de la decisión del Tribunal Supremo de avalar la obligación de que un 25 por ciento de las clases en Cataluña se den en castellano. Doctores tiene la Iglesia. En su momento, la inmersión tuvo un apoyo casi unánime en el parlamento catalán. Ha funcionado razonablemente. Ha sido escasamente contestada hasta que irrumpió en escena Ciudadanos. Y, en cualquier caso, el castellano ha seguido creciendo en Cataluña y el catalán, sin embargo, ha seguido en regresión, por causas diversas, que poco tienen que ver con la ley y más, por por ejemplo, con la natalidad que es un tema del que raramente se habla.

Pero de lo quiero tratar aquí es de la insolente reacción de Pedro Casado que es todo un compendio del alcance del actual presidente del PP. No sé que es peor en política, la frivolidad o la incompetencia, pero la suma de las dos es un poema. Casado es aparentemente el líder del principal partido de la oposición, por tanto, susceptible de alcanzar algún día el gobierno del Estado. Y, sin embargo, cada vez que se siente en apuros —y ahora lo está— reacciona con la bronca coma máximo horizonte programático, lo que conduce inexorablemente a la irresponsabilidad.

¿Cómo se le puede ocurrir ante esta sentencia apelar al gobierno a que aplique un 155 educativo?

¿Cómo se le puede ocurrir ante una sentencia a la que espera todavía un largo recorrido, apelar al gobierno a que aplique un 155 educativo? Han pasado tan sólo cuatro años de la aplicación del artículo 155 de la Constitución para tumbar al gobierno catalán, en un ejercicio de autoritarismo, que venía a disimular la incompetencia del gobierno Rajoy, que tuvo cinco años para afrontar políticamente la cuestión y se columpió en la inacción, y que provocó una dura y dolorosa política y social. Es un icono de lo que nunca tendría que volver a ocurrir. Si el concepto de estadista tiene alguna significación, los dirigentes de ambas partes tendrían que asumir que no debería repetirse nunca. Pero Casado va y juega frívolamente con ello. Y así hace un favor a los sectores más intransigentes del independentismo, que reciben un regalo que les permite levantar bandera ante una nueva agresión, en un momento, en que el agotamiento de la ciudadanía y las querellas internas en el bloque soberanista apuntan claramente hacía una nueva etapa con una significativa apertura del campo de juego.

Pero a Casado poco le importa porque lo que busca ahora mismo es el barullo, detrás del que esconder su inconsistencia, y la alianza con Vox a la que él mismo se ha abocado. De hecho, después de un tiempo marcando distancias ya se han vuelto a encontrar en el discurso y en la calle. Esta es la realidad de la derecha española. Incitando a la confrontación y negando reconocimiento a los demás, Casado ha reforzado a la extrema derecha hasta quedar obligado a apoyarse en ella. De modo, que el balance del presidente del PP, en el momento en que se apresta a entrar en pista para el despegue hacia la Moncloa, es la consagración de la confusión entre poder político y poder judicial como modo de hacer política y el blanqueo de Vox, que ahora si está ya perfectamente decidido a aprovechar su posición para cobrarse cualquier apoyo con cargos en el gobierno, como ya está intentando en Andalucía.

Me pregunto dónde están los liberales del PP que guardan silencio. O no los hay o se han incorporado a la confusión

Se trata de dos contribuciones graves a la degradación del sistema político. Llevando a los tribunales las decisiones del gobierno que no le gustan o capitalizando groseramente las resoluciones de los juzgados, rompe el principio elemental de cualquier democracia: la justicia no es el lugar donde dirimir las querellas políticas, porque por esta vía sólo se llega a la confusión de poderes. Y coqueteando y reconociendo como socio potencial a un partido negacionista —capaz de impedir una declaración del Congreso contra la violencia machista— se rompe la obligación de los partidos democráticos de colaborar como sea para evitar que un partido neofascista alcance el poder. Y así ya sabemos lo que nos espera: un ruido incesante de aquí al final de legislatura, jugando con la confusión entre la política y los tribunales y buscando enardecer Cataluña para sacar rédito de ello. Hay quien dice que es una deriva natural del liberalismo. Me resisto a creerlo. Por eso me atrevo a preguntar dónde están los liberales del PP que guardan clamoroso silencio. O no los hay o se han incorporado a la confusión.

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