opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Barreras estridentes

Hay medidas colaterales horrendas y hasta peligrosas. En Barcelona, durante el confinamiento, aparecieron barreras de hormigón mayormente pintadas de amarillo que asolaron el Eixample

Bloques de hormigón cobijan una terraza improvisada en el centro de Barcelona en agosto de 2020.
Bloques de hormigón cobijan una terraza improvisada en el centro de Barcelona en agosto de 2020.Teresa García Alcaraz

La pandemia de la covid-19 tiene algunos efectos secundarios poco gratos. Uno de ellos es la deriva autoritaria de los gobiernos y su tendencia a la estridencia en materia de seguridad pública.

Desde luego, no se puede negar la gravedad de la epidemia: más de 800.000 casos en Cataluña (4.447.000 en España), con 14.813 víctimas mortales (81.486). Tampoco la necesidad de haber adoptado medidas drásticas para protegernos los unos de los otros, a todos en definitiva. La más eficaz, sin duda la vacunación y al tiempo de escribir estas líneas, al final de este mes de julio, más de la mitad de la población española está completamente vacunada. Es más, razonablemente seguros solo estaremos cuando todo el mundo esté vacunado, y no podemos descartar complicaciones durante el resto de nuestras vidas. Doscientos millones de casos, más de cuatro millones de fallecidos en el mundo, casi cualquier medida puede parecer insuficiente.

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Sin embargo, no es así. Las hay excesivas. Así, no hay ninguna razón para llevar una mascarilla en medio del monte cuando usted camina solo en un robledal. Tampoco cuando duerme en su habitación bien ventilada estas noches de estío. Pero los gobiernos se resisten a delegar en la autorresponsabilidad de los ciudadanos decisiones muy básicas y asequibles a cualquier persona sensata. Es más fácil mandar o prohibir que razonar y convencer.

En Cataluña, a partir del 30 de julio, hay confinamiento nocturno de la una a las seis de la madrugada en 163 municipios. Los encuentros sociales se limitan a 10 personas, excepto los núcleos de convivientes —lo que antes llamábamos familias y ahora burbujas. El aforamiento en espectáculos culturales y deportivos al aire libre se limita al 70% y a las 00.30 hay que cerrar. Las mesas en el interior de los restaurantes tienen un límite de seis personas (10 en el exterior) y hay que tener la mascarilla puesta mientras no se está comiendo o bebiendo, y el aforo se ciñe al 50%, con buena ventilación. La gente ha de estar sentada en los espectáculos. Los porcentajes cambian según sean las actividades o tengan lugar en locales cerrados, pero ventilados, o al aire libre. Se intenta mantener el transporte público al 100%, aunque haya disminución de pasajeros, pero no se puede comer durante el trayecto. Las personas interesadas pueden consultar la normativa en Normativa sobre la situació de pandèmia pel SARS-CoV-2 (en portaljuridic.gencat.cat).

En general, los profesionales están bien informados y cumplen básicamente las disposiciones del Govern. Las más de las gentes, también. En concreto, las mascarillas son obligatorias entre personas no convivientes si no se puede mantener una distancia mínima de metro y medio, en espacios públicos cerrados, en los medios de transporte salvo entre convivientes, en acontecimientos multitudinarios al aire libre, si se está de pie o la distancia entre asientos no es suficiente, y en las residencias de ancianos si se trabaja en ellas o se está de visita.

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Pero hay medidas colaterales horrendas y hasta peligrosas. En Barcelona, durante el confinamiento, aparecieron las barreras de hormigón mayormente pintadas de amarillo, cuyo nombre —New Jersey (por el Estado de EEUU donde se comenzaron a usar de forma generalizada como separadores de carriles de tráfico)— muchos aprendimos de pronto, y que asolaron algunas de las mejores calles del Eixample, sin que casi nadie se quejara de momento, pero solo de momento. No sé de nadie que guste de ellas, pero alguien habrá, desde luego, pues se anuncian a la venta por el módico precio de entre 25 y 50 euros cada una, en función, supongo, de su tamaño, pues las hay de dos, cuatro y seis metros. He escrito “aparecieron”, pero en realidad fueron instaladas con alevosía y premeditación, un crimen estético en nombre de la seguridad de quienes se refugiaban en terrazas agrandadas de bares tras las barreras, pero con riesgo para motoristas y ciclistas. Uno se mató el pasado diciembre.

La misma autoridad municipal que ordenó instalarlos acabó por reconocer, la primavera pasada, que los bloques de hormigón se retirarían. No nos dijo cuánto habrán costado ambas operaciones, ni cuántos se instalaron. Su diseño está, fuerza es reconocerlo, muy bien estudiado: su masa permite absorber un fuerte impacto y produce una desviación controlada hacia arriba, de modo que las consecuencias del choque son predecibles y menos graves, pero por supuesto no son inocuas, no pueden serlo. A ver si las quitan antes de Navidad, por favor.


Pablo Salvador Coderch es catedrático emérito de Derecho Civil en la Universitat Pompeu Fabra.


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