CORONAVIRUS COVID-19

La restauración catalana encadena tres meses de restricciones por la covid

Los trabajadores del sector afiliados a la Seguridad Social cayeron un 14,5% en 2020, frente al 9% de Madrid

Una joven desayuna en el interior de un bar en plaza España de Barcelona.
Una joven desayuna en el interior de un bar en plaza España de Barcelona.Albert Garcia / EL PAÍS

La restauración catalana ha encadenado tres meses con diferentes grados de restricciones por la pandemia, lo que le sitúa en cabeza de las ciudades españolas con más medidas y le impiden funcionar con normalidad. Unas restricciones que ya han impactado en la viabilidad de muchos negocios. Un 20% de ellos ha desaparecido, según el gremio. Además de miles de trabajadores en ERTE, a finales de 2020 el sector había perdido en Cataluña 31.064 afiliados a la Seguridad Social, una caída del 14.5% respecto al año anterior. En el mismo periodo, en Madrid la hostelería perdió el 9,1% de los empleos.

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Bares y restaurantes catalanes estuvieron cerrados 40 días en otoño; durante un mes, trabajaron con un horario y aforo acotado que todavía se redujo más desde el 21 de diciembre, con un servicio en los locales de cuatro horas y media para desayunos y comidas. En el resto de España, las restricciones han sido más puntuales, no tan prolongadas en el tiempo y, en general, se han endurecido con el impacto de la tercera ola de la pandemia.

En la capital de España, los restaurantes han funcionado hasta las 0.00 —desde el viernes pasado cierran a las 21.00 horas con un tope de cuatro personas por mesa— y con el 50% de aforo en el interior y el 75% de las terrazas. En ningún caso se ha cerrado la actividad o se ha eliminado el servicio de cena en los locales. “Sí se ha producido un descenso de la facturación de un 40%, que es del 70% en las zonas más turísticas”, explican desde el gremio de la restauración madrileño.

En Valencia, la hostelería funcionó hasta la medianoche con un 33% de aforo interior y el 50% hasta el 18 de diciembre. A partir de ese día y hasta el pasado 6 de enero, la hora de cierre se ajustó a las 23.00, con una reducción de comensales a seis por mesa. Desde Reyes, los restaurantes deben cerrar a las 17.00 con un 30% de aforo interior y un 50% en las terrazas. Según datos facilitados por el gremio de restauración de Valencia, el 20% de los negocios ha dejado de existir. “Muchos municipios turísticos se han llevado la peor parte y en la capital los cierres se dan en el centro porque es la zona más turística y donde también se nota el impacto del teletrabajo”, explica Rafael Ferrando, secretario general de Conostur.

Los restaurantes del País Vasco funcionaron sin restricciones horarias y hasta las 23.00 hasta noviembre, cuando el pico de la segunda ola les bajó la persiana. A partir de la primera semana de diciembre, reabrieron con el tope de las 20.00, pero siempre que la tasa de incidencia a 14 días por 100.000 habitantes esté por debajo de 500. Si se sobrepasa ese techo, los restaurantes y bares del municipio están obligados a cerrar. Son las zonas rojas, situación en la que se encuentran ahora 50 municipios del País Vasco, entre ellos Bilbao desde este viernes.

“La realidad es que en Cataluña y Madrid hemos ido en paralelo con la incidencia del virus. Mientras en Madrid se está aguantando, en Cataluña el sector se está arruinando”, sentencia José Luis Yzuel, presidente de Hostelería de España. Echa mano de las cifras oficiales que señalan que los contagios originados en la hostelería son el 2,3% para afirmar que las restricciones en Cataluña son “abiertamente desproporcionadas y, además, “sin ayudas suficientes”.

“Se están cargando la restauración porque no saben lo difícil que es levantar un negocio. Están destruyendo un sector que es puntero en España y uno de los motores de Barcelona”, dice, con enfado, Rosa Maria Esteva, del grupo Tragaluz. Una empresa con restaurantes que funcionan con normalidad en Madrid y menos que a medio gas en Barcelona. No es el único grupo que vive esa dicotomía.

Trabajadores y empresarios del sector ya se han cansado de manifestarse en Barcelona. Su exigencia principal es que el Govern les deje trabajar y que no les condene a una “muerte” lenta. “Es que para sobrevivir hay que poder funcionar con una mínima viabilidad y eso no se puede conseguir si después de más de un mes cerrados en otoño solo nos dejan trabajar cuatro horas y media al día. En otras ciudades se ha gestionado mejor con incidencias y picos parecidos de la pandemia. Si las cosas siguen así, está claro que se puede destruir un sector estratégico”, lamenta Roger Pallarols, director del gremio.

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